Chema, mi tío
Por la mañana de su casa a la tienda, y por la noche de su tienda a su casa; salvo
contadas excepciones desvió de su trayecto, único que recorrió en toda su vida, una distancia que no rebasa los
cien metros. Difícil imaginar alguien que teniendo un mundo tan pequeño, posea
tanta inteligencia como la de ‘Chema, mi
tío; peculiaridad y atributo que
pareciendo que pareciendo opuestos, difícilmente se dan juntos. Además de buen
comerciante, extraordinario aritmético;
así como dominaba de memoria el
costo-venta de las mercancías, mentalmente calculaba multiplicaciones de tres
cifras, y sumaba cantidades de
larguísimas notas de venta con tan solo recorrerlas con la vista, para
enseguida poner el resultado. Notas de venta con tan impecable bellisima letra
escrita en hojas de papel de estraza,
que serían hoy día, dignas de enmarcarse.
A la familia nos sienta muy bien el apellido, pues no
somos lo que se dice dulces en cuanto a
la manifestación de los afectos; bastante parcos, sobre todo, especialmente en la relación de padres a
hijos; se nos da muy a menudo un total mutismo en ese aspecto, situación que,
se medio equilibra, recurriendo los hijos a los tíos, y los tíos a su vez,
desembocan en los sobrinos afecto que no
muestran a sus hijos; esto
afortunadamente ya no fue mi caso, pero sí de él de mi papá con mi abuelo, cobijandose en su tío Chema, o sea mi tío abuelo, a quien estoy considerando. Por imán afectivo seguí recurriendo yo a él y
él a mí, como continuando el intercambio
de apegos y expresión de afectos. Con mi tío Chema, aprendí de primera mano, algo
de lo que mi papá de él, había asimilado, especialmente porque era, sin que lo revelara su cohibida personalidad, lo que se dice, hombre de a
caballo; todo agarrotado debido a su poco móvil trabajo detrás del mostrador; había que
ayudarlo a trepar al caballo, luego
montado se transforma en una personalidad que no revelaba a pie, sobre todo al
calar su caballo dándole lados,
o llevándolo de punta. Cuentan que al verlo mover un caballo le
ofrecieron comprarlo: dándole lados izquierdos, le pregunta su
marchante.
-¿y qué defecto tiene Don Chema?-.
Luego de los lados
derechos, tan airados que el caballo daba
la impresión que en cualquier momento, su costado iba a tocar el suelo, cuando
mi tío le responde:
-¡Pues nomás que de este lado no ve dónde pisa!
El cliente creyendo
que esa expresión se refería al brío del
caballo, de inmediato se lo compró, sin
discusión en el precio. Poco después el cliente percató que el caballo era
ciego del ojo del lado derecho, precisamente.
Otra de las particularidades de mi tío, si bien,
siempre andaba impecablemente vestido, sin faltarle su sombrero de ala ancha y
fina palma, era que le tenía cierta temeridad al baño, su máxima era que la ‘cascara
guarda al palo’; no obstante, comúnmente al llegar a su casa ordenara que
con olotes, se calentara el boiler; preparada el agua, posponía su baño objetando: ‘para otro
día será’.
Con Botas
En la región había la costumbre cuando se casaba una
pareja, como mera atención a la familia de la novia después del matrimonio, la
ahora ya esposa, se quedaba todavía una semana en la casa de sus padres. Mi tío
en cumpliendo con la costumbre, no solamente la dejó una semana en casa de su
ahora familia política, sino que pasaron seis meses, al tiempo que todavía no
iba por ella; ocasionando suspicacias entre
los malditillos del pueblo, hasta que mi
bisabuelo, lo precisó a que la recogiera y la llevara a su nuevo hogar. Aquellos “malditillos” estuvieron al punto para
espiarlos a través de las rendijas de las desvencijadas ventanas de la alcoba
nupcial, en su primera noche de matrimonio. Contaban que Chema sin dejar de
fumar permanecía sentado en un equipal
al lado de la cama desde donde su esposa, lo que su pudor le permitía, lo
incitaba llamándolo:
- ¡Chema, ya vente! -Él, tajantemente se negaba:
- ¡No!-
- ¿Por qué?
- ¡Es que estoy impuesto a dormir solo!
- Pero Chema, -insistiendo la todavía señorita:
- ¡Ven, no te
va a pasar nada!
Y sin condescender, se limitaba nerviosamente a seguir
fumando o cruzar los brazos… pasadas las horas,
más que la insistencia de su esposa lo venció el sueño.
Ya sin replicar, con dificultades y sin práctica, la
ya próxima señora le desprendió de la chazarilla, los pantalones de buen lienzo
y estilo de montar, cuando ya semidesnudo antes de arrojarse al lecho, turulato y
adormilado, solo alcanzó a medio objetar:
-¡Bueno, bueno, está bien, pero déjame las botas!
Severito
Mi
tío Chema, por su trabajo y su comercio, el más importante del pueblo, le hacía tener bastantes relaciones, también
buenas amistades, algunas de muy alta estima, como lo era el ya muy anciano,
aunque vital, Padre Severito. El anciano padrecito por las tardes rondaba el pueblo con
su canasta recogiendo la ‘limosna’; llegando ‘al pardear’ a visitar a mi tío, y
él, como una mera atención lo hacía
traspasar el mostrador, para ambos sentarse a platicar, sobre las tapaderas de
unos cajones que almacenaban piloncillo, granos y cereales. Así pasaban el
resto de la tarde platicando y fumando.
El padre Severito era tan popular, que se le
aglomeraba la gente a su confesionario, para
recibir la absolución de sus faltas. En aquellos tiempos los hombres se
confesaban cara al padre, y las damas de lado del confesionario, mediante una
rejilla. El padrecito debido a su edad, ya bastante sordo, menester era gritarle
los pecados, así como él les preguntaba,
quedando todo mundo enterado. De niño acompañando
a mi mamá a hacer fila para que se confesara, el padrecito ya agotado de tanto
confesar se quedó dormido, despertando de súbito, fijándose a través de la
rejilla que la confesante se le había
ido sin darle la penitencia, saca la cabeza del confesionario y declara en voz alta:
-¡La mujer que se robó las dos
gallinas que rece tres Padre nuestros!
Severito y mi
tío Chema, eran dos almas gemelas, a cual más de inteligentes, que navegaban tanto uno como el otro, con
bandera de inocentes, diestros en el disimulo.
Por semana santa, mi tío cumpliendo con el
precepto, decidió ir a confesarse con el Padre; dándole pena declarar de
frente y de cara a su amigo sus faltas, decidió hacer fila por el lado de las
damas para confesarse a través de la rejilla; declarado mi tío sus pecados, Severito
reconoce la voz de su amigo sale del confesionario y viendo a mi tío
arrodillado cara a la rejilla por el
lado de las mujeres, alterado y manoteando le dice a voz en cuello, enterando a la muchedumbre que abarrotaba el oratorio:
¡Pero Chema… mi amigo, tú, tan buen hombre, y con
esos pecadotes!
La casa de cita al revés
Mientras me
iba haciendo joven, más convivía
con mi tío. A menudo me la pasaba casi todo el día con él, oyendo sus pláticas
con los clientes, con los amigos, o bien, aprovechándome de su credulidad, contándole
alguna mentira o algún chiste colorado; si por alguna circunstancia no iba a su
tienda, o no nos veíamos, nos extrañábamos mutuamente.
En ese tiempo en Yahualica no había bachillerato,
terminado mis estudios secundarios tuve que irme a Guadalajara a estudiar la
preparatoria. El fin de semana en Guadalajara es muy aburrido para los estudiantes
foráneos; además de tener una sociedad muy cerrada, donde difícilmente
pueden convivir, si no tienes ‘pedigrí’; ese día para los tapatíos
es de exclusividad familiar. Así que mejor me iba a pasar el fin de semana a
Yahualica, con mi gente y a mi ambiente. Al salir de mi casa, que está al lado de la
tienda de mi tío, para ir a platicar con
los amigos, escuchar la música, ver las muchachas en la plaza y jardín municipal:
en cuanto salto el machuelo de la banqueta hacia el arroyo de la
calle, me divisa, llamándome para
preguntarme, con tono de cierta preocupación:
-¿Y, cómo te
fue en Guadalajara?
–¡Muy bien! Ya
tuve mi primera semana de clases, vine a pasar
el fin de semana.
– ¡Qué bien!- y
agrega:
-Ten mucho cuidado, Guadalajara es una ciudad donde
puede haber muchos peligros-. Al instante se me prende el foco. Famosas eran
las casas de cita de Guadalajara de las que los adolescentes escuchábamos de los
mayores, fantásticos relatos e inspirándome en ellos y en un rumor escuchado de mis compañeros en
Guadalajara, le cuento:
-Sí, Chema
(insólitamente a la época, a mi tío le hablaba de tú), me platicaron que hay
una ‘casa de cita’… - no había terminado la frase, cuando me interrumpe,
tranquilizándome:
-Sí, pero no te espantes, Guadalajara es una capital
muy grande, y debe de haber muchas ‘casas’ de ésas.
-Sí, ya lo sé, pero esta casa que te voy a comentar es
diferente, no es como las demás, está al revés. Y Chema alzando un poco la voz,
desconcertado pregunta:
-¿Cómo que al revés?
-¡Sí! En esta casa, en lugar de haber mujeres, como en
las demás ¡hay hombres! -. Echándole vuelo
a mi imaginación, prosigo: es una casa muy lujosa a donde por la noche van las esposas
de los empresarios, de los comerciantes, de los ricos, a escoger su ‘chamacón’. En ese momento se deja oír la banda de música que enfrente empezaba a
tocar en la plaza y jardín municipal; yo, por ir al bullicio, rápidamente corté
la plática y me despedí:
-¡Nos vemos Ch… hasta al próximo fin de semana vuelvo!
Casi corriendo
hacia la plaza pública, donde me la pasé
buen rato dando flores, lanzando serpentinas, platicando y disfrutado con los
amigos. Al regreso, me extraña que la
tienda de Chema todavía estuviera con las luces prendidas y las puertas
abiertas. Chema era metódico y disciplinado, religiosamente habría a las siete
de la mañana y cerraba a las nueve de la noche, y ya pasaban de las diez. En
lugar de entrar a mi casa que es aledaña, llego a la tienda. Chema, sentado en los cajones de los cereales nerviosamente fumaba.
-¿Qué ocurre Chema, por qué no has cerrado la tienda?
-¡Porque te estaba esperando!
-¿A mí… para qué?
-Me dejaste, muy preocupado
-¿Yo… por qué?
-Por lo que me contaste.
-¡Ah canijo! ¿Pues qué te conté?- Le platicaba tantas
cosas, verdades revueltas con mentiras, que no sabía ni por dónde me llegaba la
tirada.
- ¡Lo de la casa al revés!- Aclarando, puntualiza:
-a donde van esas mujeres, esposas de los empresarios, de los ricos, de los
comerciantes de Guadalajara. Me dejaste
muy preocupado, pero al mismo tiempo contento y dándole gracias a Dios, que a mí me haya tocado una mujer tan santa y
buena; tanto así, que en casi treinta años que tenemos de matrimonio, ninguna mortificación
me ha provocado, pero me puse a pensar….
¿Cómo han de estar de mortificados y atormentados los esposos de esas mujeres
vagas, que van a esas casas? En ese
aspecto estoy tranquilo y feliz; mi esposa se fue hace dos días a Guadalajara a
visitar a mis hijas, que están estudiando para maestras, con toda mi confianza la
dejo que se quede visitando, algunas veces hasta quince días.
- Por parte tuya tienes razón en estar tranquilo, pero por parte de los otros maridos tampoco
deberías estar preocupado ¿Tú crees, que esas mujeres, las esposas de los ricos
comerciantes de Guadalajara que van a esas
casas, le van a decir a sus maridos, a dónde van? ¡No, no hay que ser ingenuo,
ellas seguramente les dicen a sus esposos, que van al cine, a tomar un café, o
hasta misa! Así que por ellos, no te preocupes, también ellos piensan que tienen una mujer tan
buena, y tan santa, como la que tú tienes. Al instante y como tapón de sidra
sale expulsada la bachicha del cigarro que sostenían sus labios; airado se lanzó a la trastienda a donde
estaba el teléfono, para pedir a la operadora una llamada de carácter urgente a
Guadalajara, con la intención de hablar con su señora.
Con inusual energía en su voz, ordena a su mujer
regresar, en el primer autobús que partiera por la mañana. Y casi sin dejarla
hablar, le remata:
-Guadalajara es una ciudad donde hay muchos peligros y
tentaciones, y tú ¿quién sabe en qué pasos has de andar?
EL Striptease
Otro de los amigos de gran estima de mi tío, era
Rogelio, que de vez en cuando cooperaba conmigo para bromear a mi tío. Al pasar
por el portal de su casa saludándolo y dándole la bienvenida, pues radicaba en
Nuevo León, me pregunta por Chema mi tío.
-Como siempre, en
su tienda.
-Ya hace tiempo que no lo veo ¡vamos a saludarlo! de
paso lo bromeas un poco.
-¡No! Le acabo de echar unas mentirotas, que mejor
ahora te toca a ti.
Arribando,
Rogelio lo saludó con efusión y afecto:
-¡Hola Chema cómo estás!- Chema, con el mismo acento:
-Muy bien Lelio-, así lo nombraba de cariño. -¡Pásate,
pásate!-, echándole el brazo al hombro lo induce hacia dentro del mostrador.
-Nomás un rato Chema…
Mi tío compungido:
-¿Por qué, Lelio!-
- Vengo algo desvelado…,- a la vez que Rogelio me
cierra un ojo, señal de que iba a
iniciar la broma. -Acabo llegar de Monterrey, en la víspera mis trabajadores me
hicieron una despedida, llevándome a ver un striptease- . Mi tío ante palabra
tan rara, no acataba:
¿Y qué es eso, Lelio?
Al tiempo que encendían cada uno su cigarro, iniciado
Rogelio la explicación de ‘bulto’, entre
bocanadas de humo, con todo lujo de detalles:
-Tampoco
sabía lo que era, hasta ayer-; por supuesto que haciéndose el ignorante; comienza su alocución:
- En una pista de baile sale una dama muy bien
vestida, con sombrero, con abrigo, con joyas, bailando a ritmo y a la cadencia
de la música... -, mientras mi tío viéndome de reojo, con sonrisa nerviosa le da el golpe
al humo del cigarrillo. Rogelio prosigue:
- …sensualmente baila, con mesura se va desprendiendo la ropa:
comenzando por el sombrero…, las joyas…, los guantes…. - Mi tío, a cada desgajamiento
de prendas, le tomaba más atención al relato. Nuestro amigo sin perder la
ilación, sigue adelante:
-…para enseguida por su propio peso caiga el abrigo…
luego, con toda parsimonia, dando la
espalda corre la cremallera de su vestido, para que se vaya deslizando sobre su
cuerpo hasta caer en el piso-, estando por terminar nerviosamente el cigarro mi
tío aprovecha para con ese mismo encender el otro. Rogelio hace una pausa, para
también catar su cigarro…
-Ya quedado la dama en fondo de seda negro, pasa las
manos sobre su cuerpo para hacernos destacar
cada una de las partes de su escultórica anatomía.
- Chema fumaba con tanta avidez, que la ceniza de su
cigarrillo se había agrandado, dejando ya diminuto lo que quedaba del cigarro;
exudando le salían gotas de su frente por cada uno de sus poros. Rogelio
haciendo gala de sus facultad actoral y narrativa, precisa que la dama ya
nomás vestía dos prendas: el corpiño y las bragas, prosigue:
- En ese
instante la trompeta de la orquesta hace su entrada, tocando con toda
efusividad, acrecentando la voluptuosidad del ambiente, al tiempo que la
iluminación del escenario iba quedado en
penumbra. La dama empieza a deslizar por sus hombros, los
breteles de su corpiño - Rogelio con todo y mímica nos hace notar, que la dama
iba a su espalda se disponía a desprender el broche para liberarse de la prenda.
-Mi tío advierte que sus bifocales a
causa del sudor se le habían empañado. En tono de súplica le implora, pidiendo
una pausa:
-¡Espérate
Lelio, espérate!
Luego de saca Chema
su encarnado paliacate para limpiar sus espejuelos. Aclarados sus bifocales,
con la cabeza asiente, dando entender
que podía continuar. Rogelio obedientemente prosigue con la caída de la
penúltima prenda, sin dejar de
describirnos con minucioso detalle, todas las bondades de aquellos
protuberantes senos.
No quedando más que las pantaletas, Rogelio abunda que,
con solo desatar un fragilisimo nudo a la altura de la cadera, estas caerían
por sí solas.
Rogelio,
poseído del personaje, con parsimonia y sensual mímica, hace que va desatando
en su cadera el nudo y, al estar las pantaletas por caer… se oye de mi tío un
aterrador grito:
- ¡Ay Dios! -parando
la actuación en seco.
Inacabado
relato; semidesnudo e inconcluso striptease.
Elías Limón González.