jueves, 30 de abril de 2015

Gelidez terapéutca

Gelidez terapéutca 

Corona de Amor y Muerte de Alejandro Casona, fue dirigiendo la tercera obra en las que participé, a beneficio del colegio, donde algunos de los participantes habíamos estudiado la primaria. La afición la adquirí desde niño acompañando al teatro a mi papá, luego me la retro-alimentaron los jesuitas durante el bachillerato, tanto como la lectura.

  Tres arduos meses de ensayos, por las noches repasaba las lecciones de actuación de Stanislavsky; la obra no era sencilla: tres actos, divididos en siete cuadros escenográficos, con diez y seis personajes. Mis pasiones eran los toros, los caballos, y el teatro; contaba con diez y nueve años,  por ese tiempo las mujeres aún no invadían el ámbito de mi pensamiento.

            El lugar previo de reunirnos para ir a los ensayos, era en el jardín municipal, al lado del quisco,  de allí nos íbamos al colegio caminado por ‘la calle derecha’, como popularmente la llaman; unas cuantas ‘cuadras’. De regreso, el mismo trayecto, platicando y rematando en el mismo lugar, el jardín, al lado del quiosco.

            El vestuario lo diseño la madre directora y lo confeccionaron las monjitas. La tarea más complicada era convencer a los actores que admitieran el maquillaje; la maquillista fue ‘la Güera’ mi tía, en sustitución de Jovita, otra de mis tías, porque no la había dejado el machista de su marido. Independientemente del arrojo de dirigir una obra a los escasos veinte años, el mayor obstáculo era el prejuicio social y familiar, pues los artistas eran llamados ‘cómicos’ con connotación despectiva, gente baja, de segunda; si se leía un libro había que traerlo bajo el brazo, porque te clasificaban de comunista; me ocurrió la vez que me asignaron despedir a la generación saliente de la secundaria, fui elogiado por mi dicción; como el remate del discurso decía “¡Hasta luego camaradas!”, lo tacharon de marxista.

            Variedad de sucesos ocurrieron durante el periodo de ensayos: difícil fue lograr hacer besar al personaje de Pedro con Inés de Castro, pues Daniel, en la vida real, era casado, e Inés de Castro, Velia en la vida real, era soltera. Durante el intermedio, mientras se tocaba música de fondo los mismos actores eran quienes cambiaban la escenografía. En uno de estos cambios se nos cayó el telón dejando al descubierto ante el público al Maestre (Ernesto) que llevaba una lámpara a colocar en una columna; como actor inteligentemente improvisó, yendo al ritmo del vals que se escuchaba, a colocar la lámpara en su sitio.

            Teatro lleno, a pesar del precio, cinco pesos, caro; el salario mínimo eran diez y nueve  pesos. Al final, a todos los actores reclamó el público salir al escenario, premiándolos efusivamente con sus aplausos.

            Durante la semana siguiente todos sentimos el vacío, no hallábamos como llenar ese espacio de tiempo que le dedicábamos a los ensayos; lunes y martes por inercia y sin ponernos de acuerdo nos volvíamos a reunir en el jardín junto al quiosco, platicábamos, luego cada quien nos retirábamos a nuestras casas.

            El miércoles día de la inactividad en el pueblo, se cierra el comercio; inercia que me nutrió la necesidad de reunirme con el grupo; llegué al jardín, en el quiosco diviso a Pedro el protagonista, Daniel mi actor; angustiado me confronta:

-¿Qué hacemos?

-No sé, no se me ocurre nada.

-¡Ya sé, vamos por ‘el Galletas’ (Miguel, el de los sonidos y efectos), compramos unas cervezas y nos las tomamos en ladera! Así lo hicimos. 

A Miguel por ese tiempo, lo tomaba de novio de verano una de las nietas de un señor mayor que le nombraban Don Mariano ‘el millonario’, sobre todo porque se había hecho en el pueblo una lujosa mansión estilo villa romana. El noviazgo de El Galletas con ‘la millonaria’ duraba lo que la estación, antes del otoño se acababa y, hasta el otro verano.

Se tomaron las cervezas,  yo, nomás empecé la mía. Luego Daniel sugirió fuéramos a seguirla al restaurante Rueda, adonde aseveró, servían apetitosas botanas. Llegamos… pedimos cada quien su cerveza, y con ellas nos sirvieron las respectivas botanas. Mientras Miguel  paladeaba su cerveza, Daniel lo escuchaba, mientras yo, me terminaba las botanas… dejando mi cerveza, intacta. Mientras tanto Miguel nos revelaba sus des-amores:

-¡Otra cerveza! – me insistía.

- No, gracias; mejor que me repitan la botana de panela. –y cuando él pedía una  cerveza más, reviraba pidiendo la botana de patitas en vinagre.

 Miguel sorbía su cerveza, como tomando energía expresando cada vez, con más emotividad sus sentimientos;  iba a sugerirme otra, cuando percata que la mía estaba intacta; hasta ese instante,  cae en cuenta que no estaba yo, en su frecuencia pasional; de improviso se levanta palmeando la mesa:
-¡Mira Chato, otro día, te invitaré a cenar; te tomas ésa, y que te sirvan la otra!

Pasado el tiempo, recuperado de aquel trauma emocional, lo divisé acompañado de una hermosa dama, felizmente casado.

Me ilusiona pensar que mi anímica gelidez, en aquel tiempo, fue de  positivo efecto terapéutico.  

Elías Limón González.





           
           
           
           
           
           
           
           
           
           

domingo, 26 de abril de 2015

L’american buey of life

L’american buey of life

Era el año de 1983 cuando Celina y yo pensamos irnos a vivir a los Estados Unidos, más que todo por cuestión financiera, pues en los años ochenta en México hubo una debacle económica, fue cuando los mex-dolares: en México el dólar valía setenta por uno, y en Estados Unidos ciento cuarenta. Así que pensé que comprar una casa en Tijuana no era conveniente porque mis ahorros los tenía en dólares y mi inversión se convertiría en pesos devaluados.

            Reflexionando, más tarde nos preguntamos...

-¿Y si no nos gusta vivir en los Estados Unidos? Entonces pensamos que de momento rentaríamos un pequeño departamento a manera de prueba. Y así fue, rentamos un departamento en Chula Vista, en un complejo habitacional nuevo, donde cada serie tenía una alberca comunitaria, nos tocó estrenarlo; el departamento estaba alfombrado y tenía cocina integral, lo único que nos llevamos fue la los muebles de la recamara y una televisión. No queríamos hacer gastos innecesarios porque como ya he dicho, estábamos probando si nos gustaba vivir allí.

            Con el tiempo,  a mí,  ya no me estuvo gustando; aunque no soy lo que dice eminentemente sociable, sí me gusta tener comunicación con mis vecinos y la vida americana es de poca o nada de comunicación. Con quien más llegué socializar fue con el vecino aledaño que cuando salía a tomar el sol nos saludábamos con un: ¡Hai!, y era todo.

            Como ustedes han de saber en estados unidos todos los departamentos son iguales, lo único que los diferencia es el número. Cierta ocasión Celina tenía días que había salido de viaje, como estaba solo,  llegando de Tijuana, me dirigí directamente a la alberca ya con la ropa de baño; habiendo permanecido en el jacuzzi mucho tiempo, pues se me había pasado el tiempo leyendo.

            Ya al pardear, me fui al departamento caminado y leyendo, como iba ensimismado en mi lectura sin levantar la cabeza para corroborar el número del departamento, metí la llave en el departamento anterior, o sea el de mi vecino, no me percatándome aún de mí error, lo que pensé al levantar la cabeza y ver el departamento amueblado a todo lujo, pensé que Celina  había llegado con anterioridad, y lo había amueblado; en esas cavilaciones me encontraba cuando de pronto sale una mujer en ropa de dormir bastante sugerente (en lo que llaman baby doll), y yo no hallaba que pensar, hasta que cavilé que me hallaba en un departamento equivoco  y tratando con mi poquísimo inglés de explicarle a la dama, que me había equivocado. En ese brete estaba cuando sale el marido de la recamara y  perplejo nos observa… a mí en calzoncillo de baño y a poca distancia su mujer en ropa diminuta.

            Con más señas que palabras pude salir del embrollo, y gracias al ‘¡hai’! con que nos saludábamos diariamente.

 Venturosamente el incidente no fue con la esposa de un mexicano,  en casos como este, los americanos son bastante comprensivos.


Elías Limón González.

jueves, 23 de abril de 2015

LAS SEÑORITAS DE EL COMAL

LAS SEÑORITAS DE EL COMAL

          -¿A quiénes crees que me acabo de encontrar? -Le dijo uno de mis ‘tíos segundos’ a otro de ellos.

-¿A quiénes, pues?

-¡Pues a las del Comal! -  

-¿Sí?

-Sí, me dijeron que ya están viviendo en la hacienda, pero no se lo digas a nadie. Hay que organizarnos  para ir a visitarlas, nos podemos ir a caballo saliendo de El Nido de Águilas. Eso de ‘no se lo digas a nadie´, es la mejor estrategia publicitaria que se puede hacer. A la hora de la partida semejaba una peregrinación: a caballo, en mulas y en burros, se dispuso de lo que se tuvo a la mano en el rancho.

            ‘Las del Comal’, señoritas bellas y de muy buenas familias, lo que se  dice muchachas bien, en todos los órdenes; hijas de un hacendado de los Altos de Jalisco, que como muchos de ellos habían emigrado a Guadalajara, con el interés de darles la mejor educación a sus hijos. Hay que subrayar la fama que tenían los colegios de monjas por la refinadísima  educación en la que instruían a sus pupilas, especialmente para hacer de ellas completas amas de casa. 

             Mis tíos también vivían en Guadalajara y conocían a ‘las del Comal’,  como ellos las nombraban; su rancho El nido de Águilas, así como la hacienda de El Comal pertenece a la misma región alteña. Las contemplaban en las fiestas, las kermeses de los colegios; digo las contemplaban porque el ambiente de los colegios es muy elitista, en el que todo mudo quiere pertenecer a una clase social superior, y algo de ese ambiente ha de verles influenciado.
             Es prudente contextualizar que en los años sesenta, la mayoría de la gente se dedicaba, vivía o se relacionaba con el campo. Quienes vivíamos en el pueblo, teníamos una vida aunque no total, semi-campesina, contadas eran las casa en la que se comía con cubiertos; eso sí, con la manos bien limpias,  se sopeaba o se taqueaba. Era un problema cuando se viajaba a visitar a algunos parientes, que con todo y bochorno lo hacían  sentar en algún sofá o silla estilo francés, a donde se encontraba uno al igual de cómodo, como si estuviera sentado sobre una penca de nopal.  No se nos educaba urbanamente, éramos desentendidos de la forma, nuestra educación era de fondo, basada en valores humanos: familia, honradez, la amistad, la palabra; y la palabra se pronunciaba fuerte, para que no cupiera duda. 

            Mis parientes aunque habían nacido ya en Guadalajara, transmitido por sus padres conservaban el cariño, pasando sus vacaciones en el pueblo o en su rancho. Aquí establezco dos clases: los que éramos de pueblo, con cultura medio campesina, y ellos que ya habían nacido en la ciudad, con una cultura de ciudad y medio de pueblo por trasmisión de sus padres.

             Cabalgando por el camino, iban, más que platicando, pensando, pues eran muchos, y las del comal, no eran tantas; de hecho habían quedado en ‘no decírselo a nadie’, ya no solo venían mis tíos, sino que también los acompañaba un amigo, éste sí, completamente pueblerino, ni de ciudad ni de rancho, que le llamábamos, no sé por qué, ‘D’.  Afortunadamente en ese momento las visitaban unas primas, y como las familias en ese tiempo eran numerosas, hubo para todos.

            Llegaron con el sol alto, cuando ellas mismas iban a iniciar las labores de la hacienda.   Por circunstancias económicas motivó que  su familia decidió irse a vivir allí, no a administrar, sino a hacer cualquier  tipo de labor que requiriera  el rancho. Cuando arribaron, ellas mismas se disponían a lazar unos burros para aparejarlos y cargarlos. Aparte de lo educado y amable que eran, las circunstancias favorecían para el buen  recibimiento, pues allí no había el nivel social, en el que ellas estaban criadas y educadas.

            Sobraron acomedidos, casi en coro, todos dijeron:

            -¡Nosotros les ayudamos!

Eso de que les ayudamos estaba por verse. El que cogió el lazo para coger al burro, por poco se laza él mismo. Otro quería poner la cabrilla primero que el aparejo, yendo al revés. Al tratar de cargar los burros, ponían un costal de un lado y cuando rodeando al burro para cargar el otro, ya se había caído el primero habiendo derramando su contenido. Faenas propias de auténticos rancheros, en las que ellas ya eran expertas; por lo tanto, decidieron agradecerles su buena voluntad, limitándolos a nada más a acompañarlas.

 Terminado el día, agradecidas por la visita, correspondiendo a su buena crianza y educación, los invitaron para hacerles una cena. Después de tomar un refrigerio los hicieron pasar a la mesa. Casi se caen para atrás, al ver el lujo y brillantez de la vajilla y el arreglo tan exquisito, aturullados  para encontrar su asiento, cuando ellas con mesura a cada uno indicaron  su lugar.

El más pulido era Luis, que estaba muy al pendiente de señalar disimuladamente las incorrecciones de quien estaba a su alcance. Una cena formal, entremés, sopa, ensalada, platillo, postre, por supuesto que con los cubiertos correspondientes; fue ahí donde más se confundieron, tanto así que ya de regreso por el camino, sin haberlo podido hacer porque no le quedaba a su alcance, enérgicamente, Luis le reclama a ‘D’:

            -¿Por qué te comiste la sopa con la cuchara del postre? – ¿‘D’ ufano de su acción le confirma:

            -Como estaba el ambiente tan refinado, escogí la cuchara más chiquita, no fueran a pensar que yo era muy tragón.


Elías Limón González. 

lunes, 6 de abril de 2015

DIOS MÉDICO


            La medicina espiritual tiene su origen en Dios y se extiende a otros médicos que preparan, ejercen o prolongan su acción. Tal como el Creador enseñó a los hombres la medicina corporal, también dispuso y entregó la medicina de las almas. Los profetas, los apóstoles y sus sucesores también son llamados médicos. Asimismo, los ángeles colaboran en la curación de los hombres, al servicio de Dios que es el gran Médico.

Orígenes de Alejandría