Gelidez terapéutca
Corona de Amor y Muerte de Alejandro Casona, fue dirigiendo
la tercera obra en las que participé, a beneficio del colegio, donde algunos de
los participantes habíamos estudiado la primaria. La afición la adquirí desde
niño acompañando al teatro a mi papá, luego me la retro-alimentaron los jesuitas
durante el bachillerato, tanto como la lectura.
Tres arduos meses
de ensayos, por las noches repasaba las lecciones de actuación de Stanislavsky;
la obra no era sencilla: tres actos, divididos en siete cuadros escenográficos,
con diez y seis personajes. Mis pasiones eran los toros, los caballos, y el
teatro; contaba con diez y nueve años,
por ese tiempo las mujeres aún no invadían el ámbito de mi pensamiento.
El lugar
previo de reunirnos para ir a los ensayos, era en el jardín municipal, al lado
del quisco, de allí nos íbamos al
colegio caminado por ‘la calle derecha’, como popularmente la llaman; unas
cuantas ‘cuadras’. De regreso, el mismo trayecto, platicando y rematando en el
mismo lugar, el jardín, al lado del quiosco.
El
vestuario lo diseño la madre directora y lo confeccionaron las monjitas. La
tarea más complicada era convencer a los actores que admitieran el maquillaje;
la maquillista fue ‘la Güera’ mi tía, en sustitución de Jovita, otra de mis
tías, porque no la había dejado el machista de su marido. Independientemente
del arrojo de dirigir una obra a los escasos veinte años, el mayor obstáculo
era el prejuicio social y familiar, pues los artistas eran llamados ‘cómicos’
con connotación despectiva, gente baja, de segunda; si se leía un libro había
que traerlo bajo el brazo, porque te clasificaban de comunista; me ocurrió la
vez que me asignaron despedir a la generación saliente de la secundaria, fui elogiado
por mi dicción; como el remate del discurso decía “¡Hasta luego camaradas!”, lo
tacharon de marxista.
Variedad
de sucesos ocurrieron durante el periodo de ensayos: difícil fue lograr hacer
besar al personaje de Pedro con Inés de Castro, pues Daniel, en la vida real,
era casado, e Inés de Castro, Velia en la vida real, era soltera. Durante el
intermedio, mientras se tocaba música de fondo los mismos actores eran quienes
cambiaban la escenografía. En uno de estos cambios se nos cayó el telón dejando
al descubierto ante el público al Maestre (Ernesto) que llevaba una lámpara a
colocar en una columna; como actor inteligentemente improvisó, yendo al ritmo del
vals que se escuchaba, a colocar la lámpara en su sitio.
Teatro
lleno, a pesar del precio, cinco pesos, caro; el salario mínimo eran diez y
nueve pesos. Al final, a todos los
actores reclamó el público salir al escenario, premiándolos efusivamente con
sus aplausos.
Durante
la semana siguiente todos sentimos el vacío, no hallábamos como llenar ese
espacio de tiempo que le dedicábamos a los ensayos; lunes y martes por inercia y
sin ponernos de acuerdo nos volvíamos a reunir en el jardín junto al quiosco, platicábamos,
luego cada quien nos retirábamos a nuestras casas.
El
miércoles día de la inactividad en el pueblo, se cierra el comercio; inercia
que me nutrió la necesidad de reunirme con el grupo; llegué al jardín, en el
quiosco diviso a Pedro el protagonista, Daniel mi actor; angustiado me
confronta:
-¿Qué hacemos?
-No sé, no se me ocurre nada.
-¡Ya sé, vamos por ‘el Galletas’ (Miguel, el de los
sonidos y efectos), compramos unas cervezas y nos las tomamos en ladera! Así lo
hicimos.
A Miguel por ese tiempo, lo tomaba de novio de verano
una de las nietas de un señor mayor que le nombraban Don Mariano ‘el
millonario’, sobre todo porque se había hecho en el pueblo una lujosa mansión
estilo villa romana. El noviazgo de El Galletas con ‘la millonaria’ duraba lo que
la estación, antes del otoño se acababa y, hasta el otro verano.
Se tomaron las cervezas, yo, nomás empecé la mía. Luego Daniel sugirió
fuéramos a seguirla al restaurante Rueda, adonde aseveró, servían apetitosas botanas.
Llegamos… pedimos cada quien su cerveza, y con ellas nos sirvieron las
respectivas botanas. Mientras Miguel
paladeaba su cerveza, Daniel lo escuchaba, mientras yo, me terminaba las
botanas… dejando mi cerveza, intacta. Mientras tanto Miguel nos revelaba sus
des-amores:
-¡Otra cerveza! – me insistía.
- No, gracias; mejor que me repitan la botana de
panela. –y cuando él pedía una cerveza más,
reviraba pidiendo la botana de patitas en vinagre.
Miguel sorbía
su cerveza, como tomando energía expresando cada vez, con más emotividad sus
sentimientos; iba a sugerirme otra,
cuando percata que la mía estaba intacta; hasta ese instante, cae en cuenta que no estaba yo, en su frecuencia
pasional; de improviso se levanta palmeando la mesa:
-¡Mira Chato, otro día, te invitaré a cenar; te tomas
ésa, y que te sirvan la otra!
Pasado el tiempo, recuperado de aquel trauma emocional,
lo divisé acompañado de una hermosa dama, felizmente casado.
Me ilusiona pensar que mi anímica gelidez, en aquel
tiempo, fue de positivo efecto
terapéutico.
Elías Limón González.