jueves, 8 de agosto de 2013

La admisión en el cristianismo
(en la Iglesia primitiva)

Los cristianos, en cuanto les es posible, examinan previamente las almas de los que quieren oírlos y de antemano los prueban privadamente; sólo después que, al parecer, antes de entrar en la comunidad, se han entregado los oyentes a cumplir su propósito de vivir honestamente, entonces los admiten. Luego privadamente, estatuyen dos órdenes, uno de recién llegados, que reciben instrucción elemental y no llevan aún el signo de haber sido purificados; otro, de los que, según sus fuerzas, han demostrado su propósito de o querer sino lo que place a los cristianos. Entre estos se destinan algunos a vigilar la vida y conducta de los que han entrado, con el fin que formen parte de la comunidad quienes se entregan a pecados ocultos, y recibir, en cambio, con los brazos abiertos a los que no son tales y hacerlos cada día mejores. El mismo procedimiento siguen con los que pecan, señaladamente con los intemperantes, a los que arrojan de la comunidad, […]; los cristianos, a su vez, lloran como perdidos y muertos para Dios a los que se dejan vencer por la intemperancia o por otro vicio torpe, y, como a resucitados de entre los muertos, caso que muestren verdadera penitencia, de nuevo los reciben algo más tarde, con más largo plazo de prueba que a los que por primera vez se convierten. Sin embargo, a los que han venido a caer después de abrazar el cristianismo, no los admiten a cargo ni gobierno alguno de la que se llama Iglesia de Dios.

El bautismo en sí mismo es presentado como <<  símbolo de la purificación >>: ello implica, pues bien, la conversión moral de los catecúmenos (iniciados).



CONTRA CELSO, Orígenes de Alejandría, S. II. 

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