viernes, 29 de junio de 2012


La Firma



            No tenía aún la edad para saber leer ni escribir. Tan pronto como pude me subía al mostrador de la tienda o a la mesa del comedor,  para con admiración poder ver; después de sacar del bolsillo de la  camisa, desenroscar el aureo casquillo de su pluma fuente Parker 51, hacer girar la punta ciento ochenta grados ponerlo en el otro estremo, y sin arrimarse ninguna silla, con una elegancia connatural, inclinar el cuerpo sobre su costado izquierdo, recargarse en el antebrazo del mismo lado, para con toda libertad y relajamiento, la mano derecha pudiera, después de arrugar ligeramente la frente, esbozar su firma; una caligrafía ilegible de trazos oblicuos, que hoy fácilmente llamarían posmodernista.
 
          En las paredes, la arena o sobre cualquier superficie me ponía a practicar, sin olvidar  posturas y gestos; mi pluma fuente era una vara, un palito de paleta o una rajuela de cantera. Así en íntimo secreto me la pasé años, mas del doble de los que al iniciar tenía, imitando y ensayando. Tan pronto como en la escuela me enseñaron a coger el lapiz, y mientras la monjita nos daba la clase de historia sagrada o geografía; cuidando no me descubriera la maestra o me sorprendiera algún compañero, yo me gastaba  cuadernos completos en grafía tan extraña, mismos que rompía y furtivamente tiraba, para luego darlos por perdidos.

          Solamente de vista podía, mientras mi Papá firmaba algún cheque o cualquier otro documento; de memoria aquilatar que tan igual hacía la firma. Cajones, roperos y comodas esculcaba tratando de encontrar algun papel que la tuviera estampada; pero todo era inútil. Pensando y repensando como pudiera hacerle… Cuando después de comer, se disponía a recostarse a leer, me armé de valor  y antes que tomara  el periódico, como los buenos toreros decididamente lo enfrenté al natural: con un pedazo de papel de estraza en la mano  izquierda le  hablé a la cara: -!Hazme aquí tu firma!-; quitándose con el brazo el papel de enfrente, como toro derrotando la muleta, me contestó: -¡No!, porque alguien la puede falsificar, y es muy peligroso-.

Aunque sin poder certificar, con lapiz me sentía diestro, pero ahora quería pasar a otro nivel. Algunas veces la había solamente por momentos tenido en mis manos; cuando  entre firma y firma, algunas veces, para platicar o aclarar algún asunto, la hacía descansar dejándola por momentos al lado de los documentos por firmar, oportunidad que no dejaba pasar para disimuladamente tomar la pluma y aunque no la firma poder hacer solamente uno o dos garabatos, Sin decir nada; no por tener tacto conmigo, sino con la Parker 51 de punto fino,… delicadamente me la quitaba.

En el colegio nos habían impuesto la nueva norma: que teníamos que regresar  las calificiones firmadas por el Papá, por que las mamás según el Padre Director, eran unas alcahuetas. Al momento de tener en mis manos la libreta de calificaciones, mi mente se iluminó; ésta era la oportunidad que el cielo me había mandado: con la firma ya plasmada en la libreta tendría una de mis oportuniades tanto esperada;  poder tener la firma original para  confrontarla con la mía. La libreta nos la habían entregado el viernes al salir de la escuela y si llegando a la casa me la firmaba mi Papá, tendría todo el fin de semana para poder practicar comparándola con la firma original. Mi entusiasmo se fue al suelo cuado al abrir el cuaderno mi promedio ligermente pasaba el siete. Con el desánimo, la cabeza se me lleno de pensamietos frustrantes:-Si yo tuviera una pluma fuente y entrenamiento con ella, que fácil resolvería mi  situación-. Vueltas y vueltas le daba en mi cabeza al asunto y no tenía más remedio que darle el cuaderno a que lo firmara mi Papá. Como era su costumbre, inclinado en la mesa sobre su costado izquierdo, concentrado  firmaba mi papá varios documentos. Ojalá  me firme y no se fije, pensé. Tapándole con la palma de la mano las calificaciones, con voz temblorosa le dije… -fírmame para la escuela-; iba a hacerlo, cuando, al percatar lo que era, tomó el cuaderno con sus dos manos, se comenzó a erguir cuan largo estaba llevándose el cuaderno hacia las alturas, dejándome totalmente desarmado, solamente con los brazos al cielo y con las calificaciones al descubierto. Con el cuaderno de frente, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda, Viéndole desde mi perspectiva cada vez más gigante, pensé que con el mismo cuaderno con un manotazo me iba a aplastar. Sin decir nada, ni dejar de ver el cuaderno manteniéndolo con la mano izquierda, con la derecha se arrimó una silla para hacerse sentar en ella, para luego atrerme por la cintura rodeándome con su antebrazo.-De hoy en adelante, no voy a dormir la siesta y te voy a ayudar a hacer la tarea-. Me firmó la libreta de calificaciones. –Vas a ver que a la otra te vá a ir mejor-. La dobló y me la dió.

 Pasado el susto… Me la pasé abriendo el cuaderno y viendo la firma. Tomé un papel y con un lapiz me puse a hacerla para cotejarla; ni yo me lo creía, ¡era igualita!, con la única diferencia  que una era con tinta y la mía  con lapiz.

Como notas musicales caídas de la regadera, tranquilamente de mi siesta el sonido me fue despertando; la ducha  común se encontraba aledaña a mi cama, donde mi papá tomaba el baño; frente a mi vista, la muda de ropa limpia recién planchada,  pacientemente esperaba en una  silla: sobre el respaldo a la mitad doblado el pantalón y encima de el arropándolo  la camisa; en el asiento de la silla: un apocado  manojo abierto de  billetes, unas cuantas monedas y un pequeño brillo, reflejo del sol que se inmiscuía por la ventana para chocar en el casquillo dorado de… la pluma fuente. Con sobresalto me incorporé y al levantarme, encandilado estiré las manos para seguir el curso del brillo, al tocar la pluma, comprobé lo que parecía un espejismo. La tomé en mis manos, con precaución  destornillé la tapa, y cual dorado yelmo se la atavié en el otro extremo. Mis inmaduros dedos no alcanzaban a sostenerla con comodidad, sentí me quedaba grande, con cuidado la apreté un poco, y con firmeza comensé a trazar la firma  en el vacío, a mi derecha y a mi izquierda, al frente, atrás; mirando al cielo y al infierno. De mi delirio me hizo volver en sí el ruido del cerrojo de la puerta, anunciándome que salía del baño mi papá; rápidamente atornillé su tapa y volví a dejarla en el asiento de  la silla; haciéndole campo, la aparté de las monedas sueltas y el manojo de billetes.

Aunque ya dominaba el diseño de la firma a la perfección, mi afición seguía, viendo firmar a mi papá, observando con atención  cada uno de sus trazos y siguiendo con mi vista  cada una de sus lineas, hasta rematar sobre ella con  dos puntos. De pronto capté que la firma sufría ciertas mutaciones que iban de acuerdo al estado emocional en que en al momento de firmar se encontraba: cuando su rostro esbozaba una sonrisa, la firma era corrida y sin ningún parpadeo. Si sus líneas eran sobre rayadas o mi papá había apretando los labios y arrugando de más la  frente, algun desánimo tenía en su corazón; en cambio, si a medio dia firmaba con rapidez y hablaba únicamente lo necesario con saliba de más en la boca, era que el apetito lo estaba apresurando. Así, en la firma, le intuía todo tipo de emociones y sentimientos.

Inusitadamente, mi papá se encontraba sentado firmando, no comprendí, era demasiado activo como para estar en esa posición; pero más que firmaba… fumaba.
Entre la nube de humo vi los trazos de su firma se inclinaban cada vez más, como no aguantando la carga de un peso que llevaba encima; era tanta la deformación, que tendía a formar una linea horizontal.

Hasta el momento sin darse cuenta de mi presencia, le dije: -¡papá, yo se hacer tu firma!-; tomé la  pluma de su mano y en un papel en blanco le presenté la prueba… luego, abriéndome  paso, hacia atrás recorrió su silla; para entre sus rodillas dejarme firmar: documentos que no entendía y cheques que llenaba con cifras tan grandes que no sabía leer.., atrás de mi oreja derecha sentí lo profundo de su aliento, y en mi espalda  lo fuerte de su corazón latir.


Elías Limón González.

                               


No hay comentarios:

Publicar un comentario