Acedia versus depresión
(Patrística vs psicoanálisis)
Las
numerosas historias de la depresión que se han escrito en las últimas décadas
dedican, a mi juicio pocas páginas al estudio de un importante antecedente de
esta patología que tuvo lugar en ámbitos religiosos cerrados propios de los
siglos del cristianismo y, más adelante, durante la Edad Media. Me refiero al
fenómeno espiritual denominado acedia y
que fue objeto de estudio de notables personajes de esas épocas. Las
manifestaciones de este fenómeno se asimilaran a las de la melancolía durante la modernidad y centrará la atención no solo de
médicos sino también de literatos.
Los
hombres de diversas épocas de ámbitos culturales y religiosos han experimentado
en ocasiones estados afectivos caracterizados por el tedio, el desánimo, el
aburrimiento o la falta de energía que, incluso, podía conducirlos al deseo de
la muerte o al suicidio. Este conjunto de síntomas fue conceptualizado de
diversas maneras, recibiendo denominaciones al punto de visto desde el cual
eran estudiados. Y así surgen los nombres de acedia, melancolía, o depresión.
Sin pretender identificar estas situaciones como pertenecientes a grupos
específicos de patologías psíquicas o a etapas propias de la vida espiritual o
mística, si es posible trazar un recorrido histórico en el que puede observarse
la constante de sus manifestaciones. Es decir, se encuentra un grupo de
síntomas comunes que parecen como indicativos de este tipo de fenómenos.
Los primeros indicios
Se trata
de un profundo desánimo que amenaza el día, cuando el hombre se encuentra en
medio del trabajo de su vida, y es una fuerza mucho más potente que la simple
“tristeza matutina” o que la “melancolía de la tarde de la vida”. Es, como
afirma Forhomme, una “flecha de luz más que una saeta nocturna”, que golpea en
medio del día, en el momento que la sombra está ausente, y cuando no hay lugar
dónde refugiarse. Es un afecto que golpea en medio de las fuerzas del hombre y
en medio de su ambición espiritual y profesional (Forthomme, 2000, p.17).
Depresión y acedia en el
ámbito patrístico cristiano
El
origen del término acedia es el kedos griego cuya acepción generales
“preocuparse por algo o por alguien”. La acedia
sería, entonces, la despreocupación o la indiferencia. Sin embargo, el término kedos tuvo un uso frecuente en un
sentido diverso. […] La renuncia al trabajo del duelo es tomado por los griegos
como un signo de desánimo en el hombre, como una duda dramática acerca de su
verdadera identidad, como una angustia manifiesta acerca de sus orígenes, su
emergencia, su naturaleza, sus ambiciones y su destino. La acedia aparece entonces como una privación del cuidado por la
sepultura del otro, o ausencia de duelo.
Se trata de una ausencia que esconde un descuido que no se refiere
exclusivamente al hecho concreto de sepultar al muerto. Es descuido de sí mismo
pues la incapacidad del duelo implica ligereza o superficialidad en el
tratamiento de la propia vida. No hay fervor,
no hay lágrimas, no hay tristeza. Lo que hay, entonces, es sólo descuido, o negligencia, de la propia vida. No es, por lo tanto, una simple
pereza o desgano, sino un mal que se ensaña con la actividad más importante y
fundamental del hombre que, en la perspectiva cristiana, es alcanzar su fin
último o retornar a Dios. Así como ya no le preocupa dar sepultura a los
muertos y guardar por ellos el duelo debido, tampoco le preocupa cumplir con el
deber que tiene consigo mismo.
En los
clásicos, el deber de sepultar a los muertos es ineludible. […] La ley del
cosmos indica que los muertos deben descansar y paz y, para ello, deben ser
sepultados. No obedecer esta ley implica la indiferencia hacia la voz de la
naturaleza misma y, también, la alienación de sí mismo, la sordera con respecto
al grito de los demás y la desobediencia de los ritos elementales del duelo y
de la pena.
En el
ámbito cristiano, la primera vez que se encuentra mencionado el término es en El Pastor de Hermas, que lo emplea para
designar el abatimiento de aquellos agobiados por las preocupaciones del mundo.
Escribe:
“Los ancianos, debido a que no tienen esperanzas de
rejuvenecer, no esperan otra cosa que la muerte. Del mismo modo, reblandecidos
por los negocios del mundo, os habéis dejado llevar por el abatimiento (akedia) y no habéis puesto vuestras preocupaciones en
el Señor. Y así, vuestro corazón ha sido quebrado y vuestras culpas os han
envejecido” (Hermas, 1968, XIX, 14).
Aquí, la acedia se relaciona con una lección
equivocada: el mundo en vez de Dios. El acento se pone en el pecaminoso y el
concepto se carga con la culpa frente al único deber del cristiano: amar a
Dios, y dejarse amar por Él. La resistencia a este deber fundamental engendra
el pecado de la acedia.
Después de los escritos herméticos, serán numerosos
los Padres de la Iglesia que hacen referencia a la acedia de un modo similar.
Simeón, el Nuevo Teólogo, la califica como “la muerte del alma y de la
inteligencia” (Symeón, 1957, p. 61). Y, en sentido similar, se expresaran San
Gregorio de Nacianzo y Teodoro Studita quien, incluso, prescribe la penitencia
para el monje acedioso:
El monje afectado por la acedia se considera
desesperado con respecto a su propia salvación. La acedia es el rechazo de la
observancia monástica y la admiración por las cosas mundanas. El monje acedioso
es inexpresivo en la salmodia y asténico en la oración. Decretamos que debe ser
castigado con cuarenta días de penitencia y, durante tres semanas, el monje
acedioso debe ser privado del vino y del aceite, y cada día debe hacer
doscientas cincuenta metanoias. El vicio de la acedia conduce al fondo del
infierno” (Teodoro Studita, 1860, p. 860).
Orígenes es el primero que ubica la acedia en un
sistema explicativo del bien y del mal. Para el alejandrino, la fuente y
principio de cada pecado se origina en los malos pensamientos o logismoi, aquellos que sustituyen los
pensamientos naturales buenos de los hombres. Ellos son identificados e
identificables con los demonios de los cuales han salido, y su objetivo es
tentar a los hombres y hacerlos alejarse de Dios.
El aporte más original de Orígenes en este asunto
surge de su interpretación de las tentaciones de Cristo. En su Homilía sobre Lucas afirma que Jesús fue
probado por el demonio con las tentaciones de sueño, acedia y cobardía
(Orígenes, 1962, p. 503). Se trata de tentaciones que no aparecen en el relato evangélico
pero que Orígenes podría haber tomado del Testamento
de Rubén que añade un octavo “espíritu de error”, que es el sueño y de la
imaginación. Este mal espíritu del sueño judío es relacionado con la acedia, y
el mismo Jesús durante cuarenta días de ayuno en el desierto, habría sufrido en
algún momento la tentación de sucumbir al desánimo, a la desesperanza y al
rechazo de Dios. Las acedia, de esta manera adquiere un nuevo status debido a
su antecedente crístico, y pasará a ser considerada, por eso mismo, uno de los
vicios y peligros más graves de los que debe cuidarse el monje.
Alcuino y su De
virtutibus et Vitiis, encontramos un mayor desarrollo puesto que en este
tratado la acedia es definida como un entorpecimiento por los deseos de la
carne, por los que el hombre deja de gozar con las obras espirituales: “no se
alegra de los en los santos deseos ni encuentra regocijo en ayudar a sus
hermanos, sino que solamente anhela y desea, y su mente vaga por todo tipo de
pensamientos” (Alcuino, 2004, p. 137). Lo más relevante en este caso es que el
tratado de Alcuino está dirigido a un laico por lo que asistimos a una suerte
de exclaustración de la acedia en
tanto deja de ser un fenómeno exclusivo de la vida monástica y religiosa, para
ser aplicado a la vida del hombre seglar. Esta misma postura la encontramos en
Jonás de Orleans y Rábano Mauro.
Entre los escritores del siglo XVI, quien mayor lugar
le otorga a la acedia es San Pedro Damián […] considera siempre la acedia como
equiparable a la somnolencia. Se trata en un cansancio físico que el monje debe
superar a través de sus prácticas ascéticas de vigilia y oración.
San Bernardo de Claraval, para quien la acedia es el vicio que impide el trabajo de cuidar la viña del Señor. Recomienda la observancia de la regla. Recomienda la observancia de la regla que asegura la disciplina espiritual del monasterio: continencia, silencio y lectio, lo cual permite acabar con “el tedio y la acedia”. En el vocabulario de San Bernardo, la palabra acedia denota el estado interior del desánimo o aburrimiento de la vida religiosa que tienta al monje a abandonarlo todo.
En el capítulo veintinueve de las Florecillas de San Francisco de Asís relata un hecho donde se muestra el tratamiento que el santo aconseja para la acedia: aconseja confesarse y no abandonar ni la ocupación ni la oración acostumbrada; afirma que esta tentación será de gran utilidad y consuelo, como pronto se comprobará. Los remedios propuestos son el mantenerse ocupado y rezar. Se trata de os mismos elementos que aconsejan los padres del desierto y es coincidente también el resultado final de esta tentación cuando es superada: un estado de gran paz y gozo espiritual.
San Bernardo de Claraval, para quien la acedia es el vicio que impide el trabajo de cuidar la viña del Señor. Recomienda la observancia de la regla. Recomienda la observancia de la regla que asegura la disciplina espiritual del monasterio: continencia, silencio y lectio, lo cual permite acabar con “el tedio y la acedia”. En el vocabulario de San Bernardo, la palabra acedia denota el estado interior del desánimo o aburrimiento de la vida religiosa que tienta al monje a abandonarlo todo.
En el capítulo veintinueve de las Florecillas de San Francisco de Asís relata un hecho donde se muestra el tratamiento que el santo aconseja para la acedia: aconseja confesarse y no abandonar ni la ocupación ni la oración acostumbrada; afirma que esta tentación será de gran utilidad y consuelo, como pronto se comprobará. Los remedios propuestos son el mantenerse ocupado y rezar. Se trata de os mismos elementos que aconsejan los padres del desierto y es coincidente también el resultado final de esta tentación cuando es superada: un estado de gran paz y gozo espiritual.
Santo Tomás de Aquino, la define con “cierta tristeza
que apesadumbra, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del
hombre, que nada de lo que hace le agrada, igual que se vuelven frías las cosas
por la acción corrosiva del ácido. Por eso la acidia implica cierto hastío para
obrar” (Tomás de Aquino, 1997, II-II, 35,1). Esta definición reúne algunos
síntomas de lo que actualmente llamamos depresión: se habla de tristeza,
decaimiento, falta de motivación para hacer las cosas y hastío. Afirma que
cualquier tipo de debilidad corporal puede predisponer a la persona a la
acedia. Aporta el ejemplo del ayuno, y dice que los ataques de acedia suelen
venir hacia el mediodía, que es cuando el hambre se deja sentir en la persona
que ha ayunado.
En la primera mitad del siglo XII, el cisterciense
alemán Cesario de Heisterbach escribe su Dialogus
miraculorum. Ubica la acedia dentro de los “siete vicios principales”,
llamándola acedía o tristeza, e
introduce distinción: en cuanto se refiere a los dolores del corazón, es un
vicio espiritual; en cuanto a la torpeza del cuerpo, es corporal (Cesario de
Heisterbach, 1851, p. 179). Es importante la precisión que hace Cesario puesto
que la acedia, entonces, no necesitará el mismo tratamiento ni, tampoco, al
mismo terapeuta. En un caso será necesaria la presencia del sacerdote o del
padre espiritual, y en el otro, del médico. El autor define la acedia. Explica
que se trata de una tristeza (la edición inglesa traduce depressión) (p. 223) o tedio que nace de la confusión de la mente,
y se manifiesta como una inmoderada amargura de ánimo, que extingue todo tipo
alegría espiritual y que conduce a la mente a la desesperación (p. 197).
Infunde en la persona un cierto sopor o debilidad que la lleva a permanecer en
la cama, y no levantarse cuando llega la hora de hacerlo. Según el autor, ese
cansancio que experimenta no es más que una fantasía (p.198). Relaciona la
acedia con la somnolencia que suele atacar a los monjes mientras están en el
coro o durante la predicación de algún sermón pero, destaca Cesario, “el diablo
tienta no solamente a las personas espirituales, sino también a los laicos con
la somnolencia” (P.205). Se define aquí de un modo ya claro que este vicio no
es privativo de los monjes, como aparece en la mayoría de los tratados
espirituales anteriores, sino también ataca a los laicos, y con armas similares
a las que ataca a los monjes.
De la acedia o tristeza -Cesario repite que se trata
del mismo fenómeno- nace la malicia y la desesperación. Lo importante en este
caso es observar que la acedia conduce a un estado emocional en el que se
abandonan los propósitos previos y aparece como urgente, y como única decisión saludable,
el cambio en el estado de vida que se ha elegido. Y es la perseverancia el
medio con el cual se supera la tentación.
La acedia es considerada por Cesáreo como una terrible
prueba o tentación en la que Dios sitúa a sus hijos. Este fenómeno puede llevar
al suicidio incluso a aquellas personas que han tenido a lo largo de muchos
años una vida de piedad y práctica religiosa. Construcción de una meta-
realidad típica de la persona afectada por la acedia o también por la
depresión. Es decir, se trata de una representación mental auto-referencial que
adquiere fuerza de realidad y sugestiona de tal modo a la víctima que logra,
incluso, que se suicide.
La desaparición de la acedia en la modernidad.
Durante el renacimiento se suceden dos acontecimientos
culturales importantes. Por un lado, el descubrimiento y valorización de los
conocimientos científicos, particularmente médicos, de los antiguos griegos y
árabes y, por el otro, el desprecio de la vida monacal y religiosa, al menos
tal como era valorada en el Medioevo. La repercusión de esta situación en el
tratamiento de la acedia se refleja
en el fenómeno que ella significa comenzará a ser denominado melancolía, término que posee ya una
directa connotación médica. De este modo se “legitima” científicamente una
noción monástica y se la sustrae del dominio religioso.
En la Edad Moderna, la acedia comienza a perder
algunos atributos que la habían caracterizado. Bernabé Saladin escribe en 1690
un libro titulado Le Medecin Spirituel
des âmes craintives et scrupuleuses,
en el que ubica la acedia como un tipo de tibieza. Escribe: “De esta tentación
[la tibieza] nace frecuentemente la enfermedad que los griegos llaman acedia o
adormecimiento aburrido de todas las cosas espirituales” (Saladin, p. 340). Como
puede verse, ha desaparecido aquí el sentido del dolor o sufrimiento que poseía
la noción antigua de acedia.
Forthomme señala como se produce en este momento
histórico un eclipse de estudio y de la mención de la acedia, cuyo acotado
tratamiento quedará reservado solamente a los manuales casuísticos de la moral.
Habrá que esperar a los años posteriores a la Revolución Francesa para asistir
a un re-descubrimiento de la acedia no ya como un patrimonio de los monjes y
laicos sino también como persona consciente de sí misma, de sus derechos y
deberes (Forthomme, p. 29).
La desaparición de los monasterios y el ambiente
anticlerical de ese momento histórico provoca, además, variaciones de las
consideraciones científicas y artísticas relacionadas con la temática. Así, el
médico Philippe Pinel escribe en sus Réflexions
médicales sur létat monastique de 1790, que el aislamiento perpetuo y sin
esperanza y el control constante de todas las inclinaciones del corazón provoca
en el alma del monje un hastío y una amargura que muchas veces conducen a la
locura (p. 81).
Algunos años después surgirá una figura asociada por
muchos a la acedia. Me refiero al dandy,
ese personaje de andares precisos y rebuscados, lenguaje escogido y elegancia y
distinción en sus modos de vestir. Es un modo de des-sexualizar la histeria,
concebida originalmente como un mal femenino. En efecto, para algunos toda toma
de posición existencial es una tentativa de auto-terapia. Si esto es así,
entonces el dandy responde de un modo histérico, es decir, equivocado, a su
verdadero problema, que es la acedia. Y aquí se entiende la acedia no sólo como
una tibieza o falta de energía, sino más bien como una tensión, pero una
tensión que no sabe en qué ocuparse, que se traba así misma, que tropieza con
esa falta de deseo y termina convirtiéndose en una “tristeza seca”.
Albert Camus
escribía:
“El
dandismo es una forma degradada de ascesis. El dandy crea su propia unidad por
medios estéticos… La creatura, hasta ese momento, recibía su coherencia del
creador. Pero a partir del momento que ella se consagra su ruptura con Él,
queda librada a los instantes, a los días que pasan, a una sensibilidad
dispersada” (Camus, 72).
Conclusión
El testimonio de los textos que hemos analizado
permite reconocer la existencia de estados de estados depresivos en hombres de
la antigüedad. Este tipo de situación no varió con la llegada del cristianismo
sino que fue tecnificada al concretizarla en el concepto de acedia y, con se nombre fue estudiada durante
los siglos de la patrística y de la Edad Media por autores espirituales y
teólogos que alcanzaron un alto grado de profundidad en su descripción y
tratamiento.
Lo que fundamentalmente distingue la acedia de la
tristeza es que no la motiva nada preciso, que <<el espíritu se turba sin
razón>>, como explica san Juan Casiano. Sin embargo el hecho de que no
tenga motivo no significa que no tenga causa. Requiere de un terreno favorable
para poder actuar. El hecho de estar apegado al placer y de estar dominado por
la tristeza constituye una forma cuya importancia subraya san Talasio: <<La
asedia es la negligencia del alma. Es negligente el alma que está enferma de
amor al placer>>. En cuanto a san Macario, incrimina a la falta de fe; y
san Isaac observa que, en el hombre espiritual, <<la acedia proviene de
la distracción de la inteligencia>>.
La anterior descripción de las perturbaciones que
caracterizan a la acedia nos permite comprender que los padres la consideran
una enfermedad del alma. Sus numerosos efectos patológicos no hacen sino confirmar
esta forma de entenderla. El principal de estos efectos es un obscurecimiento generalizado
del alma: la acedia ciega la mente (
) y cubre las tinieblas del alma. El alma entonces se
vuelve incapaz de aprehender las verdades esenciales. <<El alma que ha
sido herida por este trastorno está realmente adormecida respecto a toda
contemplación de las virtudes y a toda visión de los sentidos espirituales>>,
constata san Juan Casiano. Su consecuencia más grave es que el hombre, por esta
pasión, se ve apartado del conocimiento de Dios.
Los Padres constatan además que la acedía, que constituye
un relajamiento del alma y un abandonarse del espíritu, engendra en el alma el
vacío, conduce al hombre a una tristeza generalizada, lo hace cobarde. Unida a
la tristeza, la acrecienta, entonces puede conducir fácilmente a la
desesperación. De ella pueden proceder pensamientos blasfemos e ideas locas
contra el Creador. Tiene además como otras consecuencias notables el destruir
la compunción y volver irritable. De ella también –dice san Isaac-
<<provienen el espíritu de extravío, que es la fuente de mil
tentaciones>>.
A diferencia de las otras pasiones principales, la
acedia no engendra ninguna pasión particular, porque las produce todas. Afirma Evangrio:
<<Al pensamiento de la acedia no lo sigue ningún otro pensamiento,
primero porque dura, luego porque contiene en él todos los
pensamientos>>. San Barsanufio enseña más en general que <<el
espíritu de la acedia engendra todos los males>>.
Por eso, ante la amplitud de estos efectos, los Padres
afirman que la acedia es la más pesada, la más agobiante de todas las pasiones,
<<que no hay pasión peor que ella>>. San Isaac dice que hace al
alma <<saborear el infierno>>.
El concepto de acedia
durante la modernidad, pierde su especificidad, convirtiéndola en melancolía y desapareciendo como tal
incluso del vocabulario usual y técnico de las principales lenguas
occidentales, tal como lo demuestran las obras científicas y literarias de esa
época.
En efecto, se trata de determinar sí, efectivamente,
puede asimilarse sin más la acedia cristiana a la melancolía de la modernidad y
a la depresión contemporánea. No se trata de un asunto sencillo y su exposición
exigiría un desarrollo. Sin embargo, y brevemente, considero que la acedia
comparte con la depresión numerosos síntomas e, incluso, algunas causas. Por eso
mismo, es posible encontrar terapias que pueden resultar efectivas para ambos
fenómenos. No obstante, estimo que no es posible identificar ambas situaciones:
un monje acedioso no era un depresivo, y un depresivo no es una persona acedia.
Es decir, así como no se podría incluir a la acedia dentro de la nosología, así
tampoco se podría incluir a la depresión en los tratados místicos o ascéticos.
Esto no impide que la investigación de las semejanzas
de ambas situaciones y de las soluciones aportadas en la antigüedad para
tratarlas, pueda significar un aporte valioso para la reflexión contemporánea
sobre las terapias de los estados depresivos.
Bibliografía:
Acedia y depresión. Rubén Peretó Rivas
TERAPÉUTICA de las ENFERMEDADES ESPIRITUALES. Jean Claude
Larchet.