lunes, 8 de diciembre de 2014


Acedia versus depresión

(Patrística vs psicoanálisis)


         Las numerosas historias de la depresión que se han escrito en las últimas décadas dedican, a mi juicio pocas páginas al estudio de un importante antecedente de esta patología que tuvo lugar en ámbitos religiosos cerrados propios de los siglos del cristianismo y, más adelante, durante la Edad Media. Me refiero al fenómeno espiritual denominado acedia y que fue objeto de estudio de notables personajes de esas épocas. Las manifestaciones de este fenómeno se asimilaran a las de la melancolía durante la modernidad y centrará la atención no solo de médicos sino también de literatos.
        
         Los hombres de diversas épocas de ámbitos culturales y religiosos han experimentado en ocasiones estados afectivos caracterizados por el tedio, el desánimo, el aburrimiento o la falta de energía que, incluso, podía conducirlos al deseo de la muerte o al suicidio. Este conjunto de síntomas fue conceptualizado de diversas maneras, recibiendo denominaciones al punto de visto desde el cual eran estudiados. Y así surgen los nombres de acedia, melancolía, o depresión. Sin pretender identificar estas situaciones como pertenecientes a grupos específicos de patologías psíquicas o a etapas propias de la vida espiritual o mística, si es posible trazar un recorrido histórico en el que puede observarse la constante de sus manifestaciones. Es decir, se encuentra un grupo de síntomas comunes que parecen como indicativos de este tipo de fenómenos.

Los primeros indicios

         Se trata de un profundo desánimo que amenaza el día, cuando el hombre se encuentra en medio del trabajo de su vida, y es una fuerza mucho más potente que la simple “tristeza matutina” o que la “melancolía de la tarde de la vida”. Es, como afirma Forhomme, una “flecha de luz más que una saeta nocturna”, que golpea en medio del día, en el momento que la sombra está ausente, y cuando no hay lugar dónde refugiarse. Es un afecto que golpea en medio de las fuerzas del hombre y en medio de su ambición espiritual y profesional (Forthomme, 2000, p.17).

Depresión y acedia en el ámbito patrístico cristiano
        
         El origen del término acedia es el kedos griego cuya acepción generales “preocuparse por algo o por alguien”. La acedia sería, entonces, la despreocupación o la indiferencia. Sin embargo, el término kedos tuvo un uso frecuente en un sentido diverso. […] La renuncia al trabajo del duelo es tomado por los griegos como un signo de desánimo en el hombre, como una duda dramática acerca de su verdadera identidad, como una angustia manifiesta acerca de sus orígenes, su emergencia, su naturaleza, sus ambiciones y su destino. La acedia aparece entonces como una privación del cuidado por la sepultura del otro, o ausencia de duelo. Se trata de una ausencia que esconde un descuido que no se refiere exclusivamente al hecho concreto de sepultar al muerto. Es descuido de sí mismo pues la incapacidad del duelo implica ligereza o superficialidad en el tratamiento de la propia vida. No hay fervor,  no hay lágrimas, no hay tristeza. Lo que hay, entonces, es sólo  descuido, o negligencia, de la propia vida. No es, por lo tanto, una simple pereza o desgano, sino un mal que se ensaña con la actividad más importante y fundamental del hombre que, en la perspectiva cristiana, es alcanzar su fin último o retornar a Dios. Así como ya no le preocupa dar sepultura a los muertos y guardar por ellos el duelo debido, tampoco le preocupa cumplir con el deber que tiene consigo mismo.

         En los clásicos, el deber de sepultar a los muertos es ineludible. […] La ley del cosmos indica que los muertos deben descansar y paz y, para ello, deben ser sepultados. No obedecer esta ley implica la indiferencia hacia la voz de la naturaleza misma y, también, la alienación de sí mismo, la sordera con respecto al grito de los demás y la desobediencia de los ritos elementales del duelo y de la pena.

         En el ámbito cristiano, la primera vez que se encuentra mencionado el término es en El Pastor de Hermas, que lo emplea para designar el abatimiento de aquellos agobiados por las preocupaciones del mundo. Escribe:

“Los ancianos, debido a que no tienen esperanzas de rejuvenecer, no esperan otra cosa que la muerte. Del mismo modo, reblandecidos por los negocios del mundo, os habéis dejado llevar por el abatimiento (akedia) y no habéis puesto vuestras preocupaciones en el Señor. Y así, vuestro corazón ha sido quebrado y vuestras culpas os han envejecido” (Hermas, 1968, XIX, 14).

Aquí, la acedia se relaciona con una lección equivocada: el mundo en vez de Dios. El acento se pone en el pecaminoso y el concepto se carga con la culpa frente al único deber del cristiano: amar a Dios, y dejarse amar por Él. La resistencia a este deber fundamental engendra el pecado de la acedia.

Después de los escritos herméticos, serán numerosos los Padres de la Iglesia que hacen referencia a la acedia de un modo similar. Simeón, el Nuevo Teólogo, la califica como “la muerte del alma y de la inteligencia” (Symeón, 1957, p. 61). Y, en sentido similar, se expresaran San Gregorio de Nacianzo y Teodoro Studita quien, incluso, prescribe la penitencia para el monje acedioso:

El monje afectado por la acedia se considera desesperado con respecto a su propia salvación. La acedia es el rechazo de la observancia monástica y la admiración por las cosas mundanas. El monje acedioso es inexpresivo en la salmodia y asténico en la oración. Decretamos que debe ser castigado con cuarenta días de penitencia y, durante tres semanas, el monje acedioso debe ser privado del vino y del aceite, y cada día debe hacer doscientas cincuenta metanoias. El vicio de la acedia conduce al fondo del infierno” (Teodoro Studita, 1860, p. 860).

Orígenes es el primero que ubica la acedia en un sistema explicativo del bien y del mal. Para el alejandrino, la fuente y principio de cada pecado se origina en los malos pensamientos o logismoi, aquellos que sustituyen los pensamientos naturales buenos de los hombres. Ellos son identificados e identificables con los demonios de los cuales han salido, y su objetivo es tentar a los hombres y hacerlos alejarse de Dios.

El aporte más original de Orígenes en este asunto surge de su interpretación de las tentaciones de Cristo. En su Homilía sobre Lucas afirma que Jesús fue probado por el demonio con las tentaciones de sueño, acedia y cobardía (Orígenes, 1962, p. 503). Se trata de tentaciones que no aparecen en el relato evangélico pero que Orígenes podría haber tomado del Testamento de Rubén que añade un octavo “espíritu de error”, que es el sueño y de la imaginación. Este mal espíritu del sueño judío es relacionado con la acedia, y el mismo Jesús durante cuarenta días de ayuno en el desierto, habría sufrido en algún momento la tentación de sucumbir al desánimo, a la desesperanza y al rechazo de Dios. Las acedia, de esta manera adquiere un nuevo status debido a su antecedente crístico, y pasará a ser considerada, por eso mismo, uno de los vicios y peligros más graves de los que debe cuidarse el monje.

Alcuino y su De virtutibus et Vitiis, encontramos un mayor desarrollo puesto que en este tratado la acedia es definida como un entorpecimiento por los deseos de la carne, por los que el hombre deja de gozar con las obras espirituales: “no se alegra de los en los santos deseos ni encuentra regocijo en ayudar a sus hermanos, sino que solamente anhela y desea, y su mente vaga por todo tipo de pensamientos” (Alcuino, 2004, p. 137). Lo más relevante en este caso es que el tratado de Alcuino está dirigido a un laico por lo que asistimos a una suerte de exclaustración de la acedia en tanto deja de ser un fenómeno exclusivo de la vida monástica y religiosa, para ser aplicado a la vida del hombre seglar. Esta misma postura la encontramos en Jonás de Orleans y Rábano Mauro.

Entre los escritores del siglo XVI, quien mayor lugar le otorga a la acedia es San Pedro Damián […] considera siempre la acedia como equiparable a la somnolencia. Se trata en un cansancio físico que el monje debe superar a través de sus prácticas ascéticas de vigilia y oración.

          San Bernardo de Claraval, para quien la acedia es el vicio que impide el trabajo de cuidar la viña del Señor. Recomienda la observancia de la regla. Recomienda la observancia de la regla que asegura la disciplina espiritual del monasterio: continencia, silencio y lectio, lo cual permite acabar con “el tedio y la acedia”. En el vocabulario de San Bernardo, la palabra acedia denota el estado interior del desánimo o aburrimiento de la vida religiosa que tienta al monje a abandonarlo todo.

            En el capítulo veintinueve de las Florecillas de San Francisco de Asís relata un hecho donde se muestra el tratamiento que el santo aconseja para la acedia: aconseja confesarse y no abandonar ni la ocupación ni la oración acostumbrada; afirma que esta tentación será de gran utilidad y consuelo, como pronto se comprobará. Los remedios propuestos son el mantenerse ocupado y rezar. Se trata de os mismos elementos que aconsejan los padres del desierto y es coincidente también el resultado final de esta tentación cuando es superada: un estado de gran paz y gozo espiritual.

Santo Tomás de Aquino, la define con “cierta tristeza que apesadumbra, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada, igual que se vuelven frías las cosas por la acción corrosiva del ácido. Por eso la acidia implica cierto hastío para obrar” (Tomás de Aquino, 1997, II-II, 35,1). Esta definición reúne algunos síntomas de lo que actualmente llamamos depresión: se habla de tristeza, decaimiento, falta de motivación para hacer las cosas y hastío. Afirma que cualquier tipo de debilidad corporal puede predisponer a la persona a la acedia. Aporta el ejemplo del ayuno, y dice que los ataques de acedia suelen venir hacia el mediodía, que es cuando el hambre se deja sentir en la persona que ha ayunado.

En la primera mitad del siglo XII, el cisterciense alemán Cesario de Heisterbach escribe su Dialogus miraculorum. Ubica la acedia dentro de los “siete vicios principales”, llamándola acedía o tristeza, e introduce distinción: en cuanto se refiere a los dolores del corazón, es un vicio espiritual; en cuanto a la torpeza del cuerpo, es corporal (Cesario de Heisterbach, 1851, p. 179). Es importante la precisión que hace Cesario puesto que la acedia, entonces, no necesitará el mismo tratamiento ni, tampoco, al mismo terapeuta. En un caso será necesaria la presencia del sacerdote o del padre espiritual, y en el otro, del médico. El autor define la acedia. Explica que se trata de una tristeza (la edición inglesa traduce depressión) (p. 223) o tedio que nace de la confusión de la mente, y se manifiesta como una inmoderada amargura de ánimo, que extingue todo tipo alegría espiritual y que conduce a la mente a la desesperación (p. 197). Infunde en la persona un cierto sopor o debilidad que la lleva a permanecer en la cama, y no levantarse cuando llega la hora de hacerlo. Según el autor, ese cansancio que experimenta no es más que una fantasía (p.198). Relaciona la acedia con la somnolencia que suele atacar a los monjes mientras están en el coro o durante la predicación de algún sermón pero, destaca Cesario, “el diablo tienta no solamente a las personas espirituales, sino también a los laicos con la somnolencia” (P.205). Se define aquí de un modo ya claro que este vicio no es privativo de los monjes, como aparece en la mayoría de los tratados espirituales anteriores, sino también ataca a los laicos, y con armas similares a las que ataca a los monjes.

De la acedia o tristeza -Cesario repite que se trata del mismo fenómeno- nace la malicia y la desesperación. Lo importante en este caso es observar que la acedia conduce a un estado emocional en el que se abandonan los propósitos previos y aparece como urgente, y como única decisión saludable, el cambio en el estado de vida que se ha elegido. Y es la perseverancia el medio con el cual se supera la tentación.

La acedia es considerada por Cesáreo como una terrible prueba o tentación en la que Dios sitúa a sus hijos. Este fenómeno puede llevar al suicidio incluso a aquellas personas que han tenido a lo largo de muchos años una vida de piedad y práctica religiosa. Construcción de una meta- realidad típica de la persona afectada por la acedia o también por la depresión. Es decir, se trata de una representación mental auto-referencial que adquiere fuerza de realidad y sugestiona de tal modo a la víctima que logra, incluso, que se suicide.

La desaparición de la acedia en la modernidad.

Durante el renacimiento se suceden dos acontecimientos culturales importantes. Por un lado, el descubrimiento y valorización de los conocimientos científicos, particularmente médicos, de los antiguos griegos y árabes y, por el otro, el desprecio de la vida monacal y religiosa, al menos tal como era valorada en el Medioevo. La repercusión de esta situación en el tratamiento de la acedia se refleja en el fenómeno que ella significa comenzará a ser denominado melancolía, término que posee ya una directa connotación médica. De este modo se “legitima” científicamente una noción monástica y se la sustrae del dominio religioso.

En la Edad Moderna, la acedia comienza a perder algunos atributos que la habían caracterizado. Bernabé Saladin escribe en 1690 un libro titulado Le Medecin Spirituel des âmes craintives et scrupuleuses, en el que ubica la acedia como un tipo de tibieza. Escribe: “De esta tentación [la tibieza] nace frecuentemente la enfermedad que los griegos llaman acedia o adormecimiento aburrido de todas las cosas espirituales” (Saladin, p. 340). Como puede verse, ha desaparecido aquí el sentido del dolor o sufrimiento que poseía la noción antigua de acedia.

Forthomme señala como se produce en este momento histórico un eclipse de estudio y de la mención de la acedia, cuyo acotado tratamiento quedará reservado solamente a los manuales casuísticos de la moral. Habrá que esperar a los años posteriores a la Revolución Francesa para asistir a un re-descubrimiento de la acedia no ya como un patrimonio de los monjes y laicos sino también como persona consciente de sí misma, de sus derechos y deberes (Forthomme, p. 29).

La desaparición de los monasterios y el ambiente anticlerical de ese momento histórico provoca, además, variaciones de las consideraciones científicas y artísticas relacionadas con la temática. Así, el médico Philippe Pinel escribe en sus Réflexions médicales sur létat monastique de 1790, que el aislamiento perpetuo y sin esperanza y el control constante de todas las inclinaciones del corazón provoca en el alma del monje un hastío y una amargura que muchas veces conducen a la locura (p. 81).

Algunos años después surgirá una figura asociada por muchos a la acedia. Me refiero al dandy, ese personaje de andares precisos y rebuscados, lenguaje escogido y elegancia y distinción en sus modos de vestir. Es un modo de des-sexualizar la histeria, concebida originalmente como un mal femenino. En efecto, para algunos toda toma de posición existencial es una tentativa de auto-terapia. Si esto es así, entonces el dandy responde de un modo histérico, es decir, equivocado, a su verdadero problema, que es la acedia. Y aquí se entiende la acedia no sólo como una tibieza o falta de energía, sino más bien como una tensión, pero una tensión que no sabe en qué ocuparse, que se traba así misma, que tropieza con esa falta de deseo y termina convirtiéndose en una “tristeza seca”.

         Albert Camus escribía:
         “El dandismo es una forma degradada de ascesis. El dandy crea su propia unidad por medios estéticos… La creatura, hasta ese momento, recibía su coherencia del creador. Pero a partir del momento que ella se consagra su ruptura con Él, queda librada a los instantes, a los días que pasan, a una sensibilidad dispersada” (Camus, 72).

Conclusión

El testimonio de los textos que hemos analizado permite reconocer la existencia de estados de estados depresivos en hombres de la antigüedad. Este tipo de situación no varió con la llegada del cristianismo sino que fue tecnificada al concretizarla en el concepto de acedia y, con se nombre fue estudiada durante los siglos de la patrística y de la Edad Media por autores espirituales y teólogos que alcanzaron un alto grado de profundidad en su descripción y tratamiento.

Lo que fundamentalmente distingue la acedia de la tristeza es que no la motiva nada preciso, que <<el espíritu se turba sin razón>>, como explica san Juan Casiano. Sin embargo el hecho de que no tenga motivo no significa que no tenga causa. Requiere de un terreno favorable para poder actuar. El hecho de estar apegado al placer y de estar dominado por la tristeza constituye una forma cuya importancia subraya san Talasio: <<La asedia es la negligencia del alma. Es negligente el alma que está enferma de amor al placer>>. En cuanto a san Macario, incrimina a la falta de fe; y san Isaac observa que, en el hombre espiritual, <<la acedia proviene de la distracción de la inteligencia>>.

La anterior descripción de las perturbaciones que caracterizan a la acedia nos permite comprender que los padres la consideran una enfermedad del alma. Sus numerosos efectos patológicos no hacen sino confirmar esta forma de entenderla. El principal de estos efectos es un obscurecimiento generalizado del alma: la acedia ciega la mente () y cubre las tinieblas del alma. El alma entonces se vuelve incapaz de aprehender las verdades esenciales. <<El alma que ha sido herida por este trastorno está realmente adormecida respecto a toda contemplación de las virtudes y a toda visión de los sentidos espirituales>>, constata san Juan Casiano. Su consecuencia más grave es que el hombre, por esta pasión, se ve apartado del conocimiento de Dios.

Los Padres constatan además que la acedía, que constituye un relajamiento del alma y un abandonarse del espíritu, engendra en el alma el vacío, conduce al hombre a una tristeza generalizada, lo hace cobarde. Unida a la tristeza, la acrecienta, entonces puede conducir fácilmente a la desesperación. De ella pueden proceder pensamientos blasfemos e ideas locas contra el Creador. Tiene además como otras consecuencias notables el destruir la compunción y volver irritable. De ella también –dice san Isaac- <<provienen el espíritu de extravío, que es la fuente de mil tentaciones>>.

A diferencia de las otras pasiones principales, la acedia no engendra ninguna pasión particular, porque las produce todas. Afirma Evangrio: <<Al pensamiento de la acedia no lo sigue ningún otro pensamiento, primero porque dura, luego porque contiene en él todos los pensamientos>>. San Barsanufio enseña más en general que <<el espíritu de la acedia engendra todos los males>>.

Por eso, ante la amplitud de estos efectos, los Padres afirman que la acedia es la más pesada, la más agobiante de todas las pasiones, <<que no hay pasión peor que ella>>. San Isaac dice que hace al alma <<saborear el infierno>>.

El concepto de acedia durante la modernidad, pierde su especificidad, convirtiéndola en melancolía y desapareciendo como tal incluso del vocabulario usual y técnico de las principales lenguas occidentales, tal como lo demuestran las obras científicas y literarias de esa época.

En efecto, se trata de determinar sí, efectivamente, puede asimilarse sin más la acedia cristiana a la melancolía de la modernidad y a la depresión contemporánea. No se trata de un asunto sencillo y su exposición exigiría un desarrollo. Sin embargo, y brevemente, considero que la acedia comparte con la depresión numerosos síntomas e, incluso, algunas causas. Por eso mismo, es posible encontrar terapias que pueden resultar efectivas para ambos fenómenos. No obstante, estimo que no es posible identificar ambas situaciones: un monje acedioso no era un depresivo, y un depresivo no es una persona acedia. Es decir, así como no se podría incluir a la acedia dentro de la nosología, así tampoco se podría incluir a la depresión en los tratados místicos o ascéticos.

Esto no impide que la investigación de las semejanzas de ambas situaciones y de las soluciones aportadas en la antigüedad para tratarlas, pueda significar un aporte valioso para la reflexión contemporánea sobre las terapias de los estados depresivos.

Bibliografía:

Acedia y depresión. Rubén Peretó Rivas

TERAPÉUTICA de las ENFERMEDADES ESPIRITUALES. Jean Claude Larchet.  
        


       


      
        




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