domingo, 4 de enero de 2015

La Capsula



            Malicio que mi vocación por la cultura deriva de la visceral curiosidad de mi mamá por lo desconocido y novedoso. Tenía yo la costumbre de comprar los periódicos y revistas, e ir a leerlas recostado en la cama al lado de mi mamá. Cierta vez, mientras yo leía el periódico, mi mamá hojeaba la revista Siempre; al llegar a sus páginas centrales que era un suplemento cultural a todo color, mostraba una serie de pinturas modernistas de las que llaman surrealistas; al verlas me pregunta:

 -¿Oye Chato, tú entiendes esto?–  aprovechando la oportunidad de hacerle una broma, contesto que sí, intentando explicarle aquello, que no era más que un multicolor batidillo abigarrado de pintura:

 -Mira mamá, ésta pintura se podría llamar, La Feria, y si te concentras al centro vas a ver una plaza de toros, luego a su derecha estos como girones blancos y rojos son las plumas que se desprenden de unos gallos peleando en el palenque; a tu izquierda esto como nube blanca, es la polvareda que dejan los caballos en una carrera parejera, y rematando le dije:

-Si tú le sigues buscando vas a encontrar muchas cosas más. Quedose   dándole vuelta a la revista para verla de distintas posturas y poderle encontrar  significado. Por la tarde, encuentro a mi mamá empecinada dándole vuelta a la pintura de la revista intentando descifrarla; de pronto al verme parado junto a ella, arroja la revista a un lado increpándome:

-¡Yo no le he podido encontrar nada, a mí se me figura que me estás ‘menseando’!- En eso me acuerdo que cuando salía de la casa camino a tomar el camión urbano al pasar vi un local que me llamó la atención por su letrero: Clínica de Rejuvenecimiento; me dirijo hacia dentro del local donde me recibe una amable y espléndida dama: detalles que le narro a mi mamá; la dama me lleva lleva a mostrarme algo así como un tanque estacionario que le llama, capsula presurizada, adonde se mete el cliente para después introducir en ella oxígeno, no dejando más que ver, que a través de una ventanita a la altura de los ojos.

          -¡La mera verdad no te creo, ha de ser otra de tus mentiras, como la de la pintura en la que me tuviste toda una mañana buscándole, buscándole y no  le encontré nada-  

          -Está bien que no me creas, pero, ¿Qué te cuesta caminar dos cuadras, dos cientos metros de aquí de tu casa?

          -¡Está, bien, pero si es otra de tus mentiras, ni al cine te voy a volver a  acompañar!- Hace un lado el periódico y las revista para levantarse, acomodarse la peluca y arreglarse.

          Llegando a la Clinica; igual que a mí anteriormente, la dama nos recibe con símil amabilidad para enseguida pasarnos a mostrar la Capsula: anonadada mi mamá  viendo y escuchando que todo era tal y como se lo había contado, llena de entusiasmo  y sin inmutarse  pregunta el costo del tratamiento, para luego decirme:

          -¡Pues yo estoy dispuesta, ya después de ti me meto yo!

          -¡Ah, no, no!, de inmediato le contesté: para eso te traje mamá, para que tú te metieras primero, porque a mí se me, figura una eternidad el estar encerrado quince minutos sin que te dejen salir.

          Allí estuvimos largo tiempo deliberando, tratando de convencer el uno al otro a que se metiera primero, pero la claustrofobia no nos dejaba decidir ni al uno ni al otro.

          Pasaban los días y no había otro tema de conversación que el de la Capsula, el miedo, y la decisión de meterse. Mi mamá platicó a mi abuelita y a mis tías; el entusiasmo así como el cuestionamiento por el miedo a la claustrofobia se hizo general: mi abuelita nos confesó que era tanta su mortificación por la no decisión, que se había soñado que la trataban de introducir a una como ‘olla exprés’ sin poder lograrlo debido a lo ancho de sus caderas. Otra de mis tías se ensayaba poniéndose una almohada en la cara midiendo el tiempo, para ver cuánto aguantaba. 

          Una tarde; volviendo al tema, mi mamá exabruptó:

 -¡Tengo que decidirme, con todo y claustrofobia me voy a decidir! En ese momento se me ocurre bromearla:

 -Ya no te mortifiques mamá por lo de la capsula; ya fui de nuevo con la señorita de la clínica y me dio  una opción para los que padecemos claustrofobia: tiene un capsula pequeñita tal como la de las medicinas con oxígeno comprimido, que se aplica como cualquier supositorio.

-Pues la opción no está nada fácil, me dice:

 ¡Si con los supositorios de glicerina en el momento que se van derritiendo, provocan armonía, imagínate con esos de oxígeno comprimido, al tiempo que se suelte el aironazo!
Elías Limón González.
         
            

          

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