La admisión en el cristianismo
(en la Iglesia primitiva)
Los cristianos, en
cuanto les es posible, examinan previamente las almas de los que quieren oírlos
y de antemano los prueban privadamente; sólo después que, al parecer, antes de
entrar en la comunidad, se han entregado los oyentes a cumplir su propósito de
vivir honestamente, entonces los admiten. Luego privadamente, estatuyen dos
órdenes, uno de recién llegados, que reciben instrucción elemental y no llevan
aún el signo de haber sido purificados; otro, de los que, según sus fuerzas,
han demostrado su propósito de o querer sino lo que place a los cristianos. Entre
estos se destinan algunos a vigilar la vida y conducta de los que han entrado,
con el fin que formen parte de la comunidad quienes se entregan a pecados
ocultos, y recibir, en cambio, con los brazos abiertos a los que no son tales y
hacerlos cada día mejores. El mismo procedimiento siguen con los que pecan,
señaladamente con los intemperantes, a los que arrojan de la comunidad, […];
los cristianos, a su vez, lloran como perdidos y muertos para Dios a los que se
dejan vencer por la intemperancia o por otro vicio torpe, y, como a resucitados
de entre los muertos, caso que muestren verdadera penitencia, de nuevo los
reciben algo más tarde, con más largo plazo de prueba que a los que por primera
vez se convierten. Sin embargo, a los que han venido a caer después de abrazar
el cristianismo, no los admiten a cargo ni gobierno alguno de la que se llama
Iglesia de Dios.
El bautismo en sí
mismo es presentado como <<
símbolo de la purificación >>: ello implica, pues bien, la
conversión moral de los catecúmenos (iniciados).
CONTRA CELSO,
Orígenes de Alejandría, S. II.