sábado, 20 de junio de 2015

Las Señoritas de El Comal

LAS SEÑORITAS DE EL COMAL

          -¿A quiénes crees que me acabo de encontrar? -Le dijo uno de mis ‘tíos segundos’ a otro de ellos.
-¿A quiénes, pues?

-¡Pues a las del Comal! -  

-¿Sí?

-Sí, me dijeron que ya están viviendo en la hacienda, pero no se lo digas a nadie. Hay que organizarnos  para ir a visitarlas, podemos ir a caballo saliendo de El Nido de Águilas. Eso de ‘no se lo digas a nadie´, es la mejor estrategia publicitaria que se  puede hacer. A la hora de la partida semejaba una peregrinación: a caballo, en mulas y en burros, se dispuso de lo que se tuvo a la mano en el rancho.

            ‘Las del Comal’, señoritas bellas y de muy buenas familias, lo que se  dice muchachas bien, en todos los órdenes; hijas de un hacendado de los Altos de Jalisco, que como muchos de ellos habían emigrado a Guadalajara, con el interés de darles la mejor educación a sus hijos. Hay que subrayar la fama que tenían los colegios de monjas por la refinadísima  educación en la que instruían a sus pupilas, especialmente para ser, completas amas de casa. 

             Mis tíos vivían en Guadalajara y conocían a ‘las del Comal’,  como ellos las nombraban, su rancho El nido de Águilas, así como la hacienda de El Comal pertenece a la misma región alteña. Las contemplaban en las fiestas, las kermeses de los colegios; digo, las contemplaban, porque el ambiente de los colegios es muy elitista, en el que todo mudo quiere pertenecer a una clase social superior, y algo de ese ambiente ha de verles influenciado.

             Es prudente contextualizar que en los años sesenta, la mayoría de la gente se dedicaba, vivía o se relacionaba con el campo. Quienes vivíamos en el pueblo, teníamos una vida aunque no total, semi-campesina; contadas eran las casa en la que se comía con cubiertos, eso sí, con la manos bien limpias,  se sopeaba o se taqueaba. Era un problema cuando se viajaba a visitar a algunos parientes, que con todo y bochorno lo hacían  sentar en algún sofá o silla estilo francés, a donde se encontraba uno al igual de cómodo, como si estuviera sentado sobre una penca de nopal.  No se nos educaba urbanamente, éramos desentendidos de la forma, nuestra educación era de fondo, basada en valores humanos: familia, honradez, la amistad, la palabra; y la palabra se pronunciaba fuerte, para que no cupiera duda. 

            Mis parientes aunque habían nacido ya en Guadalajara, transmitido por sus padres conservaban el cariño, pasando sus vacaciones en el pueblo o en su rancho. Aquí establezco dos tipos: los que éramos de pueblo, con cultura medio campesina, y otro como ellos que ya habían nacido en la ciudad, con una cultura de ciudad con algo  de pueblo por trasmisión de sus padres.

             Pensativos cabalgaban por el camino, pues eran muchos, y las del comal, no eran tantas; de hecho habían quedado en ‘no decírselo a nadie’, ya no solo venían mis tíos, sino que también los acompañaba un amigo, éste sí, completamente pueblerino, ni de ciudad ni de rancho, que le llamábamos, no sé por qué, ‘D’.  Afortunadamente en ese momento las visitaban unas primas, y como las familias en ese tiempo eran numerosas, hubo para todos.

            Llegaron con el sol alto, cuando ellas mismas iban a iniciar las labores de la hacienda.   Por circunstancias económicas motivó que  su familia decidió irse a vivir a allí, no a administrar, sino a hacer cualquier  tipo de labor que requiriera  el rancho. Cuando arribaron, ellas mismas se disponían a lazar unos burros para aparejarlos cargarlos. Aparte de lo educado y amable que eran, las circunstancias favorecían para el buen  recibimiento, pues allí no había el nivel social en el que ellas estaban criadas y educadas.

            Sobraron acomedidos, casi en coro, todos dijeron:

            -¡Nosotros les ayudamos!

Eso de que les ayudamos estaba por verse. El que cogió el lazo para coger al burro, por poco se laza él mismo. Otro quería poner la cabrilla primero que el aparejo, yendo al revés. Al tratar de cargar los burros, ponían un costal de un lado y cuando rodeando al burro para cargar el otro, ya se había caído el primero habiendo derramando su contenido. Faenas propias de auténticos rancheros, en las que ellas ya estaban diestras; por lo tanto, decidieron agradecerles su buena voluntad, limitándolos a nada más a acompañarlas.

 Terminado el día, agradecidas por la visita, correspondiendo a su buena crianza y educación, los invitaron para hacerles una cena. Después de tomar un refrigerio los hicieron pasar a la mesa. Casi se caen para atrás, al ver el lujo y brillantez de la vajilla con arreglo  exquisito; aturullados  para encontrar su lugar, ellas con mesura a cada uno indicaron  su asiento.


El más pulido era Luis, que estaba muy pendiente de señalar disimuladamente las incorrecciones de quien estaba a su alcance. Una cena formal, entremés, sopa, ensalada, platillo, postre, por supuesto que con los cubiertos correspondientes, fue ahí donde más se confundieron. Tanto así que ya de regreso por el camino, sin haberlo podido hacer porque no le quedaba a su alcance, enérgicamente, Luis le reclama a ‘D’:

            -¿Por qué te comiste la sopa con la cuchara del postre? – ¿‘D’ ufano de su acción le confirma:

            -Como estaba el ambiente tan refinado, escogí la cuchara más chiquita, para no dar a pensar que yo era muy tragón.

Elías Limón González. 

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