Casa de Cita
En los ‘sesenta’
en Yahualica se viajaba solamente por motivo de fuerza mayor, quienes lo hacían
era por enfermedad, negocio o estudio. Los que deseaban y sus padres tenían la posibilidad,
emigraban a Guadalajara a estudiar el bachillerato, fue así que Chema partió a estudiar
una carrera técnica. Algunos mayores lo hacían por placer, a lo sumo una vez al
año, de quienes escuchábamos con avidez sus aventuras y experiencias del viaje:
el parque Alcalde, la catedral, el zoológico, sobre todo las de las casas de
cita: pormenorizando el sobrecargado
lujo del lugar. Boquiabiertos nos
quedábamos al detalle del mobiliario, las cortinas, el alumbrado, definiendo la
belleza y sensualidad de sus cortesanas; aunque no sin cierta decepción, pues algunos éramos todavía
adolecentes, a quienes aún no nos
dejaban entrar al cine a películas para adultos, por no tener la cartilla del servicio militar.
Distinguía exteriormente aquellas idílicas
casas un foco rojo que sobresalía en el dintel de su portada. La más renombrada
de aquellas, era la de la madama Rosa Murillo.
La callada ilusión de Chema después de inscribirse, era
conocer alguna de aquellas susodichas casas, previéndose traer consigo la
cartilla del servicio.
Amparándose con unas
parientes cerca del templo de El Santuario, estando por merendar llega G…,
sobrino de las anfitrionas, ‘farolero’ apantallador, encandilador de almas, que bien le asentaba el mote que les poníamos a los
guadalajareños de ‘tapatío cursiento’.
-¡Me lo voy a llevar a parrandear, a que conozca lo
que es Guadalajara de noche, y se los lo traigo hasta mañana!, –dirigiéndose a la mamá y a las tías.
A Chema de inmediato le comenzó a soliviantar la
entelequia, dando por hecho que lo iba a llevar a alguna de aquellas casas.
A Pedro y a sus
hermanos los conocía de cuando iban a Yahualica de vacaciones, no a su mamá ni
a sus hermanas.
Caminaron no más de cien metros para llegar al Jardín
del Templo, para rondarlo y mordisqueando elotes tatemados, cuando
las campanas del reloj del templo tañeron las nueve de la noche; hora que la
estricta la viuda mamá de G..., les
tenía asignada a sus hijos para que se
acogieran a su casa.
-¡Ya vámonos, -le dice G…, -ya es la hora! -Sin
dejarle a Chema de volar la fantasía creyó se refería a la hora que abren las
casas aludidas. Cruzando la avenida principal caminaron unas tres cuadras más…
-¡Aquí es! -dijo Pedro, refiriéndose a su hogar, creyendo
Chema que habían llegado la casa de mancebía.
Corriendo el mes de septiembre, todas las casas a
manera de celebración patriótica acostumbraban a poner en el dintel de la
portada tres focos con los colores de la bandera: verde, blanco y rojo. Chema
al ver el rojo, cree certificar que está en la casa de su imaginación,
deduciendo que por estar en un barrio de alto nivel social, el verde
y el blanco no servían más que de disimulo. En el pasillo de entrada, los
recibe la mamá, señora alta y fornida de aguileña nariz que al verlos taciturnos
uno frente al otro G…, los increpa:
-¡Pues que no se conocen¡ - Chema, creyendo que estar
frente a la madama, replica:
-¡Es que yo nunca he venido aquí!
Es ese momento bajan por la escalera Juan, José y
Francisco, los demás hermanos.
-¡Ah canijo! -Dijo Chema para sí, - en este ‘bule’ ya
están todos aclientelados!
Sacándolo de su
cavilación, interrumpe la mamá de la casa:
Voy a llamar a las muchachas para que te conozcan,
dice- para Chema, la supuesta madama-. Primera en salir de su habitación fue
Josefita, catalogándola Chema de no mal ver, tanto que pensó decirle a G…:
-Yo, ya con ésta me quedo, no vaya ser que al rato que
salga el montón y me atarugue escogiendo
la peor!
-Voy a servirles la cena, -les dice la señora- para
que pronto se recojan pronto a su cuarto. Por supuesto las neuronas de Chema
trabajaban más que si estuvieran resolviendo un cálculo matemático.
Ya merendado, lo acompañaron a su recamara, deseándole ¡una buena noche! advirtiéndole:
-Nosotros estamos en las habitaciones aledañas, por si
algo se te ofrece.
Sigilosamente se desviste, recostándose en
calzoncillos, a espera de ver a Josefita llegar.
Arrobado por la ilusión y vencido por el trajín, Chema, consuma en su sueño, el idilio de su fantasía.
Arrobado por la ilusión y vencido por el trajín, Chema, consuma en su sueño, el idilio de su fantasía.
Elías Limón González.
Hermoso "relato Tapatio provinciano"!
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