viernes, 31 de enero de 2014

Respecto al tema de Dios es peligroso,
incluso,
 decir la verdad.

Sucede a menudo que una palabra veraz dada a un alma enferma, que no tiene necesidad de semejante manjar,  le perturba, llegando a ser la ocasión de un agravamiento: así es de peligroso decir la verdad.

Hay por lo tanto el riesgo de hablar de Dios, no solamente de decir lo falso o inexacto, pero también de decir la verdad; si no se dice nada a propósito y es pecar contra Dios de repetir a la multitud las palabras a la que se deben tener por secretas. En efecto, no conviene debatir esas cuestiones en un tratado que se dirige a las gentes indignas e irreligiosas impotentes a seguir de cerca la sublimidad… de la teología. Hay pues los indignos, pero también igualmente los débiles, con los que uno debe de evitar alebrestar inquietudes hablando de lo que no pueden ellos comprender. Hay también los principiantes, a quienes no se necesita revelar todo a la vez, ni todo esconder: conviene darles algunos destellos de inteligencia espiritual para que ellos deseen más. El administrador de los misterios de Dios debe entonces buscar el momento favorable, velar que no haya nada de insuficiente ni superfluo, examinar sobre todo a quien entrega sus comentarios. En cuanto a los que vemos a la palabra con la disposición del Espíritu, llevando logros en él y deseando la Sabiduría celeste. Es necesario hacerles participar al Logos mismo: porque la sabiduría les ha preparado un gran festín y ellos pueden beber del torrente de las delicias de Dios.

Pero le incumbe a cada fiel utilizar los textos de la Escritura según su santidad y sus fuerzas: su diversidad ofrece, en efecto, una nutrición adaptada al alcance de las almas; la que puede lograr nutrirse con una inteligencia perfecta, y un corazón purificado celebra la fiesta con Dios y sus ángeles.

Elías Limón González.

Notas de Cécile Blanc en COMMENTAIRE SUR SAINT JEAN D’ORIGÈNE



lunes, 27 de enero de 2014

Todo gracias a aquella palabra

Todo gracias a aquella palabra:

<< Cualquiera que recibe a quien yo envío>> a propósito de quienes pueden ser enviados por Jesús, incluso sin ser semejantes a los que tenemos costumbre de llamar apóstoles, y sobre la posibilidad misma para los seres superiores a la naturaleza humana, de ser mensajeros de Jesús. Cualquiera por consecuencia, al que Jesús envía, recibe a Jesús en su emisario, y cualquiera que recibe a Jesús recibe al Padre; por lo tanto, cualquiera al que Jesús ha enviado, recibe la Padre que envío a Jesús.

Pero el sentido también puede ser el siguiente: cualquiera que recibe a quien  yo envío, me recibe y llega hasta acogerme; pero el que me recibe sin el intermediario de uno de mis apóstoles y me hace lugar sin que yo esté presente mediante o por la intermediación de los hombres, con tal que yo resida en las almas de quienes se han preparado para acogerme, ése recibe al Padre quien me ha enviado, de suerte que yo, el Cristo, no estoy solo a morar, ya que el Padre también permanece en él >>.


Comentario al Evangelio de San Juan de Orígenes de Alejandría (Siglo III).