jueves, 16 de agosto de 2012

RAYO DE PLATA




¡Qué bonito caballo! Dice Gastón Santos en  “El potro salvaje”. Sí, desde que lo vi de niño en el cine,  fue el caballo de mis sueños.  Un poco después,  se anunciaba una corrida de toros en la que rejonearía Gastón Santos con sus caballos, “el huasteco”, “el gargaliote” y “el rayo de plata”; no lo podía creer, los días se me hicieron eternos.  Hasta que por fin, supe,  que  los caballos del rejoneador los iban a “desembarcar” en la plaza de toros. Le pedí a mi papá que fuéramos a la plaza a ver los caballos. Cuando llegamos estaban desembarcando el camión  y  como apenas cabía justo por la puerta de la plaza el chofer tuvo que hacer varias maniobras, por cierto, a donde se habían improvisado unas caballerizas con vigas de madera y cama de paja.

El tiempo me parecía interminable, finalmente, bajaron la rampa y comenzaron lentamente a abrir las cerraduras, provocando un chillido sus enmohecidos goznes, que me molestaban en mi desesperación, entonces lentamente se abrieron las pesadas hojas de la puerta, comenzando los caballerangos a sacar los caballos: bajó “el huasteco”, luego “el gargaliote” y por último, como dándole importancia a la estrella principal el “rayo de plata”.

Desde la obscuridad de la “caja del camión”,  fue apareciendo una estampa de brillantes  y enormes ojos, arropados por su larga crin , luego muy lentamente,  lo fueron cabresteando por la rampa, pisando sus cascos  con tanta mesura, que parecía que apenas tocaban el piso.

Largo tiempo me quedé contemplándolo, hasta que  oí la voz de mi papá: ¡Vámonos, que ya tengo hambre! ¡No, -le dije decididamente, sin despegar la vista del caballo- yo quiero montarlo!  algo habló con el caballerango, que amablemente, me concedió el milagro y, tomándome por los hombros, mi papá me elevó hasta su lomo,  para yo abrazarlo  con mis piernas y  con mis manos acariciar sus tordas crines.  Desde lo profundo de mi alma de niño,  lo sigo cabalgando desde hace cincuenta años.



Elías Limón González.

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