viernes, 3 de julio de 2015

Casa de Cita

Casa de Cita

          En los ‘sesenta’ en Yahualica se viajaba solamente por motivo de fuerza mayor, quienes lo hacían era por enfermedad, negocio o estudio. Los que  deseaban y sus padres tenían la posibilidad, emigraban a Guadalajara a estudiar el bachillerato, fue así que Chema partió a estudiar una carrera técnica. Algunos mayores lo hacían por placer, a lo sumo una vez al año, de quienes escuchábamos con avidez sus aventuras y experiencias del viaje: el parque Alcalde, la catedral, el zoológico, sobre todo las de las casas de cita: pormenorizando  el sobrecargado lujo del lugar.  Boquiabiertos nos quedábamos al detalle del mobiliario, las cortinas, el alumbrado, definiendo la belleza y sensualidad de sus cortesanas; aunque no sin  cierta decepción, pues algunos éramos todavía adolecentes, a quienes aún  no nos dejaban entrar al cine a películas para adultos, por  no tener la cartilla del servicio militar.

  Distinguía exteriormente aquellas idílicas casas un foco rojo que sobresalía en el dintel de su portada. La más renombrada de aquellas, era la de la madama Rosa Murillo.

La callada ilusión de Chema después de inscribirse, era conocer alguna de aquellas susodichas casas, previéndose traer consigo la cartilla del servicio.

Amparándose con unas  parientes cerca del templo de El Santuario, estando por merendar llega G…, sobrino de las anfitrionas, ‘farolero’ apantallador,  encandilador de almas, que bien le  asentaba el mote que les poníamos a los guadalajareños de ‘tapatío cursiento’.  

-¡Me lo voy a llevar a parrandear, a que conozca lo que es Guadalajara de noche, y se los lo  traigo hasta mañana!,  –dirigiéndose a la mamá y a las tías.

A Chema de inmediato le comenzó a soliviantar la entelequia, dando por  hecho  que lo iba a llevar a alguna de aquellas casas.

A Pedro y  a sus hermanos los conocía de cuando iban a Yahualica de vacaciones, no a su mamá ni a sus hermanas.

Caminaron no más de cien metros para llegar al Jardín del Templo,  para  rondarlo y mordisqueando elotes tatemados, cuando las campanas del reloj del templo tañeron las nueve de la noche; hora que la estricta la viuda mamá de G...,  les tenía asignada a sus hijos  para que se acogieran a su casa.

-¡Ya vámonos, -le dice G…, -ya es la hora! -Sin dejarle a Chema de volar la fantasía creyó se refería a la hora que abren las casas aludidas. Cruzando la avenida principal caminaron unas tres cuadras más…

-¡Aquí es! -dijo Pedro, refiriéndose a su hogar, creyendo Chema que habían llegado la casa de mancebía.

Corriendo el mes de septiembre, todas las casas a manera de celebración patriótica acostumbraban a poner en el dintel de la portada tres focos con los colores de la bandera: verde, blanco y rojo. Chema al ver el rojo, cree certificar que está en la casa de su imaginación, deduciendo que por estar en un barrio de alto nivel social,  el  verde y el blanco no servían más que de disimulo. En el pasillo de entrada, los recibe la mamá, señora alta y fornida de aguileña nariz que al verlos taciturnos uno frente al otro G…, los increpa:

-¡Pues que no se conocen¡ - Chema, creyendo que estar frente a la madama, replica:  

-¡Es que yo nunca he venido aquí!

Es ese momento bajan por la escalera Juan, José y Francisco, los demás hermanos.

-¡Ah canijo! -Dijo Chema para sí, - en este ‘bule’ ya están todos aclientelados!  

 Sacándolo de su cavilación, interrumpe la mamá de la casa:

Voy a llamar a las muchachas para que te conozcan, dice- para Chema, la supuesta madama-. Primera en salir de su habitación fue Josefita,  catalogándola Chema  de no mal ver, tanto que pensó decirle a G…:

-Yo, ya con ésta me quedo, no vaya ser que al rato que salga el montón y me  atarugue escogiendo la peor! 

-Voy a servirles la cena, -les dice la señora- para que pronto se recojan pronto a su cuarto. Por supuesto las neuronas de Chema trabajaban más que si estuvieran resolviendo un cálculo matemático.
Ya merendado, lo acompañaron a su recamara, deseándole ¡una buena noche! advirtiéndole:
-Nosotros estamos en las habitaciones aledañas, por si algo se te ofrece. 
  
Sigilosamente se desviste, recostándose en calzoncillos, a espera de  ver a Josefita  llegar.

 Arrobado por la ilusión y vencido por el trajín, Chema, consuma  en su sueño, el idilio de su fantasía. 
Elías Limón González.