Respecto al tema de
Dios es peligroso,
incluso,
decir la verdad.
Sucede
a menudo que una palabra veraz dada a un alma enferma, que no tiene necesidad de
semejante manjar, le perturba, llegando
a ser la ocasión de un agravamiento: así es de peligroso decir la verdad.
Hay
por lo tanto el riesgo de hablar de Dios, no solamente de decir lo falso o inexacto,
pero también de decir la verdad; si no se dice nada a propósito y es pecar
contra Dios de repetir a la multitud las palabras a la que se deben tener por
secretas. En efecto, no conviene debatir esas cuestiones en un tratado que se
dirige a las gentes indignas e irreligiosas impotentes a seguir de cerca la
sublimidad… de la teología. Hay pues los indignos, pero también igualmente los
débiles, con los que uno debe de evitar alebrestar inquietudes hablando de lo
que no pueden ellos comprender. Hay también los principiantes, a quienes no se
necesita revelar todo a la vez, ni todo esconder: conviene darles algunos
destellos de inteligencia espiritual para que ellos deseen más. El
administrador de los misterios de Dios debe entonces buscar el momento
favorable, velar que no haya nada de insuficiente ni superfluo, examinar sobre
todo a quien entrega sus comentarios. En cuanto a los que vemos a la palabra
con la disposición del Espíritu, llevando logros en él y deseando la Sabiduría
celeste. Es necesario hacerles participar al Logos mismo: porque la sabiduría les
ha preparado un gran festín y ellos pueden beber del torrente de las delicias
de Dios.
Pero
le incumbe a cada fiel utilizar los textos de la Escritura según su santidad y
sus fuerzas: su diversidad ofrece, en efecto, una nutrición adaptada al alcance
de las almas; la que puede lograr nutrirse con una inteligencia perfecta, y un
corazón purificado celebra la fiesta con Dios y sus ángeles.
Elías Limón González.
Notas de
Cécile Blanc en COMMENTAIRE SUR SAINT JEAN D’ORIGÈNE
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