Hemos
encontrado los polvorientos libros de Orígenes y descubierto dentro de ellos una
pintura del Espíritu Santo tan vibrante seguramente no permanecerá dentro de las
páginas atadas de la librería, extrayendo este retrato de los volúmenes,
encuentro que tan fácilmente nos habla algunas veces que olvidamos que estamos “traduciéndolo”
dentro de una discusión contemporánea. Este Espíritu de quien Orígenes escribió
en el siglo tercero es el Espíritu que encontramos hoy; la Cristiandad llena de
Espíritu a que aspiró presenta un modelo de esperanza para nuestra iglesia y
nuestro mundo.
Para
aquellos que luchan por clarificar las doctrinas Cristianas de Dios, una poderosa
pintura que del Espíritu trabajando en el mundo, una pintura que puede ser útil
a los teólogos contemporáneos quienes luchan para muchos cristianos desde
Orígenes con el más nebulosamente visualizado Espíritu. Frente a la vaguedad
incluso del Espíritu de Nicea, El Espíritu de Orígenes tiene la concreción de
una persona, una con quien el ser humano puede tener un real encuentro. Al mismo
tiempo, entiende el Espíritu como alguien siempre desplegando nuevas facetas y
realidades, alguien nunca enteramente captado, alguien con infinitas profundidades,
incluso es quien sí mismo examina los
profundos de Dios. Con estas profundidades de conocimiento para ser descubiertas,
el Espíritu es sin embargo, siempre El Espíritu quien continua el trabajo de
Jesucristo. Hay una realidad-una personalidad, uno podría decir- a este
Espíritu Santo quien une la creación para Dios al punto más santo y lo atrae
siempre a más profundidad dentro de la Divinidad.
La teología
reciente ha criticado a Orígenes de “subordinacionismo”. Anacrónico como este del
criticismo, es no obstante verdad que Orígenes ve ambos el Hijo y el Espíritu
como subordinados al Padre. La subordinación del Espíritu en Orígenes, sin
embargo, le habilita a dar al Espíritu una más clara función. Muchos teólogos
desde Orígenes han definido al Espíritu con divinidad igual al Padre y al Hijo,
pero sin dar ninguna específica atención a su trabajo de Espíritu en la
economía de salvación. Un Espíritu tal sería de “grado limitado”, restringido a cumplir una
definida función. Así mimo, el criticismo de Harnack a Orígenes podría más
apropiadamente ser dirigido a aquellos que simplemente repiten como pericos las
definiciones de Nicea, sin demostrar la unicidad del Espíritu. Para Orígenes,
el Espíritu tiene su propia función que realizar, continuando la salvación
empezada en el Hijo. El Hijo ofrece la medicina curativa para todos, y el
Espíritu enseña a aquellos quienes, habiendo decidido tomar la medicina, son
curados. Orígenes demuestra claramente el trabajo distinto del Espíritu y así
le reconoce como una distinta persona de la Trinidad. Aunque distinta, el
Espíritu es también claramente el Espíritu de ambos, del Padre y del Hijo,
llegando en su amor compartido a la humanidad. La descripción de Orígenes del
Espíritu-Maestro muestra que el Espíritu es genuinamente auto-donación. El
Espíritu Santo derrama amor dentro del corazón humano y guía amablemente a cada
discípulo, incluso orando de manera que el estudiante principiante del Espíritu
llegue a comprender. Este Espíritu es paciente, voluntarioso para leer el
alfabeto y tomar los pasos del niño con el convertido, ya que cada persona
santa empieza como un simple infante en el místico viaje a la perfección.
El
sentido de Orígenes de la kénosis del Espíritu, evidencia en sus descripciones
de esa directa y activa relación, con los santos, y está reflejada en la
pneumatología hoy. De hecho, muchos teólogos van más allá de Orígenes con sus
descripciones de la actividad humilde del Espíritu, e identifican su verdadera
naturaleza del Espíritu como la modestia-misma. Mirando, cuán difícil la
tradición cristiana ha encontrado hablar del Espíritu, afirman que esta
dificultad es causada por la verdadera naturaleza del Espíritu, más bien que en
cualquier carencia en la reflexión teológica. Vladimir Lossky señala al
Espíritu únicamente como miembro de la Trinidad “no teniendo Su imagen en otra
Persona. El Espíritu Santo, como Persona, permanece in-manifiesto, escondido, ocultándose
en Su propio aparecer”. Hans Urs Von Balthasar recuerda que “el Único que deja
la gloria de Dios brillar en la cara de Jesucristo, nos transforma quien se ha encarado con su semejanza, es el mismo ‘anónimo’. Puede
ser este mismo ‘anonimato’ que deja al Espíritu abierto a ser entendido como
tantas cosas diferentes por tantas diferentes instituciones y causas. Por otra
parte, este sentido de ‘anonimato’ del Espíritu puede ser una aceptación de una
larga tradición y de una reflexión inadecuada sobre la persona del Espíritu. Es
Espíritu de Orígenes, aunque humilde, no es anónimo”.
Nota de lectura, selección y
traducción:
Elías
Limón González.
Fuente: Teacher of Holiness de Maureem Beyer Moser
No hay comentarios:
Publicar un comentario