viernes, 3 de julio de 2015

Casa de Cita

Casa de Cita

          En los ‘sesenta’ en Yahualica se viajaba solamente por motivo de fuerza mayor, quienes lo hacían era por enfermedad, negocio o estudio. Los que  deseaban y sus padres tenían la posibilidad, emigraban a Guadalajara a estudiar el bachillerato, fue así que Chema partió a estudiar una carrera técnica. Algunos mayores lo hacían por placer, a lo sumo una vez al año, de quienes escuchábamos con avidez sus aventuras y experiencias del viaje: el parque Alcalde, la catedral, el zoológico, sobre todo las de las casas de cita: pormenorizando  el sobrecargado lujo del lugar.  Boquiabiertos nos quedábamos al detalle del mobiliario, las cortinas, el alumbrado, definiendo la belleza y sensualidad de sus cortesanas; aunque no sin  cierta decepción, pues algunos éramos todavía adolecentes, a quienes aún  no nos dejaban entrar al cine a películas para adultos, por  no tener la cartilla del servicio militar.

  Distinguía exteriormente aquellas idílicas casas un foco rojo que sobresalía en el dintel de su portada. La más renombrada de aquellas, era la de la madama Rosa Murillo.

La callada ilusión de Chema después de inscribirse, era conocer alguna de aquellas susodichas casas, previéndose traer consigo la cartilla del servicio.

Amparándose con unas  parientes cerca del templo de El Santuario, estando por merendar llega G…, sobrino de las anfitrionas, ‘farolero’ apantallador,  encandilador de almas, que bien le  asentaba el mote que les poníamos a los guadalajareños de ‘tapatío cursiento’.  

-¡Me lo voy a llevar a parrandear, a que conozca lo que es Guadalajara de noche, y se los lo  traigo hasta mañana!,  –dirigiéndose a la mamá y a las tías.

A Chema de inmediato le comenzó a soliviantar la entelequia, dando por  hecho  que lo iba a llevar a alguna de aquellas casas.

A Pedro y  a sus hermanos los conocía de cuando iban a Yahualica de vacaciones, no a su mamá ni a sus hermanas.

Caminaron no más de cien metros para llegar al Jardín del Templo,  para  rondarlo y mordisqueando elotes tatemados, cuando las campanas del reloj del templo tañeron las nueve de la noche; hora que la estricta la viuda mamá de G...,  les tenía asignada a sus hijos  para que se acogieran a su casa.

-¡Ya vámonos, -le dice G…, -ya es la hora! -Sin dejarle a Chema de volar la fantasía creyó se refería a la hora que abren las casas aludidas. Cruzando la avenida principal caminaron unas tres cuadras más…

-¡Aquí es! -dijo Pedro, refiriéndose a su hogar, creyendo Chema que habían llegado la casa de mancebía.

Corriendo el mes de septiembre, todas las casas a manera de celebración patriótica acostumbraban a poner en el dintel de la portada tres focos con los colores de la bandera: verde, blanco y rojo. Chema al ver el rojo, cree certificar que está en la casa de su imaginación, deduciendo que por estar en un barrio de alto nivel social,  el  verde y el blanco no servían más que de disimulo. En el pasillo de entrada, los recibe la mamá, señora alta y fornida de aguileña nariz que al verlos taciturnos uno frente al otro G…, los increpa:

-¡Pues que no se conocen¡ - Chema, creyendo que estar frente a la madama, replica:  

-¡Es que yo nunca he venido aquí!

Es ese momento bajan por la escalera Juan, José y Francisco, los demás hermanos.

-¡Ah canijo! -Dijo Chema para sí, - en este ‘bule’ ya están todos aclientelados!  

 Sacándolo de su cavilación, interrumpe la mamá de la casa:

Voy a llamar a las muchachas para que te conozcan, dice- para Chema, la supuesta madama-. Primera en salir de su habitación fue Josefita,  catalogándola Chema  de no mal ver, tanto que pensó decirle a G…:

-Yo, ya con ésta me quedo, no vaya ser que al rato que salga el montón y me  atarugue escogiendo la peor! 

-Voy a servirles la cena, -les dice la señora- para que pronto se recojan pronto a su cuarto. Por supuesto las neuronas de Chema trabajaban más que si estuvieran resolviendo un cálculo matemático.
Ya merendado, lo acompañaron a su recamara, deseándole ¡una buena noche! advirtiéndole:
-Nosotros estamos en las habitaciones aledañas, por si algo se te ofrece. 
  
Sigilosamente se desviste, recostándose en calzoncillos, a espera de  ver a Josefita  llegar.

 Arrobado por la ilusión y vencido por el trajín, Chema, consuma  en su sueño, el idilio de su fantasía. 
Elías Limón González.

sábado, 20 de junio de 2015

Las Señoritas de El Comal

LAS SEÑORITAS DE EL COMAL

          -¿A quiénes crees que me acabo de encontrar? -Le dijo uno de mis ‘tíos segundos’ a otro de ellos.
-¿A quiénes, pues?

-¡Pues a las del Comal! -  

-¿Sí?

-Sí, me dijeron que ya están viviendo en la hacienda, pero no se lo digas a nadie. Hay que organizarnos  para ir a visitarlas, podemos ir a caballo saliendo de El Nido de Águilas. Eso de ‘no se lo digas a nadie´, es la mejor estrategia publicitaria que se  puede hacer. A la hora de la partida semejaba una peregrinación: a caballo, en mulas y en burros, se dispuso de lo que se tuvo a la mano en el rancho.

            ‘Las del Comal’, señoritas bellas y de muy buenas familias, lo que se  dice muchachas bien, en todos los órdenes; hijas de un hacendado de los Altos de Jalisco, que como muchos de ellos habían emigrado a Guadalajara, con el interés de darles la mejor educación a sus hijos. Hay que subrayar la fama que tenían los colegios de monjas por la refinadísima  educación en la que instruían a sus pupilas, especialmente para ser, completas amas de casa. 

             Mis tíos vivían en Guadalajara y conocían a ‘las del Comal’,  como ellos las nombraban, su rancho El nido de Águilas, así como la hacienda de El Comal pertenece a la misma región alteña. Las contemplaban en las fiestas, las kermeses de los colegios; digo, las contemplaban, porque el ambiente de los colegios es muy elitista, en el que todo mudo quiere pertenecer a una clase social superior, y algo de ese ambiente ha de verles influenciado.

             Es prudente contextualizar que en los años sesenta, la mayoría de la gente se dedicaba, vivía o se relacionaba con el campo. Quienes vivíamos en el pueblo, teníamos una vida aunque no total, semi-campesina; contadas eran las casa en la que se comía con cubiertos, eso sí, con la manos bien limpias,  se sopeaba o se taqueaba. Era un problema cuando se viajaba a visitar a algunos parientes, que con todo y bochorno lo hacían  sentar en algún sofá o silla estilo francés, a donde se encontraba uno al igual de cómodo, como si estuviera sentado sobre una penca de nopal.  No se nos educaba urbanamente, éramos desentendidos de la forma, nuestra educación era de fondo, basada en valores humanos: familia, honradez, la amistad, la palabra; y la palabra se pronunciaba fuerte, para que no cupiera duda. 

            Mis parientes aunque habían nacido ya en Guadalajara, transmitido por sus padres conservaban el cariño, pasando sus vacaciones en el pueblo o en su rancho. Aquí establezco dos tipos: los que éramos de pueblo, con cultura medio campesina, y otro como ellos que ya habían nacido en la ciudad, con una cultura de ciudad con algo  de pueblo por trasmisión de sus padres.

             Pensativos cabalgaban por el camino, pues eran muchos, y las del comal, no eran tantas; de hecho habían quedado en ‘no decírselo a nadie’, ya no solo venían mis tíos, sino que también los acompañaba un amigo, éste sí, completamente pueblerino, ni de ciudad ni de rancho, que le llamábamos, no sé por qué, ‘D’.  Afortunadamente en ese momento las visitaban unas primas, y como las familias en ese tiempo eran numerosas, hubo para todos.

            Llegaron con el sol alto, cuando ellas mismas iban a iniciar las labores de la hacienda.   Por circunstancias económicas motivó que  su familia decidió irse a vivir a allí, no a administrar, sino a hacer cualquier  tipo de labor que requiriera  el rancho. Cuando arribaron, ellas mismas se disponían a lazar unos burros para aparejarlos cargarlos. Aparte de lo educado y amable que eran, las circunstancias favorecían para el buen  recibimiento, pues allí no había el nivel social en el que ellas estaban criadas y educadas.

            Sobraron acomedidos, casi en coro, todos dijeron:

            -¡Nosotros les ayudamos!

Eso de que les ayudamos estaba por verse. El que cogió el lazo para coger al burro, por poco se laza él mismo. Otro quería poner la cabrilla primero que el aparejo, yendo al revés. Al tratar de cargar los burros, ponían un costal de un lado y cuando rodeando al burro para cargar el otro, ya se había caído el primero habiendo derramando su contenido. Faenas propias de auténticos rancheros, en las que ellas ya estaban diestras; por lo tanto, decidieron agradecerles su buena voluntad, limitándolos a nada más a acompañarlas.

 Terminado el día, agradecidas por la visita, correspondiendo a su buena crianza y educación, los invitaron para hacerles una cena. Después de tomar un refrigerio los hicieron pasar a la mesa. Casi se caen para atrás, al ver el lujo y brillantez de la vajilla con arreglo  exquisito; aturullados  para encontrar su lugar, ellas con mesura a cada uno indicaron  su asiento.


El más pulido era Luis, que estaba muy pendiente de señalar disimuladamente las incorrecciones de quien estaba a su alcance. Una cena formal, entremés, sopa, ensalada, platillo, postre, por supuesto que con los cubiertos correspondientes, fue ahí donde más se confundieron. Tanto así que ya de regreso por el camino, sin haberlo podido hacer porque no le quedaba a su alcance, enérgicamente, Luis le reclama a ‘D’:

            -¿Por qué te comiste la sopa con la cuchara del postre? – ¿‘D’ ufano de su acción le confirma:

            -Como estaba el ambiente tan refinado, escogí la cuchara más chiquita, para no dar a pensar que yo era muy tragón.

Elías Limón González. 

sábado, 23 de mayo de 2015

La Trinidad en la santificación

Dinámica Trinitaria en la santificación
(de los seres racionales)


          Dios Padre concede a todos el ser, y la comunión con Cristo en cuanto Logos o Razón hace que sean racionales [λογικοί]. De esto se sigue que son dignos de alabanza de culpa, porque son capaces tanto de virtud como de malicia. Por esto, en consecuencia, también está presente la gracia del Espíritu Santo, para los que por sustancia no son santos, por la comunión con él se vuelvan santos (la santidad no se posee por naturaleza (substantialiter), sino el que es capaz de virtud o vicio, por gracia, está en la comunión del Espíritu Santo). De manera que, en primer lugar, reciban el ser de parte de Dios Padre, en segundo lugar, reciban el ser racionales [λογικοί] de parte del Logos, y en tercer lugar reciban el ser santos de parte del Espíritu Santo; y a la inversa aquellos que ya hayan sido santificados por el Espíritu Santo sean hechos capaces de Cristo en cuanto justicia de Dios (Camino trinitario de ida y vuelta: en la divinización de los racionales: Dios Padre concede el <<ser>>, que es condición para que el Logos conceda ser <<racional>>, que es, a la vez, condición para que el Espíritu Santo conceda al racional ser <<santo>>; y a la inversa, el don del Espíritu vuelve capaces del Logos en cuanto justicia de Dios). Y los que merecieron progresar hasta este grado, por la santificación del Espíritu Santo, alcanzan también el don de la sabiduría, de acuerdo al poder de la actividad del Espíritu de Dios. Estimo que Pablo afirma esto cuando dice que algunos les es dada una palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu, y señalando la distinción de cada uno de los dones, refiere todo a la fuente de todo, y dice: Hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios que obra tanto en todos (1Co 12,6)Donde se desprende que la actividad del Padre, que concede a todos el ser, es hallada más gloriosa y grandiosa, cuando cada cual progresa y alcanza grados más altos de progreso, por la comunión con Cristo en cuanto es Sabiduría, Conocimiento y Santificación, y por el hecho de que uno es santificado por la comunión con el Espíritu Santo, vuelto más seguro e íntegro, recibe más dignamente la gracia de la sabiduría y el conocimiento. De manera que, una vez rechazadas y purificadas todas las manchas de la impureza y de la ignorancia, acceda en tal progreso en la integridad y en la pureza, como para que la existencia que recibe de parte de Dios sea tal como es digno de Dios que le ha provisto para existir de modo puro y perfecto, a fin de que lo que existe sea tan digno como Aquel que le concedió la existencia. Así pues, el que es tal como quiso que fuera el que lo creo experimentará que la virtud que viene de Dios existe siempre y permanece eternamente. Para que esto ocurra y para que las criaturas, sin interrupción y sin separación, estén ante Aquel que es (Ex 3,14), es necesario para la sabiduría instruirlas y educarlas, y conducirlas a la perfección por la fortaleza y constante santificación del Espíritu Santo: por ella solamente pueden ser capaces de Dios (Entonces, los seres racionales han sido creados para que, alcanzando la perfección, lleguen a estar frente a Dios).

          [¿Estabilidad de la contemplación final?]

          Entonces, por la incesante obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en favor nuestro, dispuesta en cada uno de los grados de perfección, tenemos la posibilidad, de tal vez algún día, con mucho trabajo, de contemplar la vida santa y feliz. Cuando después de muchos combates, uno haya podido llegar a ella, de tal modo debemos permanecer en esta vida que ninguna saciedad de aquel bien se apodere de nosotros. Por el contrario, cuanto más experimentemos aquella felicidad, tanto más se dilate y aumente en nosotros el deseo de ella, en la medida que siempre con mayor ardor y mayor capacidad acogemos y poseemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pero, si alguna vez la saciedad se habrá apoderado de alguno de los que alcanzaron el grado más alto y más perfecto, no me parece que uno lo abandone y decaiga de golpe, sino que es necesario que descienda lentamente y por partes (de este modo, alguna vez puede suceder, que sí alguien ha tenido una caída momentánea, se arrepienta rápidamente y vuelva en sí), para que no se precipite hasta el fondo,sino que rectifique el rumbo, regrese a su estado y pueda recuperar aquello que por negligencia había perdido (Pero, por la permanencia del libre albedrío, ¿puede producirse una segunda caída? Según Orígenes, solo en el amor se realiza simultáneamente la libertad y la estabilidad: <<Pero que qué es lo que sostiene la libertad del arbitrio en los siglos futuros, para que no vuelva a caer en pecado, con breves palabras, el Apóstol lo enseña, cuando dice: “El amor nunca decae”>>, CRm V, 10; además: <<Cuando carezcamos de vicios, por una práctica renovada, la virtud se vuelve naturaleza (virtutem novo usu vertimus in naturam)>>).

          En efecto, si alguien se hubiera interiorizado poco a poco en el conocimiento, por ejemplo, de la geometría o de la medicina, hasta alcanzar la perfección, instruyéndose por mucho tiempo por medio del estudio y la práctica, hasta apropiarse plenamente de la disciplina del mencionado oficio, a este nunca le podría suceder que se durmiera experto y se despertara ignorante. Aquel geómetra o médico mientras se dedica a la reflexión de su oficio y a la instrucción racional, el conocimiento de la disciplina permanece en él, pero si desatiende los ejercicios y se vuelve negligente en la aplicación, paso a paso, por la negligencia, primero pierde poco, luego mucho, y así, después de mucho tiempo, todo pasa al olvido y todo desaparece completamente de la memoria. Ciertamente, puede suceder que cuando incipientemente haya comenzado a decaer y aún poco haya sido corrompido por la negligencia, si se despabila y vuelve en sí muy rápidamente, recupere aquello que solo recientemente había dejado ir y vuelva a cultivar aquello que había sufrido por una decadencia todavía pequeña (Los racionales se definen por el libre albedrío y, por ello, jamás pierden, y siempre conservan la capacidad de escoger entre el bien y el mal).

          ORÍGENES

SOBRE LOS PRINCIPIOS

 Traducción: Samuel Fernández

Selección:

Elías Limón González.



viernes, 1 de mayo de 2015

Chema, mi tío

Chema, mi tío

Por la mañana de su casa a la tienda,  y por la noche de su tienda a su casa; salvo contadas excepciones desvió de su trayecto, único que recorrió en  toda su vida, una distancia que no rebasa los cien metros. Difícil imaginar alguien que teniendo un mundo tan pequeño, posea tanta inteligencia como la de  ‘Chema, mi tío;  peculiaridad y atributo que pareciendo que pareciendo opuestos, difícilmente se dan juntos. Además de buen comerciante,  extraordinario aritmético; así como dominaba de memoria  el costo-venta de las mercancías, mentalmente calculaba multiplicaciones de tres cifras, y sumaba  cantidades de larguísimas notas de venta con tan solo recorrerlas con la vista, para enseguida poner el resultado. Notas de venta con tan impecable bellisima letra escrita en hojas de  papel de estraza, que serían hoy día, dignas de enmarcarse. 

A la familia nos sienta muy bien el apellido, pues no somos lo que se dice  dulces en cuanto a la manifestación de los afectos; bastante parcos, sobre todo,  especialmente en la relación de padres a hijos; se nos da muy a menudo un total mutismo en ese aspecto, situación que, se medio equilibra, recurriendo los hijos a los tíos, y los tíos a su vez, desembocan  en los sobrinos afecto que no muestran a sus hijos;  esto afortunadamente ya no fue mi caso, pero sí de él de mi papá con mi abuelo, cobijandose en su tío Chema, o sea mi tío abuelo, a quien estoy considerando.  Por imán afectivo seguí recurriendo yo a él y él a mí,  como continuando el intercambio de apegos y expresión de afectos.   Con mi tío Chema, aprendí de primera mano, algo de lo que mi papá de él, había asimilado, especialmente porque era,  sin que lo revelara  su cohibida  personalidad, lo que se dice, hombre de a caballo; todo agarrotado debido a su poco móvil  trabajo detrás del mostrador; había que ayudarlo a  trepar al caballo, luego montado se transforma en una personalidad que no revelaba a pie, sobre todo al calar su caballo  dándole lados, o llevándolo de punta. Cuentan que al verlo mover un caballo le ofrecieron comprarlo: dándole lados izquierdos, le pregunta su marchante.

-¿y qué defecto tiene Don Chema?-.

 Luego de los lados derechos, tan airados que el caballo daba  la impresión que en cualquier momento, su costado iba a tocar el suelo, cuando mi tío le responde:

-¡Pues nomás que de este lado no ve dónde pisa!

 El cliente creyendo que  esa expresión se refería al brío del caballo, de inmediato se lo compró,  sin discusión en el precio. Poco después el cliente percató que el caballo era ciego del ojo del lado derecho, precisamente.

Otra de las particularidades de mi tío, si bien, siempre andaba impecablemente vestido, sin faltarle su sombrero de ala ancha y fina palma, era que le tenía cierta temeridad al baño, su máxima era que la ‘cascara guarda al palo’;  no obstante,  comúnmente al llegar a su casa ordenara que con olotes, se calentara el boiler; preparada el agua,  posponía su baño objetando: ‘para otro día será’.

Con Botas

En la región había la costumbre cuando se casaba una pareja, como mera atención a la familia de la novia después del matrimonio, la ahora ya esposa, se quedaba todavía una semana en la casa de sus padres. Mi tío en cumpliendo con la costumbre, no solamente la dejó una semana en casa de su ahora familia política, sino que pasaron seis meses, al tiempo que todavía no iba por ella;  ocasionando suspicacias entre los malditillos del pueblo,  hasta que mi bisabuelo, lo precisó a que la recogiera y la llevara a su nuevo hogar. Aquellos  “malditillos” estuvieron al punto para espiarlos a través de las rendijas de las desvencijadas ventanas de la alcoba nupcial, en su primera noche de matrimonio. Contaban que Chema sin dejar de fumar  permanecía sentado en un equipal al lado de la cama desde donde su esposa, lo que su pudor le permitía, lo incitaba llamándolo:

- ¡Chema, ya vente! -Él, tajantemente se negaba:

- ¡No!-

- ¿Por qué?  

- ¡Es que estoy impuesto a dormir solo!

- Pero Chema, -insistiendo la todavía señorita:

 - ¡Ven, no te va a pasar nada!

Y sin condescender, se limitaba nerviosamente a seguir fumando o cruzar los brazos… pasadas las horas,  más que la insistencia de su esposa lo venció el sueño. 

Ya sin replicar, con dificultades y sin práctica, la ya próxima señora le desprendió de la chazarilla, los pantalones de buen lienzo y estilo de montar, cuando ya semidesnudo  antes de arrojarse al lecho, turulato y adormilado, solo alcanzó a  medio objetar:

-¡Bueno, bueno, está bien, pero déjame las botas!

Severito

            Mi tío Chema, por su trabajo y su comercio, el más importante del pueblo,  le hacía tener bastantes relaciones, también buenas amistades, algunas de muy alta estima, como lo era el ya muy anciano, aunque vital, Padre Severito. El anciano  padrecito por las tardes rondaba el pueblo con su canasta recogiendo la ‘limosna’; llegando ‘al pardear’ a visitar a mi tío, y él,  como una mera atención lo hacía traspasar el mostrador, para ambos sentarse a platicar, sobre las tapaderas de unos cajones que almacenaban piloncillo, granos y cereales. Así pasaban el resto de la tarde platicando y fumando.

El padre Severito era tan popular, que se le aglomeraba la gente a su confesionario,  para recibir la absolución de sus faltas. En aquellos tiempos los hombres se confesaban cara al padre, y las damas de lado del confesionario, mediante una rejilla. El padrecito debido a su edad, ya bastante sordo, menester era gritarle  los pecados, así como él les preguntaba, quedando todo mundo enterado.  De niño acompañando a mi mamá a hacer fila para que se confesara, el padrecito ya agotado de tanto confesar se quedó dormido, despertando de súbito, fijándose a través de la rejilla  que la confesante se le había ido sin darle la penitencia, saca la cabeza  del confesionario y declara en voz alta:

            -¡La mujer que se robó las dos gallinas que rece tres Padre nuestros!

 Severito y mi tío Chema, eran dos almas gemelas, a cual más de inteligentes,  que navegaban tanto uno como el otro, con bandera de inocentes, diestros en el disimulo.  

 Por semana santa, mi tío cumpliendo con el precepto, decidió ir a confesarse con el Padre; dándole pena declarar de frente y de cara a su amigo sus faltas, decidió hacer fila por el lado de las damas para confesarse a través de la rejilla;  declarado mi tío sus pecados, Severito reconoce la voz de su amigo sale del confesionario y viendo a mi tío arrodillado cara a la rejilla  por el lado de las mujeres, alterado y manoteando le dice a voz en cuello, enterando a la muchedumbre que abarrotaba el oratorio:

 ¡Pero  Chema… mi amigo, tú, tan buen hombre, y con esos pecadotes!


La casa de cita al revés

  Mientras me  iba haciendo joven,  más convivía con mi tío. A menudo me la pasaba casi todo el día con él, oyendo sus pláticas con los clientes, con los amigos, o bien, aprovechándome de su credulidad, contándole alguna mentira o algún chiste colorado; si por alguna circunstancia no iba a su tienda, o no nos veíamos, nos extrañábamos mutuamente.

En ese tiempo en Yahualica no había bachillerato, terminado mis estudios secundarios tuve que irme a Guadalajara a estudiar la preparatoria. El fin de semana en Guadalajara es muy aburrido para los estudiantes foráneos; además de tener una sociedad muy cerrada, donde difícilmente pueden  convivir, si no  tienes ‘pedigrí’; ese día para los tapatíos es de exclusividad familiar. Así que mejor me iba a pasar el fin de semana a Yahualica, con mi gente y a mi ambiente.   Al salir de mi casa, que está al lado de la tienda de mi tío,  para ir a platicar con los amigos, escuchar la música, ver las muchachas en la plaza y jardín municipal: en cuanto salto el machuelo de la banqueta hacia el arroyo de la calle,  me divisa, llamándome para preguntarme, con tono de cierta preocupación:

-¿Y, cómo te  fue en Guadalajara?

 –¡Muy bien! Ya tuve mi primera semana de clases, vine a pasar  el fin de semana.

 – ¡Qué bien!- y agrega:

-Ten mucho cuidado, Guadalajara es una ciudad donde puede haber muchos peligros-. Al instante se me prende el foco. Famosas eran las casas de cita de Guadalajara de las que los adolescentes escuchábamos de los mayores, fantásticos relatos e inspirándome en ellos y en un  rumor escuchado de mis compañeros en Guadalajara, le cuento:

 -Sí, Chema (insólitamente a la época, a mi tío le hablaba de tú), me platicaron que hay una ‘casa de cita’… - no había terminado la frase, cuando me interrumpe, tranquilizándome:

-Sí, pero no te espantes, Guadalajara es una capital muy grande, y debe de haber muchas ‘casas’ de ésas.

-Sí, ya lo sé, pero esta casa que te voy a comentar es diferente, no es como las demás, está al revés. Y Chema alzando un poco la voz, desconcertado pregunta:

-¿Cómo que al revés?

-¡Sí! En esta casa, en lugar de haber mujeres, como en las demás ¡hay hombres! -.  Echándole vuelo a mi imaginación, prosigo: es una casa muy lujosa a donde por la noche van las esposas de los empresarios, de los comerciantes, de los ricos, a escoger su  ‘chamacón’. En ese momento se deja oír  la banda de música que enfrente empezaba a tocar en la plaza y jardín municipal; yo, por ir al bullicio, rápidamente corté la plática y  me despedí:

-¡Nos vemos Ch… hasta al próximo fin de semana vuelvo!

 Casi corriendo hacia la plaza pública,  donde me la pasé buen rato dando flores, lanzando serpentinas, platicando y disfrutado con los amigos.  Al regreso, me extraña que la tienda de Chema todavía estuviera con las luces prendidas y las puertas abiertas. Chema era metódico y disciplinado, religiosamente habría a las siete de la mañana y cerraba a las nueve de la noche, y ya pasaban de las diez. En lugar de entrar a mi casa que es aledaña, llego a la tienda.  Chema, sentado en los cajones de los cereales nerviosamente fumaba.

-¿Qué ocurre Chema, por qué  no has cerrado la tienda?

-¡Porque te estaba esperando!

-¿A mí… para qué?

-Me dejaste, muy preocupado

-¿Yo… por qué?

-Por lo que me contaste.

-¡Ah canijo! ¿Pues qué te conté?- Le platicaba tantas cosas, verdades revueltas con mentiras, que no sabía ni por dónde me llegaba la tirada.

- ¡Lo de la casa al revés!- Aclarando, puntualiza: -a donde van esas mujeres, esposas de los empresarios, de los ricos, de los comerciantes de Guadalajara. Me dejaste muy preocupado, pero al mismo tiempo contento y dándole gracias a Dios,  que a mí me haya tocado una mujer tan santa y buena; tanto así, que en casi treinta años que tenemos de matrimonio, ninguna mortificación me ha provocado, pero  me puse a pensar…. ¿Cómo han de estar de mortificados y atormentados los esposos de esas mujeres vagas, que van a esas casas?  En ese aspecto estoy tranquilo y feliz; mi esposa se fue hace dos días a Guadalajara a visitar a mis hijas, que están estudiando para maestras, con toda mi confianza la dejo que se quede visitando, algunas veces hasta quince días.

- Por parte tuya tienes razón en estar tranquilo,  pero por parte de los otros maridos tampoco deberías estar preocupado ¿Tú crees, que esas mujeres, las esposas de los ricos  comerciantes de Guadalajara que van a esas casas, le van a decir a sus maridos, a dónde van? ¡No, no hay que ser ingenuo, ellas seguramente les dicen a sus esposos, que van al cine, a tomar un café, o hasta misa! Así que por ellos, no te preocupes,  también ellos piensan que tienen una mujer tan buena, y tan santa, como la que tú tienes. Al instante y como tapón de sidra sale expulsada la bachicha del cigarro que sostenían sus labios;  airado se lanzó a la trastienda a donde estaba el teléfono, para pedir a la operadora una llamada de carácter urgente a Guadalajara, con la intención de hablar con su señora.

Con inusual energía en su voz, ordena a su mujer regresar, en el primer autobús que partiera por la mañana. Y casi sin dejarla hablar, le remata:

-Guadalajara es una ciudad donde hay muchos peligros y tentaciones, y tú ¿quién sabe en qué pasos has de andar?


EL Striptease

Otro de los amigos de gran estima de mi tío, era Rogelio, que de vez en cuando cooperaba conmigo para bromear a mi tío. Al pasar por el portal de su casa saludándolo y dándole la bienvenida, pues radicaba en Nuevo León, me pregunta por Chema mi tío.

-Como siempre, en  su tienda.

-Ya hace tiempo que no lo veo ¡vamos a saludarlo! de paso lo bromeas un poco.

-¡No! Le acabo de echar unas mentirotas, que mejor ahora te toca a ti.

 Arribando, Rogelio lo saludó con efusión y afecto:

-¡Hola Chema cómo estás!-  Chema, con el mismo acento:

-Muy bien Lelio-, así lo nombraba de cariño. -¡Pásate, pásate!-, echándole el brazo al hombro lo induce hacia dentro del mostrador.

-Nomás un rato Chema…

Mi tío compungido:

-¿Por qué, Lelio!-

- Vengo algo desvelado…,- a la vez que Rogelio me cierra un ojo,  señal de que iba a iniciar la broma. -Acabo llegar de Monterrey, en la víspera mis trabajadores me hicieron una despedida, llevándome a ver un striptease- . Mi tío ante palabra tan rara, no acataba:

¿Y qué es eso, Lelio?

Al tiempo que encendían cada uno su cigarro, iniciado Rogelio la explicación de ‘bulto’,  entre bocanadas de humo, con todo lujo de detalles:

            -Tampoco sabía lo que era, hasta ayer-; por supuesto que haciéndose el ignorante;  comienza su alocución:

- En una pista de baile sale una dama muy bien vestida, con sombrero, con abrigo, con joyas, bailando a ritmo y a la cadencia de la música... -, mientras mi tío viéndome de reojo, con sonrisa nerviosa le da el golpe al humo del cigarrillo. Rogelio prosigue:

 -  …sensualmente  baila, con mesura se va desprendiendo la ropa: comenzando por el sombrero…, las joyas…, los guantes…. - Mi tío, a cada desgajamiento de prendas, le tomaba más atención al relato. Nuestro amigo sin perder la ilación, sigue adelante: 

-…para enseguida por su propio peso caiga el abrigo… luego, con toda parsimonia,  dando la espalda corre la cremallera de su vestido, para que se vaya deslizando sobre su cuerpo hasta caer en el piso-, estando por terminar nerviosamente el cigarro mi tío aprovecha para con ese mismo encender el otro. Rogelio hace una pausa, para también catar su cigarro…

-Ya quedado la dama en fondo de seda negro, pasa las manos sobre  su cuerpo para hacernos destacar cada una de las partes de su escultórica anatomía.
- Chema fumaba con tanta avidez, que la ceniza de su cigarrillo se había agrandado, dejando ya diminuto lo que quedaba del cigarro; exudando le salían gotas de su frente por cada uno de sus poros. Rogelio haciendo gala de sus facultad actoral y narrativa, precisa que la dama ya nomás vestía dos prendas: el corpiño y las bragas,  prosigue:

 - En ese instante la trompeta de la orquesta hace su entrada, tocando con toda efusividad, acrecentando la voluptuosidad del ambiente, al tiempo que la iluminación del  escenario iba quedado en penumbra. La dama empieza a deslizar por sus hombros,   los breteles de su corpiño - Rogelio con todo y mímica nos hace notar, que la dama iba a su espalda se disponía a desprender el broche para liberarse de la prenda.  -Mi tío advierte que sus bifocales a causa del sudor se le habían empañado. En tono de súplica le implora, pidiendo una pausa:

 -¡Espérate Lelio, espérate!

 Luego de saca Chema su encarnado paliacate para limpiar sus espejuelos. Aclarados sus bifocales, con la cabeza asiente, dando  entender que podía continuar. Rogelio obedientemente prosigue con la caída de la penúltima prenda,  sin dejar de describirnos con minucioso detalle, todas las bondades de aquellos protuberantes senos.

No quedando más que las pantaletas, Rogelio abunda que, con solo desatar un fragilisimo nudo a la altura de la cadera, estas caerían por sí solas.

 Rogelio, poseído del personaje, con parsimonia y sensual mímica, hace que va desatando en su cadera el nudo y, al estar las pantaletas por caer… se oye de mi tío un aterrador grito:

 - ¡Ay Dios! -parando la actuación en seco.

   Inacabado relato; semidesnudo e inconcluso striptease.

Elías Limón González.
















jueves, 30 de abril de 2015

Gelidez terapéutca

Gelidez terapéutca 

Corona de Amor y Muerte de Alejandro Casona, fue dirigiendo la tercera obra en las que participé, a beneficio del colegio, donde algunos de los participantes habíamos estudiado la primaria. La afición la adquirí desde niño acompañando al teatro a mi papá, luego me la retro-alimentaron los jesuitas durante el bachillerato, tanto como la lectura.

  Tres arduos meses de ensayos, por las noches repasaba las lecciones de actuación de Stanislavsky; la obra no era sencilla: tres actos, divididos en siete cuadros escenográficos, con diez y seis personajes. Mis pasiones eran los toros, los caballos, y el teatro; contaba con diez y nueve años,  por ese tiempo las mujeres aún no invadían el ámbito de mi pensamiento.

            El lugar previo de reunirnos para ir a los ensayos, era en el jardín municipal, al lado del quisco,  de allí nos íbamos al colegio caminado por ‘la calle derecha’, como popularmente la llaman; unas cuantas ‘cuadras’. De regreso, el mismo trayecto, platicando y rematando en el mismo lugar, el jardín, al lado del quiosco.

            El vestuario lo diseño la madre directora y lo confeccionaron las monjitas. La tarea más complicada era convencer a los actores que admitieran el maquillaje; la maquillista fue ‘la Güera’ mi tía, en sustitución de Jovita, otra de mis tías, porque no la había dejado el machista de su marido. Independientemente del arrojo de dirigir una obra a los escasos veinte años, el mayor obstáculo era el prejuicio social y familiar, pues los artistas eran llamados ‘cómicos’ con connotación despectiva, gente baja, de segunda; si se leía un libro había que traerlo bajo el brazo, porque te clasificaban de comunista; me ocurrió la vez que me asignaron despedir a la generación saliente de la secundaria, fui elogiado por mi dicción; como el remate del discurso decía “¡Hasta luego camaradas!”, lo tacharon de marxista.

            Variedad de sucesos ocurrieron durante el periodo de ensayos: difícil fue lograr hacer besar al personaje de Pedro con Inés de Castro, pues Daniel, en la vida real, era casado, e Inés de Castro, Velia en la vida real, era soltera. Durante el intermedio, mientras se tocaba música de fondo los mismos actores eran quienes cambiaban la escenografía. En uno de estos cambios se nos cayó el telón dejando al descubierto ante el público al Maestre (Ernesto) que llevaba una lámpara a colocar en una columna; como actor inteligentemente improvisó, yendo al ritmo del vals que se escuchaba, a colocar la lámpara en su sitio.

            Teatro lleno, a pesar del precio, cinco pesos, caro; el salario mínimo eran diez y nueve  pesos. Al final, a todos los actores reclamó el público salir al escenario, premiándolos efusivamente con sus aplausos.

            Durante la semana siguiente todos sentimos el vacío, no hallábamos como llenar ese espacio de tiempo que le dedicábamos a los ensayos; lunes y martes por inercia y sin ponernos de acuerdo nos volvíamos a reunir en el jardín junto al quiosco, platicábamos, luego cada quien nos retirábamos a nuestras casas.

            El miércoles día de la inactividad en el pueblo, se cierra el comercio; inercia que me nutrió la necesidad de reunirme con el grupo; llegué al jardín, en el quiosco diviso a Pedro el protagonista, Daniel mi actor; angustiado me confronta:

-¿Qué hacemos?

-No sé, no se me ocurre nada.

-¡Ya sé, vamos por ‘el Galletas’ (Miguel, el de los sonidos y efectos), compramos unas cervezas y nos las tomamos en ladera! Así lo hicimos. 

A Miguel por ese tiempo, lo tomaba de novio de verano una de las nietas de un señor mayor que le nombraban Don Mariano ‘el millonario’, sobre todo porque se había hecho en el pueblo una lujosa mansión estilo villa romana. El noviazgo de El Galletas con ‘la millonaria’ duraba lo que la estación, antes del otoño se acababa y, hasta el otro verano.

Se tomaron las cervezas,  yo, nomás empecé la mía. Luego Daniel sugirió fuéramos a seguirla al restaurante Rueda, adonde aseveró, servían apetitosas botanas. Llegamos… pedimos cada quien su cerveza, y con ellas nos sirvieron las respectivas botanas. Mientras Miguel  paladeaba su cerveza, Daniel lo escuchaba, mientras yo, me terminaba las botanas… dejando mi cerveza, intacta. Mientras tanto Miguel nos revelaba sus des-amores:

-¡Otra cerveza! – me insistía.

- No, gracias; mejor que me repitan la botana de panela. –y cuando él pedía una  cerveza más, reviraba pidiendo la botana de patitas en vinagre.

 Miguel sorbía su cerveza, como tomando energía expresando cada vez, con más emotividad sus sentimientos;  iba a sugerirme otra, cuando percata que la mía estaba intacta; hasta ese instante,  cae en cuenta que no estaba yo, en su frecuencia pasional; de improviso se levanta palmeando la mesa:
-¡Mira Chato, otro día, te invitaré a cenar; te tomas ésa, y que te sirvan la otra!

Pasado el tiempo, recuperado de aquel trauma emocional, lo divisé acompañado de una hermosa dama, felizmente casado.

Me ilusiona pensar que mi anímica gelidez, en aquel tiempo, fue de  positivo efecto terapéutico.  

Elías Limón González.