Malicio que mi vocación por la
cultura deriva de la visceral curiosidad de mi mamá por lo desconocido y
novedoso. Tenía yo la costumbre de comprar los periódicos y revistas, e ir a
leerlas recostado en la cama al lado de mi mamá. Cierta vez, mientras yo leía
el periódico, mi mamá hojeaba la revista Siempre; al llegar a sus páginas
centrales que era un suplemento cultural a todo color, mostraba una serie de
pinturas modernistas de las que llaman surrealistas; al verlas me pregunta:
-¿Oye Chato, tú entiendes esto?– aprovechando la oportunidad de hacerle una
broma, contesto que sí, intentando explicarle aquello, que no era más que un
multicolor batidillo abigarrado de pintura:
-Mira mamá, ésta pintura se podría llamar, La
Feria, y si te concentras al centro vas a ver una plaza de toros, luego a su
derecha estos como girones blancos y rojos son las plumas que se desprenden de
unos gallos peleando en el palenque; a tu izquierda esto como nube blanca, es
la polvareda que dejan los caballos en una carrera parejera, y rematando le
dije:
-Si
tú le sigues buscando vas a encontrar muchas cosas más. Quedose dándole
vuelta a la revista para verla de distintas posturas y poderle encontrar significado. Por la tarde, encuentro a mi mamá
empecinada dándole vuelta a la pintura de la revista intentando descifrarla; de
pronto al verme parado junto a ella, arroja la revista a un lado increpándome:
-¡Yo
no le he podido encontrar nada, a mí se me figura que me estás ‘menseando’!- En
eso me acuerdo que cuando salía de la casa camino a tomar el camión urbano al
pasar vi un local que me llamó la atención por su letrero: Clínica de Rejuvenecimiento; me dirijo hacia dentro del local donde
me recibe una amable y espléndida dama: detalles que le narro a mi mamá; la
dama me lleva lleva a mostrarme algo así como un tanque estacionario que le
llama, capsula presurizada, adonde se mete el cliente para después introducir
en ella oxígeno, no dejando más que ver, que a través de una ventanita a la
altura de los ojos.
-¡La mera verdad no te creo, ha de ser otra de tus
mentiras, como la de la pintura en la que me tuviste toda una mañana
buscándole, buscándole y no le encontré
nada-
-Está bien que no me creas, pero, ¿Qué te cuesta caminar
dos cuadras, dos cientos metros de aquí de tu casa?
-¡Está, bien, pero si es otra de tus mentiras, ni al cine
te voy a volver a acompañar!- Hace un lado
el periódico y las revista para levantarse, acomodarse la peluca y arreglarse.
Llegando a la Clinica; igual que a mí anteriormente, la
dama nos recibe con símil amabilidad para enseguida pasarnos a mostrar la
Capsula: anonadada mi mamá viendo y
escuchando que todo era tal y como se lo había contado, llena de
entusiasmo y sin inmutarse pregunta el costo del tratamiento, para luego
decirme:
-¡Pues yo estoy dispuesta, ya después de ti me meto yo!
-¡Ah, no, no!, de inmediato le contesté: para eso te traje
mamá, para que tú te metieras primero, porque a mí se me, figura una eternidad
el estar encerrado quince minutos sin que te dejen salir.
Allí estuvimos largo tiempo deliberando, tratando de
convencer el uno al otro a que se metiera primero, pero la claustrofobia no nos
dejaba decidir ni al uno ni al otro.
Pasaban los días y no había otro tema de conversación que
el de la Capsula, el miedo, y la decisión de meterse. Mi mamá platicó a mi
abuelita y a mis tías; el entusiasmo así como el cuestionamiento por el miedo a
la claustrofobia se hizo general: mi abuelita nos confesó que era tanta su
mortificación por la no decisión, que se había soñado que la trataban de
introducir a una como ‘olla exprés’ sin poder lograrlo debido a lo ancho de sus
caderas. Otra de mis tías se ensayaba poniéndose una almohada en la cara midiendo
el tiempo, para ver cuánto aguantaba.
Una tarde; volviendo al tema, mi mamá exabruptó:
-¡Tengo que decidirme, con todo y
claustrofobia me voy a decidir! En ese momento se me ocurre bromearla:
-Ya no te mortifiques mamá por lo de la
capsula; ya fui de nuevo con la señorita de la clínica y me dio una opción para los que padecemos
claustrofobia: tiene un capsula pequeñita tal como la de las medicinas con
oxígeno comprimido, que se aplica como cualquier supositorio.
-Pues
la opción no está nada fácil, me dice:
¡Si con los supositorios de glicerina en el momento que se van derritiendo, provocan armonía, imagínate con esos de
oxígeno comprimido, al tiempo que se suelte el aironazo!
Elías
Limón González.
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