miércoles, 23 de octubre de 2013

Víctor


Víctor

Cuando fallece un familiar muy querido, ordinariamente se dice que nos deja un gran vacío; en el caso de Víctor, o como lo nombran mis hermanos y primos “Mi tío Víctor”, por supuesto que también, su presencia física la vamos a echar mucho de menos. Pero, aparte de ese vacío exterior, nos deja con un gran lleno interior, como decimos cuando nos han servido de más: ¡hasta “pilón” nos ha dejado! Tanto así, que yo no podría explicar las diferentes etapas de mi vida, sin la presencia de Víctor.

 Nuestra relación primera no fue fácil, pues él era el hijo menor de mis abuelos y yo el primer nieto, por lo tanto él padeció, por mi causa de niño “chiqueado”, la reciedumbre de mi abuelo y algún  desdeño de mis tías.

Luego, cuando yo todavía niño, y él ya joven, antes de irse a estudiar, con la bondad que le caracterizaba,  me dejó su “poni”, así que, la afición por los caballos, se la debo a él.  Ya yo adolescente el primer traje que vestí, me lo dio mi “mamá Luz”, un traje de lino precioso, color perla, era de él. Ya yo joven, empezando yo a “noviar”, mi consejero sentimental, también fue él; así como las correcciones a mis fallas personales, de la forma más fina y tierna, de él las recibí.

 Víctor fue una persona con muchas virtudes: muy culto: le debo el gusto por la lectura, todavía recuerdo pasajes de una novela de Julio Verne, Miguel Strogoff,  que me leía en voz alta. De vocación ranchero ¡y de “a caballo”! sabía de mecánica, de caligrafía: le llegue a ver escribir  cartas con grafías de variados estilos. Buen dibujante, recuerdo unas siluetas equinas dibujadas por él, en los sudaderos de sus caballos; y como diseñador, los primeros calzoncillos  de deporte que yo requería en la Secundaria, él me los “cortó”. Buen deportista, su fineza y educación la mostraba dondequiera que andaba: en el deporte nunca contestó una agresión,  aun habiendo participado en partidos de futbol tan rudos como eran aquellos contra Mezcala, o contra San José de Gracia, y eso lo podemos corroborar con sus compañeros del equipo “Gallos”.  Buen hijo, respetuosísimo hermano, y no menos cariñoso padre; de una sensibilidad poco común que provenía de su extraordinario corazón, no se le podía contar algún problema personal porque los sufría en carne propia.

Para mí ése era Víctor, y ese es, el que permanece en mi corazón.

Elías Limón González.