LAS SEÑORITAS DE EL COMAL
-¿A quiénes crees que me acabo de encontrar? -Le dijo
uno de mis ‘tíos segundos’ a otro de ellos.
-¿A quiénes, pues?
-¡Pues a las del Comal! -
-¿Sí?
-Sí, me dijeron que ya están viviendo en la hacienda,
pero no se lo digas a nadie. Hay que organizarnos para ir a visitarlas, podemos ir a caballo
saliendo de El Nido de Águilas. Eso de ‘no se lo digas a nadie´, es la mejor
estrategia publicitaria que se puede
hacer. A la hora de la partida semejaba una peregrinación: a caballo, en mulas
y en burros, se dispuso de lo que se tuvo a la mano en el rancho.
‘Las
del Comal’, señoritas bellas y de muy buenas familias, lo que se dice muchachas bien, en todos los órdenes;
hijas de un hacendado de los Altos de Jalisco, que como muchos de ellos habían
emigrado a Guadalajara, con el interés de darles la mejor educación a sus hijos.
Hay que subrayar la fama que tenían los colegios de monjas por la
refinadísima educación en la que
instruían a sus pupilas, especialmente para ser, completas amas de casa.
Mis tíos vivían en Guadalajara y conocían a ‘las
del Comal’, como ellos las nombraban, su
rancho El nido de Águilas, así como la hacienda de El Comal pertenece a la
misma región alteña. Las contemplaban en las fiestas, las kermeses de los
colegios; digo, las contemplaban, porque el ambiente de los colegios es muy
elitista, en el que todo mudo quiere pertenecer a una clase social superior, y
algo de ese ambiente ha de verles influenciado.
Es prudente contextualizar que en los años
sesenta, la mayoría de la gente se dedicaba, vivía o se relacionaba con el
campo. Quienes vivíamos en el pueblo, teníamos una vida aunque no total, semi-campesina;
contadas eran las casa en la que se comía con cubiertos, eso sí, con la manos
bien limpias, se sopeaba o se taqueaba. Era
un problema cuando se viajaba a visitar a algunos parientes, que con todo y
bochorno lo hacían sentar en algún sofá o
silla estilo francés, a donde se encontraba uno al igual de cómodo, como si
estuviera sentado sobre una penca de nopal. No se nos educaba urbanamente, éramos
desentendidos de la forma, nuestra educación era de fondo, basada en valores
humanos: familia, honradez, la amistad, la palabra; y la palabra se pronunciaba
fuerte, para que no cupiera duda.
Mis
parientes aunque habían nacido ya en Guadalajara, transmitido por sus padres
conservaban el cariño, pasando sus vacaciones en el pueblo o en su rancho. Aquí
establezco dos tipos: los que éramos de pueblo, con cultura medio campesina, y
otro como ellos que ya habían nacido en la ciudad, con una cultura de ciudad
con algo de pueblo por trasmisión de sus
padres.
Pensativos cabalgaban por el camino, pues eran
muchos, y las del comal, no eran tantas; de hecho habían quedado en ‘no
decírselo a nadie’, ya no solo venían mis tíos, sino que también los acompañaba
un amigo, éste sí, completamente pueblerino, ni de ciudad ni de rancho, que le
llamábamos, no sé por qué, ‘D’. Afortunadamente
en ese momento las visitaban unas primas, y como las familias en ese tiempo
eran numerosas, hubo para todos.
Llegaron
con el sol alto, cuando ellas mismas iban a iniciar las labores de la
hacienda. Por circunstancias económicas motivó que su familia decidió irse a vivir a allí, no a
administrar, sino a hacer cualquier tipo
de labor que requiriera el rancho. Cuando
arribaron, ellas mismas se disponían a lazar unos burros para aparejarlos cargarlos.
Aparte de lo educado y amable que eran, las circunstancias favorecían para el
buen recibimiento, pues allí no había el
nivel social en el que ellas estaban criadas y educadas.
Sobraron
acomedidos, casi en coro, todos dijeron:
-¡Nosotros
les ayudamos!
Eso de que les ayudamos estaba por verse. El que cogió
el lazo para coger al burro, por poco se laza él mismo. Otro quería poner la cabrilla
primero que el aparejo, yendo al revés. Al tratar de cargar los burros, ponían
un costal de un lado y cuando rodeando al burro para cargar el otro, ya se
había caído el primero habiendo derramando su contenido. Faenas propias de
auténticos rancheros, en las que ellas ya estaban diestras; por lo tanto,
decidieron agradecerles su buena voluntad, limitándolos a nada más a acompañarlas.
Terminado el
día, agradecidas por la visita, correspondiendo a su buena crianza y educación,
los invitaron para hacerles una cena. Después de tomar un refrigerio los
hicieron pasar a la mesa. Casi se caen para atrás, al ver el lujo y brillantez
de la vajilla con arreglo exquisito; aturullados para encontrar su lugar, ellas con mesura a
cada uno indicaron su asiento.
El más pulido era Luis, que estaba muy pendiente de
señalar disimuladamente las incorrecciones de quien estaba a su alcance. Una
cena formal, entremés, sopa, ensalada, platillo, postre, por supuesto que con
los cubiertos correspondientes, fue ahí donde más se confundieron. Tanto así
que ya de regreso por el camino, sin haberlo podido hacer porque no le quedaba
a su alcance, enérgicamente, Luis le reclama a ‘D’:
-¿Por
qué te comiste la sopa con la cuchara del postre? – ¿‘D’ ufano de su acción le
confirma:
-Como
estaba el ambiente tan refinado, escogí la cuchara más chiquita, para no dar a
pensar que yo era muy tragón.
Elías Limón González.