La Firma
No tenía aún la edad para saber
leer ni escribir. Tan pronto como pude me subía al mostrador de la tienda o a
la mesa del comedor, para con admiración
poder ver; después de sacar del bolsillo de la
camisa, desenroscar el aureo casquillo de su pluma fuente Parker 51,
hacer girar la punta ciento ochenta grados ponerlo en el otro estremo, y sin
arrimarse ninguna silla, con una elegancia connatural, inclinar el cuerpo sobre
su costado izquierdo, recargarse en el antebrazo del mismo lado, para con toda
libertad y relajamiento, la mano derecha pudiera, después de arrugar
ligeramente la frente, esbozar su firma;
una caligrafía ilegible de trazos oblicuos, que hoy fácilmente llamarían
posmodernista.
En las paredes, la arena o sobre cualquier superficie me
ponía a practicar, sin olvidar posturas
y gestos; mi pluma fuente era una vara, un palito de paleta o una rajuela de
cantera. Así en íntimo secreto me la pasé años, mas del doble de los que al
iniciar tenía, imitando y ensayando. Tan pronto como en la escuela me enseñaron
a coger el lapiz, y mientras la monjita nos daba la clase de historia sagrada o
geografía; cuidando no me descubriera la maestra o me sorprendiera algún
compañero, yo me gastaba cuadernos
completos en grafía tan extraña, mismos que rompía y furtivamente tiraba, para
luego darlos por perdidos.
Solamente de vista podía, mientras mi Papá firmaba algún
cheque o cualquier otro documento; de memoria aquilatar que tan igual hacía la
firma. Cajones, roperos y comodas
esculcaba tratando de encontrar algun papel que la tuviera estampada; pero todo
era inútil. Pensando y repensando como pudiera hacerle… Cuando después de
comer, se disponía a recostarse a leer, me armé de valor y antes que tomara el periódico, como los buenos toreros
decididamente lo enfrenté al natural: con un pedazo de papel de estraza en la
mano izquierda le hablé a la cara: -!Hazme aquí tu firma!-;
quitándose con el brazo el papel de enfrente, como toro derrotando la muleta,
me contestó: -¡No!, porque alguien la puede falsificar, y es muy
peligroso-.
Aunque sin poder
certificar, con lapiz me sentía diestro, pero ahora quería pasar a otro nivel.
Algunas veces la había solamente por momentos tenido en mis manos; cuando entre firma y firma, algunas veces, para
platicar o aclarar algún asunto, la hacía descansar dejándola por momentos al
lado de los documentos por firmar, oportunidad que no dejaba pasar para
disimuladamente tomar la pluma y aunque no la firma poder hacer solamente uno o
dos garabatos, Sin decir nada; no por tener tacto conmigo, sino con la Parker
51 de punto fino,… delicadamente me la quitaba.
En el colegio nos
habían impuesto la nueva norma: que teníamos que regresar las calificiones firmadas por el Papá, por
que las mamás según el Padre Director, eran
unas alcahuetas. Al momento de tener en mis manos la libreta de
calificaciones, mi mente se iluminó; ésta era la oportunidad que el cielo me
había mandado: con la firma ya plasmada en la libreta tendría una de mis
oportuniades tanto esperada; poder tener
la firma original para confrontarla con
la mía. La libreta nos la habían entregado el viernes al salir de la escuela y
si llegando a la casa me la firmaba mi Papá, tendría todo el fin de semana para
poder practicar comparándola con la firma original. Mi entusiasmo se fue al
suelo cuado al abrir el cuaderno mi promedio ligermente pasaba el siete. Con el
desánimo, la cabeza se me lleno de pensamietos frustrantes:-Si yo tuviera una pluma fuente y
entrenamiento con ella, que fácil resolvería mi
situación-. Vueltas y vueltas le daba en mi cabeza al asunto y no
tenía más remedio que darle el cuaderno a que lo firmara mi Papá. Como era su
costumbre, inclinado en la mesa sobre su costado izquierdo, concentrado firmaba mi papá varios documentos. Ojalá me firme y no se fije, pensé. Tapándole con
la palma de la mano las calificaciones, con voz temblorosa le dije… -fírmame para la escuela-; iba a hacerlo,
cuando, al percatar lo que era, tomó el cuaderno con sus dos manos, se comenzó
a erguir cuan largo estaba llevándose el cuaderno hacia las alturas, dejándome totalmente
desarmado, solamente con los brazos al cielo y con las calificaciones al
descubierto. Con el cuaderno de frente, moviendo la cabeza de izquierda a derecha,
y de derecha a izquierda, Viéndole desde mi perspectiva cada vez más gigante,
pensé que con el mismo cuaderno con un manotazo me iba a aplastar. Sin decir
nada, ni dejar de ver el cuaderno manteniéndolo con la mano izquierda, con la
derecha se arrimó una silla para hacerse sentar en ella, para luego atrerme por
la cintura rodeándome con su antebrazo.-De
hoy en adelante, no voy a dormir la siesta y te voy a ayudar a hacer la tarea-.
Me firmó la libreta de calificaciones. –Vas
a ver que a la otra te vá a ir mejor-. La dobló y me la dió.
Pasado el susto… Me la pasé abriendo el
cuaderno y viendo la firma. Tomé un papel y con un lapiz me puse a hacerla para
cotejarla; ni yo me lo creía, ¡era igualita!, con la única diferencia que una era con tinta y la mía con lapiz.
Como notas
musicales caídas de la regadera, tranquilamente de mi siesta el sonido me fue
despertando; la ducha común se
encontraba aledaña a mi cama, donde mi papá tomaba el baño; frente a mi vista,
la muda de ropa limpia recién planchada,
pacientemente esperaba en una
silla: sobre el respaldo a la mitad doblado el pantalón y encima de el
arropándolo la camisa; en el asiento de
la silla: un apocado manojo abierto
de billetes, unas cuantas monedas y un
pequeño brillo, reflejo del sol que se inmiscuía por la ventana para chocar en
el casquillo dorado de… la pluma fuente. Con sobresalto me incorporé y al
levantarme, encandilado estiré las manos para seguir el curso del brillo, al
tocar la pluma, comprobé lo que parecía un espejismo. La tomé en mis manos, con
precaución destornillé la tapa, y cual
dorado yelmo se la atavié en el otro extremo. Mis inmaduros dedos no alcanzaban
a sostenerla con comodidad, sentí me quedaba grande, con cuidado la apreté un
poco, y con firmeza comensé a trazar la firma
en el vacío, a mi derecha y a mi izquierda, al frente, atrás; mirando al
cielo y al infierno. De mi delirio me hizo volver en sí el ruido del cerrojo de
la puerta, anunciándome que salía del baño mi papá; rápidamente atornillé su
tapa y volví a dejarla en el asiento de
la silla; haciéndole campo, la aparté de las monedas sueltas y el manojo
de billetes.
Aunque ya
dominaba el diseño de la firma a la perfección, mi afición seguía, viendo
firmar a mi papá, observando con atención
cada uno de sus trazos y siguiendo con mi vista cada una de sus lineas, hasta rematar sobre
ella con dos puntos. De pronto capté que
la firma sufría ciertas mutaciones que iban de acuerdo al estado emocional en
que en al momento de firmar se encontraba: cuando su rostro esbozaba una
sonrisa, la firma era corrida y sin ningún parpadeo. Si sus líneas eran sobre
rayadas o mi papá había apretando los labios y arrugando de más la frente, algun desánimo tenía en su corazón;
en cambio, si a medio dia firmaba con rapidez y hablaba únicamente lo necesario
con saliba de más en la boca, era que el apetito lo estaba apresurando. Así, en
la firma, le intuía todo tipo de emociones y sentimientos.
Inusitadamente,
mi papá se encontraba sentado firmando, no comprendí, era demasiado activo como
para estar en esa posición; pero más que firmaba… fumaba.
Entre la nube de humo vi los
trazos de su firma se inclinaban cada vez más, como no aguantando la carga de
un peso que llevaba encima; era tanta la deformación, que tendía a formar una
linea horizontal.
Hasta el momento
sin darse cuenta de mi presencia, le dije: -¡papá, yo se hacer tu firma!-; tomé la pluma de su mano y en un papel en blanco le presenté la prueba… luego,
abriéndome paso, hacia atrás recorrió su
silla; para entre sus rodillas dejarme firmar: documentos que no entendía y
cheques que llenaba con cifras tan grandes que no sabía leer.., atrás de mi
oreja derecha sentí lo profundo de su aliento, y en mi espalda lo fuerte de su corazón latir.
Elías Limón González.