El
mundo como los Padres nos lo presentan es justamente el mundo del hombre,
es decir, un mundo donde el hombre tiene un lugar con relación a la que debe
ejercer una responsabilidad mayor. Ningún texto patrístico no ha dicho
eso con tanta fuerza como el escrito para Diogneto:
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Para decirlo simplemente, así como el alma está en el cuerpo, los cristianos lo
están en el mundo. El alma es expandida en todos los miembros del cuerpo, como
los cristianos en las ciudades del mundo. El alma habite en el cuerpo y por tanto
ella no es del cuerpo, como los cristianos habitan en el mundo pero no son del
mundo. Invisible, el Alma es retenida prisionera en un cuerpo visible: lo mismo
que los cristianos, está claro que ellos están en el mundo, pero el culto que
rinden a Dios permanece invisible. La carne detesta al alma haciéndole la
guerra, sin haber recibido daño, porque le impide gozar de los placeres; lo
mismo que el mundo detesta a los cristianos que no le hacen ningún daño, debido
a que se oponen a sus placeres. El alma ama esta carne que la detesta, y sus
miembros, como los cristianos aman aquellos que los detestan. El alma está
encerrada en el cuerpo: es ella por tanto que mantiene el cuerpo; los
cristianos están como retenidos en la prisión del mundo: son ellos por tanto
los que mantienen el mundo. Inmortal, el Alma habita una tienda mortal: lo
mismo que los cristianos acampan en lo corruptible, esperando lo celeste incorruptible. El Alma se vuelve mejor mortificándose
por el hambre y la sed: perseguidos, los cristianos de día en día se multiplican
siempre más. Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les es
permitido desertar”.
Citando en, Les Peres de L’eglise et la Théologie Chrétienne,
Michel Fédou.
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