L’american buey of life
Era el año de 1983 cuando Celina y yo pensamos irnos a
vivir a los Estados Unidos, más que todo por cuestión financiera, pues en los
años ochenta en México hubo una debacle económica, fue cuando los mex-dolares:
en México el dólar valía setenta por uno, y en Estados Unidos ciento cuarenta.
Así que pensé que comprar una casa en Tijuana no era conveniente porque mis
ahorros los tenía en dólares y mi inversión se convertiría en pesos devaluados.
Reflexionando,
más tarde nos preguntamos...
-¿Y si no nos gusta vivir en los Estados Unidos? Entonces
pensamos que de momento rentaríamos un pequeño departamento a manera de prueba.
Y así fue, rentamos un departamento en Chula Vista, en un complejo habitacional
nuevo, donde cada serie tenía una alberca comunitaria, nos tocó estrenarlo; el
departamento estaba alfombrado y tenía cocina integral, lo único que nos
llevamos fue la los muebles de la recamara y una televisión. No queríamos hacer
gastos innecesarios porque como ya he dicho, estábamos probando si nos gustaba
vivir allí.
Con el
tiempo, a mí, ya no me estuvo gustando; aunque no soy lo
que dice eminentemente sociable, sí me gusta tener comunicación con mis vecinos
y la vida americana es de poca o nada de comunicación. Con quien más llegué
socializar fue con el vecino aledaño que cuando salía a tomar el sol nos
saludábamos con un: ¡Hai!, y era todo.
Como
ustedes han de saber en estados unidos todos los departamentos son iguales, lo
único que los diferencia es el número. Cierta ocasión Celina tenía días que
había salido de viaje, como estaba solo, llegando de Tijuana, me dirigí directamente a
la alberca ya con la ropa de baño; habiendo permanecido en el jacuzzi mucho
tiempo, pues se me había pasado el tiempo leyendo.
Ya al
pardear, me fui al departamento caminado y leyendo, como iba ensimismado en mi
lectura sin levantar la cabeza para corroborar el número del departamento, metí
la llave en el departamento anterior, o sea el de mi vecino, no me percatándome
aún de mí error, lo que pensé al levantar la cabeza y ver el departamento amueblado
a todo lujo, pensé que Celina había
llegado con anterioridad, y lo había amueblado; en esas cavilaciones me encontraba
cuando de pronto sale una mujer en ropa de dormir bastante sugerente (en lo que
llaman baby doll), y yo no hallaba que pensar, hasta que cavilé que me hallaba
en un departamento equivoco y tratando
con mi poquísimo inglés de explicarle a la dama, que me había equivocado. En
ese brete estaba cuando sale el marido de la recamara y perplejo nos observa… a mí en calzoncillo de
baño y a poca distancia su mujer en ropa diminuta.
Con
más señas que palabras pude salir del embrollo, y gracias al ‘¡hai’! con que nos saludábamos
diariamente.
Venturosamente el
incidente no fue con la esposa de un mexicano, en casos como este, los americanos son
bastante comprensivos.
Elías Limón González.
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