viernes, 29 de junio de 2012


La Firma



            No tenía aún la edad para saber leer ni escribir. Tan pronto como pude me subía al mostrador de la tienda o a la mesa del comedor,  para con admiración poder ver; después de sacar del bolsillo de la  camisa, desenroscar el aureo casquillo de su pluma fuente Parker 51, hacer girar la punta ciento ochenta grados ponerlo en el otro estremo, y sin arrimarse ninguna silla, con una elegancia connatural, inclinar el cuerpo sobre su costado izquierdo, recargarse en el antebrazo del mismo lado, para con toda libertad y relajamiento, la mano derecha pudiera, después de arrugar ligeramente la frente, esbozar su firma; una caligrafía ilegible de trazos oblicuos, que hoy fácilmente llamarían posmodernista.
 
          En las paredes, la arena o sobre cualquier superficie me ponía a practicar, sin olvidar  posturas y gestos; mi pluma fuente era una vara, un palito de paleta o una rajuela de cantera. Así en íntimo secreto me la pasé años, mas del doble de los que al iniciar tenía, imitando y ensayando. Tan pronto como en la escuela me enseñaron a coger el lapiz, y mientras la monjita nos daba la clase de historia sagrada o geografía; cuidando no me descubriera la maestra o me sorprendiera algún compañero, yo me gastaba  cuadernos completos en grafía tan extraña, mismos que rompía y furtivamente tiraba, para luego darlos por perdidos.

          Solamente de vista podía, mientras mi Papá firmaba algún cheque o cualquier otro documento; de memoria aquilatar que tan igual hacía la firma. Cajones, roperos y comodas esculcaba tratando de encontrar algun papel que la tuviera estampada; pero todo era inútil. Pensando y repensando como pudiera hacerle… Cuando después de comer, se disponía a recostarse a leer, me armé de valor  y antes que tomara  el periódico, como los buenos toreros decididamente lo enfrenté al natural: con un pedazo de papel de estraza en la mano  izquierda le  hablé a la cara: -!Hazme aquí tu firma!-; quitándose con el brazo el papel de enfrente, como toro derrotando la muleta, me contestó: -¡No!, porque alguien la puede falsificar, y es muy peligroso-.

Aunque sin poder certificar, con lapiz me sentía diestro, pero ahora quería pasar a otro nivel. Algunas veces la había solamente por momentos tenido en mis manos; cuando  entre firma y firma, algunas veces, para platicar o aclarar algún asunto, la hacía descansar dejándola por momentos al lado de los documentos por firmar, oportunidad que no dejaba pasar para disimuladamente tomar la pluma y aunque no la firma poder hacer solamente uno o dos garabatos, Sin decir nada; no por tener tacto conmigo, sino con la Parker 51 de punto fino,… delicadamente me la quitaba.

En el colegio nos habían impuesto la nueva norma: que teníamos que regresar  las calificiones firmadas por el Papá, por que las mamás según el Padre Director, eran unas alcahuetas. Al momento de tener en mis manos la libreta de calificaciones, mi mente se iluminó; ésta era la oportunidad que el cielo me había mandado: con la firma ya plasmada en la libreta tendría una de mis oportuniades tanto esperada;  poder tener la firma original para  confrontarla con la mía. La libreta nos la habían entregado el viernes al salir de la escuela y si llegando a la casa me la firmaba mi Papá, tendría todo el fin de semana para poder practicar comparándola con la firma original. Mi entusiasmo se fue al suelo cuado al abrir el cuaderno mi promedio ligermente pasaba el siete. Con el desánimo, la cabeza se me lleno de pensamietos frustrantes:-Si yo tuviera una pluma fuente y entrenamiento con ella, que fácil resolvería mi  situación-. Vueltas y vueltas le daba en mi cabeza al asunto y no tenía más remedio que darle el cuaderno a que lo firmara mi Papá. Como era su costumbre, inclinado en la mesa sobre su costado izquierdo, concentrado  firmaba mi papá varios documentos. Ojalá  me firme y no se fije, pensé. Tapándole con la palma de la mano las calificaciones, con voz temblorosa le dije… -fírmame para la escuela-; iba a hacerlo, cuando, al percatar lo que era, tomó el cuaderno con sus dos manos, se comenzó a erguir cuan largo estaba llevándose el cuaderno hacia las alturas, dejándome totalmente desarmado, solamente con los brazos al cielo y con las calificaciones al descubierto. Con el cuaderno de frente, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda, Viéndole desde mi perspectiva cada vez más gigante, pensé que con el mismo cuaderno con un manotazo me iba a aplastar. Sin decir nada, ni dejar de ver el cuaderno manteniéndolo con la mano izquierda, con la derecha se arrimó una silla para hacerse sentar en ella, para luego atrerme por la cintura rodeándome con su antebrazo.-De hoy en adelante, no voy a dormir la siesta y te voy a ayudar a hacer la tarea-. Me firmó la libreta de calificaciones. –Vas a ver que a la otra te vá a ir mejor-. La dobló y me la dió.

 Pasado el susto… Me la pasé abriendo el cuaderno y viendo la firma. Tomé un papel y con un lapiz me puse a hacerla para cotejarla; ni yo me lo creía, ¡era igualita!, con la única diferencia  que una era con tinta y la mía  con lapiz.

Como notas musicales caídas de la regadera, tranquilamente de mi siesta el sonido me fue despertando; la ducha  común se encontraba aledaña a mi cama, donde mi papá tomaba el baño; frente a mi vista, la muda de ropa limpia recién planchada,  pacientemente esperaba en una  silla: sobre el respaldo a la mitad doblado el pantalón y encima de el arropándolo  la camisa; en el asiento de la silla: un apocado  manojo abierto de  billetes, unas cuantas monedas y un pequeño brillo, reflejo del sol que se inmiscuía por la ventana para chocar en el casquillo dorado de… la pluma fuente. Con sobresalto me incorporé y al levantarme, encandilado estiré las manos para seguir el curso del brillo, al tocar la pluma, comprobé lo que parecía un espejismo. La tomé en mis manos, con precaución  destornillé la tapa, y cual dorado yelmo se la atavié en el otro extremo. Mis inmaduros dedos no alcanzaban a sostenerla con comodidad, sentí me quedaba grande, con cuidado la apreté un poco, y con firmeza comensé a trazar la firma  en el vacío, a mi derecha y a mi izquierda, al frente, atrás; mirando al cielo y al infierno. De mi delirio me hizo volver en sí el ruido del cerrojo de la puerta, anunciándome que salía del baño mi papá; rápidamente atornillé su tapa y volví a dejarla en el asiento de  la silla; haciéndole campo, la aparté de las monedas sueltas y el manojo de billetes.

Aunque ya dominaba el diseño de la firma a la perfección, mi afición seguía, viendo firmar a mi papá, observando con atención  cada uno de sus trazos y siguiendo con mi vista  cada una de sus lineas, hasta rematar sobre ella con  dos puntos. De pronto capté que la firma sufría ciertas mutaciones que iban de acuerdo al estado emocional en que en al momento de firmar se encontraba: cuando su rostro esbozaba una sonrisa, la firma era corrida y sin ningún parpadeo. Si sus líneas eran sobre rayadas o mi papá había apretando los labios y arrugando de más la  frente, algun desánimo tenía en su corazón; en cambio, si a medio dia firmaba con rapidez y hablaba únicamente lo necesario con saliba de más en la boca, era que el apetito lo estaba apresurando. Así, en la firma, le intuía todo tipo de emociones y sentimientos.

Inusitadamente, mi papá se encontraba sentado firmando, no comprendí, era demasiado activo como para estar en esa posición; pero más que firmaba… fumaba.
Entre la nube de humo vi los trazos de su firma se inclinaban cada vez más, como no aguantando la carga de un peso que llevaba encima; era tanta la deformación, que tendía a formar una linea horizontal.

Hasta el momento sin darse cuenta de mi presencia, le dije: -¡papá, yo se hacer tu firma!-; tomé la  pluma de su mano y en un papel en blanco le presenté la prueba… luego, abriéndome  paso, hacia atrás recorrió su silla; para entre sus rodillas dejarme firmar: documentos que no entendía y cheques que llenaba con cifras tan grandes que no sabía leer.., atrás de mi oreja derecha sentí lo profundo de su aliento, y en mi espalda  lo fuerte de su corazón latir.


Elías Limón González.

                               


jueves, 21 de junio de 2012

VIOLENCIA

A José María
Tres balas
 con violencia
atravesaron
 hoy,
el rostro de mi hermano.

De niños,
jugando te me escapabas,
y con violencia
arrojé
una piedra a tu cabeza.

Ayer,
no fue la piedra;
hoy,
 no son las balas;
culpable, es la violencia.



Elías Limón G.




Un hermano a todo dar


     Ida tras vuelta, daba mi nieto Saír en la bicicleta a todo lo largo de la calle frente a la casa, y cada vez su hermano Kiev le decía: ¡Ahora yo! A pesar de los ruegos de Kiev, Saír se hacía el desentendido, pedaleándole con más ahínco.

     Tuve que entrar a auxiliarlo: ¡Saír, deja dar una vuelta a Kiev! le dije con entereza.

     Saír de inmediato se desmontó, para luego tomar la bicicleta Kiev.

    -¡Te felicito! Saír,- le dije-: ¡Eres muy buen hermano!

    -¡No!,- me contestó: - es que ya me cansé!



Elías Limón González.

Tres Alegres Hermanos


     Todo aquello lo habían convertido en un ambiente auténticamente medieval: los tres pequeños hermanos; Sahir, de cuatro, y de dos años los gemelos Dante y Kiev, comían de su cuenco avena cocinada con leche, como unos verdaderos vikingos. Al llegar, me di cuenta que Sahir, más que comer, se la pasaba intercambiándoles las cucharas haciendo un verdadero desbarajuste.

     -¡Carajos Cuasimodos!-, cariñosamente así les digo yo a mis nietos; -voy a ponerles un tapete para que no derramen la comida.

     -¡Yo no ero carajo!, me reclama Kiev, al punto que les ponía a cada uno, uvas pasas sobre su avena.

     -¡Yo no las quielo!, me dice Dante al probarlas.

     - ¡Esta bien!, le digo, yo me las como; al retirárselas de su porción, mi desparpajo hace que derrame un poco del alimento sobre la mesa.

     Intrépidamente me acusa Dante:

    -¡Tú lo tirates! !Tú eres carajo!



Elías Limón González.

Solidaridad por conveniencia


     Atendiendo la encomienda de mi hija, llevar a mis pequeñas nietas Nairobita y Kenia, a su clase de baile. Presurosamente partimos hacia nuestro objetivo; cual fue la sorpresa que, la maestra todavía no había llegado y el salón estaba cerrado; tuve que buscar estacionamiento, para acompañarlas mientras abrían.

     Y, mientras tanto, tuvimos la idea de comprar unos pastelitos, para después, en casa, saborearlos juntos. Decidí por mientras, llevarle uno a Saír, mi nieto; y aprovechar para visitar a los benjamines de la familia, los cuatitos más hermosos, Dante y Kiev.

     Como tenía que volver por Nairobita y Kenia, la visita fue de unos cuantos minutos; Saír decidió acompañarme.

    Ya en casa, llevamos los pasteles a la mesa, menos el de Saír, que ya se lo había devorado en su casa.

     Era una tarta de chocolate que dividí en dos, en su plato respectivo, para Nairobita y Kenia. Pero, como todo niño insaciable a los postres, a Saír se le antojó, queriendo comer del de Nairobita. Ella se rehusaba, sin que los llantos de Saír la conmovieran. Tuve que subsanar la diferencia, dándole del pastel de manzana que tenía para mí.

     Ya calmados los ánimos, intervine, corrigiendo a mi nieta mayor, mientras Kenia hasta ahora, solamente observaba: -¡Saír, es como tu hermanito más pequeño, no me gusta que seas egoísta, especialmente, con los más chiquitos!
     Inmediatamente, Kenia mi segunda nieta, la que hasta ahora había estado callada, como pensando en voz alta, finiquitó la corrección:

     -¡Y menos, con los medianos!

     Después de este ingenioso remate, todos jugaron en paz y… ¡colorín colorado, disfrutaré de mis nietos, mientras Dios no disponga, que mi vida ha terminado!

Elías Limón González.

En Clase de Teología

     Con gusto ayer, después de haber terminado apenas la introducción a la mística, advertía a mis alumnos la dificultad que conlleva su estudio, por salirse de todo parámetro a cualquier otro tema; les decía, que no había pasado con mis alumnos, pero suele ocurrir a algunas personas al estudiar a San Juan de la Cruz, les afecte tanto, que pueden llegar a tener verdaderas crisis existenciales.

     Todavía no terminaba, cuando una de mis alumnas (una señora, ya mayor) me arrebata la palabra:

     -¡Eso es lo que usted cree, porque nosotros no le decimos nada! Pero yo al salir de su clase, ya no tomo taxi; y es que me da mucha pena la preocupación de los demás pasajeros:

     -¿Qué le pasa señora?

     -¿Le ha ocurrido alguna desgracia?

     -¿Le podemos ayudar en algo?

     ¡Se le habrá muerto el marido! comenta otro.

     -¡No!, les digo yo

     -¿Entonces, cual es su motivo?

     Y yo, sin poder controlar mi llanto, les digo: -es que vengo de tomar clases de teología…

Es por eso que ahora, prefiero irme a mi casa caminado, haciendo hora y media de camino.



Elías Limón Gléz.

El Despertador

 



     El timbre del teléfono me sirvió de despertador:

     -¡Señor Limón, hicieron un boquete en el techo de la farmacia y la han saqueado!

     Al tiempo, me llegaron el desánimo y los pensamientos frustrantes. Aún tratando de sobreponerme no conseguía volver a mi estado de ánimo natural.

     Esto no fue mas que un puntazo, intentando animarme me decía a mi mismo, analogando el caso con una cornada.

     Por la tarde, no dejé de asistir a la universidad a mi clase de italiano. Me tocó hacer trabajo de equipo con un joven compañero que además de italiano estudia japonés y chino; él llega a las seis de la mañana y sale a las ocho de la noche. Terminando nuestro trabajo, yo empecé a meter el libro y el cuaderno en mi portafolio. Mientras tanto, él lo hacía en una bolsa de trapo que le servía de mochila, luego con parsimonia, extrajo de ella una bolsa de papel de estraza, del que con toda meticulosidad sacó la única rebanada de pan, cual si fuera un sacramento.



Elías Limón González.

LA MIRADA QUE ME SIGUE





     Sentado a la mesa, en santa paz, me encontraba reposando la comida, cuando de pronto... después de haberme visto a los ojos como soltando un disparo me dijo: Chuy mi hermano, el más chico... sé está divorciando, se ha de encontrar solo. Desde que se casó poco se comunica con la familia.

     Lo recuerdo de niño, cuando cortejando a su hermana perfectamente iluminados, parados bajo el dintel de la puerta de su casa; fui un perfecto blanco de su resortera, cuya piedra sofocándome fue a darme exacta en la boca del estómago...
     Después de haber recogido la mesa y dejándola lavando los trastes; me encaminé sin ningún propósito a la sala, con mi cerebro repitiendo como grabadora:

     -Chuy mi hermano, el más chico de la familia... se está divorciando, se ha de encontrar solo.

     -Mi hermano Chuy, el más chico, se está divorciando.

     -El más chico, mi hermano, se ha de encontrar solo.

    -Se está divorciando...

     -se ha de encontrar solo...

     -solo, solo...
     Al subir el escalón para entrar a la sala, me encuentro ante la pared con la vieja foto raída de adusta expresión y fija mirada. Ésta, hace a mi cerebro, aunque cambiado un poco, las últimas frases, seguir repitiendo... mi hijo Chuy, el más pequeño, está solo... solo... solo.
     No hice caso... me di media vuelta como diciendo: ¿y a mi qué?

     Esa noche no pude dormir... pensé: ¡es mi insomnio!

     Por la mañana con cierta rapidez y sin voltear a ver la foto, salí de mi recámara. En todo el día no me volví a acordar, no dejando de sentir cierta inexplicable incomodidad. –Por que no he dormido bien- me contestaba sin preguntarme.
     Al día siguiente dormí como un justo o un inconsciente; no dejando de sentir al estar en la sala, un imán, de una mirada que te invita a voltear; fuerza que de pronto desapareció y que también extrañé, porque ya me había acostumbrado.
    Ahora... la tranquilidad me incomodaba.
     Sin mucho cavilar, me fui directo frente a la foto; esperando oír repetir en mi cerebro las mismas frases iniciales, o al menos una señal en su mirada... pero nada; su rostro adusto y ahora inexpresivos ojos congelaban su mirada al infinito.
     ¡Esta bien!, me dije; y dándome la media vuelta tomé la decisión. Busqué la agenda; y encontrando el número le llamé a Chuy por teléfono...

     Hoy me comunican que ha estado conviviendo en familia y con la esperanza de salir adelante.
     Ahora cuando paso a través de la sala, ya no volteo a la foto... pero siento la mirada que me sigue.



ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ





lunes, 18 de junio de 2012

Un valioso regalo



     Venían mis nietecitas del mercado con su “mamá Celina” e inmediatamente que me vieron, se abrazaron de la bolsa de papel de estraza, donde traían sus donas de pan dulce; bien saben que si me las dejan a alcance, me las como todas, es mi forma de comunicación, haciéndoles bromas pesadas.


     Con la frustración de no haber podido hacerles la jugarreta, me retiré a ver la televisión; al rato llegó Celina, después de haberlas dejado en la cama con la habitación en penumbra. Luego de sentarse en el sofá me dice, ve, persígnalas y con mucha meticulosidad dales un beso.


     Al llegar, ya estaban las dos durmiéndose con las espaldas juntas; sin seguir la partitura, me acerco, las persigno, las beso y, las abrazo fuertemente. Luego descubro una dona mordisqueada que posada en el buró me sonríe con su mordedura, y yo no hago más, que devolverle la sonrisa.


     Al ir saliendo de la recámara, me dice somnolienta Kenia, algo que no entiendo o no alcanzo a oír, -¿qué?-, pregunto. Y Nairobita, un poco más espabilada me contesta:


     -“Papá Elías”, dice Kenia que te regala su dona de chocolate-.

Elías Limón González.


Las dos abuelas




     Antes de salir a la farmacia, al borde de la mesa del tocador, mi nieto Saír permanecía callado, observaba el arreglo facial que su ‘mamá Celina’ se hacía frente al espejo, donde un bulbo de poco consumo eléctrico iluminaba la escena.


     Toda la jornada laboral acompañó a su “mamá Celina” en la farmacia, a la vez que intentando aprender el manejo de la registradora.


    De regreso a casa, ya con el sol a punto de dormirse, tal vez el cansancio donde el ambiente en penumbra les había hecho permanecer callados; al hacer alto el semáforo, Celina aprovechó el momento, bajando la aletilla para poder verse en el espejo y retocarse un poco; esta vez los ojos de Saír alumbraban el acto como brillantes candilejas.


     Apenas tocó el lápiz los labios, como un: << ¡corten! cinematográfico >>, la acción fue interrumpida por la negativa:


     -¡No me gusta el rosa,píntate los labios morados como mi otra abuela!; cerca de mi casa venden pintura morada, para que tengas la boca ¡tan bonita, como la de ella!






Elías Limón González.

Relato de primavera


     Una mañana de abril, estaba atareado frente a la computadora, de pronto y por sobre los sonidos del aparato tocadiscos, destacan desde la puerta, la música de unas vocecitas: ¡Papa Elías, papá Elías! trayendo en sus manitas Kenya y Nairobi Celina una bolsita con galletas, según me dijeron: “he-chas por ellas mis-mas”.


     -¿Todas son para mí? les pregunté.


      -¡No!-, me contesto Nairobita; -una es para ti, la otra para Mamá Celina, otra para Elías, y ésta otra para Flor (la sirvienta)-; al momento mi pequeña nieta se sentaba a mi lado donde estaba trascribiendo… Después de cavilar un poco, me intercepta con su pregunta:


     -¿Qué estas haciendo Papá Elías? –


     -Estoy escribiendo-, le contesté.


     - ¿Y qué es lo que escribes?-


     -Mira-, le dije: -éste libro gruesote ya lo leí, y subrayé lo más importante, y eso es lo que ahora estoy escribiendo para después releer y entenderlo mejor-.


     -¡Ah!-, fue la expresión con que me interpeló.


     - “¿Qué pensaste?”-, le dije bromeando, -¿que estaba escribiéndole una carta a una novia para conseguirte otra Mamá Celina?- Rápidamente me terminó diciendo:


     - ¡Sí, eso creí, pero no!










Elías Limón González.

OJOS DE LLUVIA

OJOS DE LLUVIA



     Viajando en autobús despierto de un sueño. Es de noche y por la ventanilla miro la penumbra a través del vidrio. Pasan siluetas de árboles, cactus, y montañas. Agoniza el mes de octubre, sólo el cielo está iluminado por la luna.

     Empiezo a recordar, cuando al despedirme de mi hija Africa en la Estación ya para abordar el autobús, volteé a su cara; sus ojos empezaron a brillar más intensamente. Le acaricié su pelo, tocándole la frente, deslizando la mano sobre su cara sentí una sensación particular; mis dedos se habían mojado a causa de la humedad de sus pestañas.

     Nos la habíamos pasado como dicen los jóvenes, a todo dar; degustando platillos y saboreando postres.

     Cuando partía de Tijuana a Monterrey todo iba aparentemente mal; salí con demora de cuatro horas... pero al fin llegué.

     Aunque los detalles son muchos, imposible transcribir la plenitud de cada momento; no son los hechos ni las palabras, sino miradas, detalles, acciones.

     En este momento interrumpe mi escritura el ronronear del autobús. Por la ventanilla vuelvo a mirar la penumbra; de pronto descubro dos estrellas juntas como dos ojos que me ven, y cada vez cintilan con más luminosidad. El vidrio se ha opacado por la humedad del ambiente y la respiración de los pasajeros, paso por la superficie a la altura de las estrellas el reverso de mi mano; siento una sensación como de una frente fría y los nudillos de mi mano se humedecen, tal como si hubiesen pasado sobre dos ojos cubiertos de lágrimas.




Elías Limón González.


El colibrí


(Cuento para mis nietos)


     Un día “mamá Celina” estaba muy temprano regando los arbolitos, mientras, extasiada en los colores del arco iris que se formaba con las gotas del agua y los rayos del sol, de pronto volvió en sí, al escuchar la voz de un colibrí; que suspendido en el aire, acercaba el pico a la altura de sus labios, como si fuera a libar el néctar de la más bella de las flores. La invitó a dar un paseo maravilloso por un campo estrellado en flores y por un cielo con nubes de algodón.

     -“¿Pero, cómo, si yo no sé volar?”- replicó “mamá Celina”

     El colibrí la instruyó: -“Si comes del néctar de la flor de tu naranjo, te harás de mi tamaño, y de esa forma te podrás montar sobre mí, para llevarte a dar el viaje más grande de tu vida”.

     En ese momento soltó la manguera, y acercando sus labios a los blancos pétalos de la flor; apenas bebió de entre sus pistilos una pequeña gota de miel, al instante quedó convertida al tamaño del colibrí.

     Luego el colibrí, descendiendo hasta el piso, donde chiquita allá se encontraba “Mamá Celina”, para hacerla montar sobre él, y emprender un largo y maravilloso viaje, por campos estrellados en flores, y cielos con nubes de algodón.

  El cuento es muy largo, no termina aquí… sólo sé que “mamá Celina” y el colibrí, llevan cuarenta  años viajando, por campos estrellados con flores, y cielos con nubes de algodón.

     Colorín colorado, este cuento aquí no se ha acabado, porque el viaje, no ha terminado.



Elías Limón González








martes, 12 de junio de 2012

El Loco




Con afecto, a Víctor Limón Limón





“El molino ya no está, pero el viento sigue todavía”;



Vicent Van Gogh a su hermano Theo.





     Lo primero que al llegar hice, fue ir saludando a todos… esperando que entre los que iba viendo, me saliera al paso para estrechar su mano, ¡que mano, ni que ocho cuartos! lo hubiera exprimido a abrazos y comido a besos; pero no, al terminar el semicírculo que sentados alrededor formaban, mi vista se topó de pronto con el ataúd, ensimismado caminé los cinco pasos que para llegar a él me faltaban. Las miradas que en mi se clavaban, juzgaban me acercaba en cada uno de ellos a la muerte.

     Ni modo de discutir, todas las apariencias estaban en mi contra. Hasta que llegué al féretro acabé de convencerme; a pesar del reflejo del rayo de luz sobre el vidrio, pude ver su posición bocarriba, la papada estirada y su boca ligeramente abierta; solamente faltaba oírlo roncar, su sueño era profundo y de completa tranquilidad. ¿Muerto? ¡Ja! Si antes lo creyeron loco, ahora lo hacen muerto. ¡Cómo se estará festejando sus propias humoradas! - A los ricos cuando se mueren los valúan como a los puercos; nomás les están calculando cuánto van a realizar de carne, y qué tanto de manteca-.

     Y cómo iban a comprender, a quien tenía ejércitos de trabajadores excavando pozos profundísimos, para sacar una tierra prieta, disque llaman manganeso. A quien había comprado un rancho de garruños y huizaches sobre puros tepetatales, invirtiendo dinerales llenándolo de represas; a imitación de Dios haciendo de su superficie, las tres cuartas partes de agua y la otra de tierra. Y menos concebible aún, cuando en vez de maíz, absurdamente lo sembraba completo de matas de chile de árbol, para después cosechar decenas de toneladas; ¿para qué, si en una casa, una ensarta de unos cuantos chiles abastecía el consumo de todo un año a una familia? Luego, para administrar una forrajera, le bastaba al leer el periódico, consultar cómo venían los temporales o habían salido las cosechas, para bien reservarse, o hacer las compras anticipadas a la carestía, en el bajío o el pacífico, aprovechando el alza del mercado con ganancias inimaginables. Cómo concebir que alguien que no tuvo más estudios que dos años de primaria, y dirigiera un taller de cantería, donde se elaboraban retablos de barrocos altares y catedrales completas, admiradas por su belleza y perfección, sin ser técnico o arquitecto; esto ni la familia, ni la sociedad, lo podían visualizar, y mucho me temo que por falta de visión aún les quede para rato. Pero eso es historia, lo que importa ahora no es deducir sus logros, sino, cuánto dejó en propiedades y en efectivo.

     -Lo que pasa es que, tienes envidia, como a ti no te dejó nada; nomás date una vuelta por sus ranchos y verás ¡qué planes! ¡Qué ciénagas! cuanto ganado se puede engordar haciéndolo praderas, sembrándolo de pastos artificiales; pero no, tu aquí únicamente viniste a hacer el ridículo; esos bancos de cantera, cuantos millones y millones valen, nada mas con vender la piedra en bruto, te pudieras de por vida dedicar a rascarte la barriga- Los pensamientos me llegaban solos.

     Sin motivo aparente comencé a sonreír… ¡Me dejó su ironía!, mi mente sola contestaba. Me enseño a carcajearme de la vida… ¿Te acuerdas Manolo, -le decía al viejo renegado patilludo y bigotón, de oficio tusador de mulas, letrado y ducho para la aritmética, mientras inventariaba en la vieja tienda, con las gafas montadas en su aguileña nariz- cuando en “la cristiada” saliste huyendo de Cuquío vestido de mujer, con vestido rojo y zapatillas de color rosa? Ja, ja, ja, retumbaban las carcajadas. Con un dejo de cariño con la mirada por encima de sus antiparras apretando la mandíbula y expulsando saliva por entre los dientes, lo increpaba el anciano tenedor de libros, haciendo a un lado el cuaderno contable: ¡Ya vas a comenzar a chingar! te aprovechas porque delante de ‘Don Vitor’ tu padre, no puedo malhablar como yo quisiera. Jalándole los alacranados bigotes, le decía, ¡no te enojes, Manolito!, ahorita ordeno que te traigan un buen vino, para que te espantes el polvo, ¡ja, ja, ja!; retirándose dejaba el eco de sus risotadas en los adobes de la añeja finca. –Lo aguanto nomás porque lo quiero mucho-, paladeando su bebida, se quedaba renegando el viejo.

     Quemándome la yema de los dedos, el frio del ataúd me volvió de mis recuerdos. Luego alguien, tomándome del brazo me acompaño a un asiento.

    …Ahora, sin poderlo advertir, con la vista perdida y de vez en cuando, como loco se me escapa la risa, provocada por mis pensamientos.



Elías Limón González.

lunes, 11 de junio de 2012

“UN SUEÑO”


(Cuento Charro)

Para Africa, mi hija.

(Con motivo de su partida para estudiar carrera)



     No recuerdo en que lienzo te despedías charreando como escaramuza. Lo cierto es que, no lejos, había una gran pista de carreras... y tu querías correr.

     Era una pista larga y difícil de unas seis u ochocientas varas. Exigían mucho para llegar a competir en ella: el peso adecuado, conocimiento y sobre todo mucha habilidad. Dada tu experiencia estas pruebas te las dieron por pasadas. Se requería un caballo especial, adecuado para ella, de buenos cascos e impecable conformación.

     Tan luego como terminaste con tu faena, arriscándote las crinolinas y fajándote las calzoneras, te pusiste a competir en serio; como toda una profesional en carrera parejera.

     Yo tenía mucho pendiente porque esto ya no era un juego, una diversión.

     En la escaramuza yo te podía aconsejar, revisar, asesorar y hasta había tiempo con un grito avisarte: ¡Distancia, Postura!... (¡Que momentos y emociones gocé y viví junto a ti!) ahora no, al sombrerazo habías arrancado y sólo te veía desde atrás; lo grave es que llovía, el terreno estaba fangoso. Temí te pasara algo, quizá te pudieras resbalar.

     Al momento no pensé más, salté la valla y brinqué a la pista: solamente alcancé ver que te atrasaste un poco, pero tu con gran impulso vareabas tu caballo.

     A pesar de la lluvia, del lodo y el viento, no te dejabas. A mi solo me alcanzaba el lodo que arrojaban los cascos con la fuerza de sus patas los caballos.

     Por lo anchura de sus ancas y la estructura de sus corvas, reconocí que ibas en “EL SUEÑO”, tu caballo. Eso me dio confianza. Ibas en el sueño, el sueño de tu vida.
Lo último que divisé es que ya ibas sola, a toda carrera, como dicen en el campo: ‘sin vara’.
Por la distancia, ya no te alcanzaba a ver. No resistí mas, angustiado, con fiebre y bañado en sudor desperté gritando:

¡AFRICAAAA! ¡AFRICAAAAAA!



Elías Limón González














LA RAYA

     He de haber tenido alrededor de seis años …cuando como todos los sábados después de desayunar mi Papá me mandaba con José Molina ”el panadero“, por el dinero para la raya; dinero que él debía del crédito que se le daba en “La Flor de Mayo”, de la harina, azúcar y manteca que consumía durante la semana, y que a su vez, después mi papá liquidaba en esta, con un cheque; mientras tanto nosotros lo aprovechábamos por la feria y la moneda fraccionaria, ya que en ese entonces no había Banco en Yahualica, y los bancos más cercanos estaban en Tepatitlán y creo que otro en Nochistlán o en Teocaltiche. En Yahualica únicamente había corresponsalía, y mi tía Goris era la encargada de cobrar las letras y pagarés que los clientes le adeudaban al banco, por lo que ella recibía una comisión.

     Ir por el dinero era el mandado que más me gustaba, me hacía sentir muy importante, pues en ese tiempo, a mi corta edad, y para cualquiera del pueblo, era muchísimo dinero; con el se rayaban alrededor de cien gentes, los del taller de cantera y las minas de manganeso. Por cierto, que de las empresas de mi papá, éstas son las que más cariño les tengo; digo les tengo, porque aunque ya no existan, tal parece que con el tiempo el cariño se me va haciendo más grande. El dinero lo recogía en un morral de ixtle teñido con franjas multicolores, dentro depositaba el dinero que me daban en paquetes envueltos en periódico. Luego me iba, iba a decir corriendo, ¡pero no!, ahora se que muy lento, tan lento y orgulloso como caminan los toreros. Lo que recorría de la panadería de con Molina a mi casa, era cuadra y media, o sea que unos ciento cincuenta metros; al llegar me decía mi papá: ¡cuenta el dinero!…,encomienda en la que no me sentía capaz y de inmediato comenzaba a sudar frío. El dinero lo sacaba del morral desenvolviendo los paquetes para colocarlos encima de mi cama y de ahí dizque ponerme a revisarlos; mientras mi Papá aprovechaba para recostarse en su recámara, y hasta tomarse una pequeña siesta. Siempre empezaba a revisar el paquete de billetes de mayor denominación, los de menor ni siquiera me interesaban, pues se me hacía que no estaban de mi categoría. Como hasta hoy, tenía una mente ¡tan distraída! … soñando sintiéndome un gran empresario, los sesenta se me confundían con los setenta y tantos; era el cuento de nunca acabar, seguía soñando hasta quedarme dormido; y me iba despertando cuando mi Papá estaba volviendo los paquetes al morral, habiendo sido por él recontados. Esperaba yo una reprimenda cuando se limitaba a decirme: ¡vámonos a la raya que se hace tarde!; como la raya era cada sábado yo no tenía clases. Rápido me espabilaba para seguir disfrutando, para mí el día más importante de la semana: el sábado. Primero por la mañana rayábamos las minas, porque una era de…iba a decir de nosotros, ¡pero no¡ era de mi Papá; lo único que entonces era mío era él; las otras dos, solamente las administraba. Las minas se ubicaban en un rancho llamando “Los Ocotes Encerados”, aunque ahora se que no está lejos, el camino era brecha y se ponía muy difícil especialmente en tiempo de aguas. Era común que el carro taxi se quedara atascado, así que había que conseguir ayuda de algún ranchero de por allí para que nos jalara el carro con su yunta de bueyes. Me recreaba ver la fortaleza con que jalaban uncidos al yugo el par de eunucos y la belleza de sus pintorescos colores que tiene el ganado criollo, a resultas de la cruza tan variada de razas y pintas. Regularmente nos atascábamos en el mismo tramo, a un costado de un lindero de cantera, donde descubrimos asomándonos al otro lado que había magueyes de pulque con el agua miel lista para extraerse; y mientras los bueyes eran impulsados para desatascar el carro, nosotros gustábamos de la mutilada penca, el zarco néctar que nuestros antepasados nos legaron.

     En la mina, el paisaje era un dibujo manchado al carbón, lleno de negros montículos de mineral de manganeso; donde tenía que ir siguiendo por detrás a mi Papá, porque cuando menos me esperaba, me podía caer en alguna vieja excavación abandonada, que comúnmente no tenían ningún señalamiento. En el trayecto a un pequeño cuarto de adobe con el enjarre descarapelado que servía como oficina, los mineros todos maquillados del negro mineral y cada quien con su cobriza lámpara de carburo pegada al casco o al cinto, se iban acercando. El primero era Porfirio, el encargado, para darle todo un informe de las las excavaciones, el desarrollo de las vetas, cual era su criterio y plan a seguir; a veces bajaban los dos a algún tiro metidos en un tonel bajados por el malacate. Recuerdo que Porfirio hablaba de ciertos ruidos que se oían en las entrañas de la tierra, y éstos le indicaban por donde excavar y que veta seguir. Mi Papá me dijo después, que él no creía en eso, pero Porfirio era un gran minero y confiaba en su intuición. Ya en la oficina, le llamaba a cada quien por su nombre, según la lista que con anticipación le habían entregado. Tal como llegaban recibían su paga y se retiraban pensativos, más que contando, como acariciando su dinero; me hacía y aún lo sigo pensando: que no había con que pagarles aquel particular y tan riesgoso trabajo. Unos cuantos pasos frente a la oficina se encontraba la forja, bajo un viejo y destartalado tejaban donde se afilaban y templaban las herramientas, y mientras en la oficina se rayaba en sana paz, ésta fue interrumpida por un alboroto que se originaba allá en la forja, hasta llegar a los mineros que estaban fuera y dentro del pequeño cuarto. En ese momento mi Papá, como adivinando lo que pasaba, soltó el manojo de billetes, saltando sobre la mesa y los que la rodeaban, empujando y abriéndose paso entre los que estaban en la entrada, para correr hacia donde dos mineros sostenían una riña encarnizada. Con los ojos de carbón encendido, tenía uno al otro sobre el yunque, tratando de hundirle un puñal en el pecho cuya punta hacía mover una cadenilla, haciendo oscilar una pequeña medalla sobre la piel brotando el sudor. Como algo inesperado para ellos, su pendencia fue interrumpida por mi Papá, arrebatándoles el puñal, como si fuera un pirulí que se disputaban dos mozalbetes. Ya separados los tres quedaron formando un triángulo; iluminaba en escena la blanquísima camisa que mi Papá vestía, encandilando la oscuridad de aquellos tiznados cuerpos. Con voz de trueno reprendió a los dos, yéndose ambos por rumbos opuestos. Sin hacer ningún comentario, se adentró en la oficina donde prevalecía un ambiente solemne. Siguió repartiendo a cada quien su salario, recibiéndolo cada uno, con la seriedad que se recibe un sacramento.


ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ


“MALETILLAS”








Me dicen que “se ha ido”; pero no les creo.






     Trayecto de la escuela, me dice mi hijo Elías…



     “Estaría bueno que hoy viernes que no me dejan tarea aprovecháramos para ir al lienzo, y después de montar, practicar contigo a los toros”.

     Efectivamente, a la una y quince llegué por él; ya me estaba esperando en la puerta de la escuela con su mochila en la espalda, y sigiloso se sube a la camioneta para dirigirnos a casa, comer e inmediatamente hacer lo que teníamos planeado.

     Pero no fue así, después de rápidamente comer; varias llamadas de teléfono hicieron que demoráramos nuestra salida. Así que fuimos llegando al lienzo charro ya metiéndose el sol.

     Pa’ pronto nos pusimos a ensillar los caballos (el Profeta y la Monja). Elías montó el Profeta y yo mientras, trabajaba la Monja a pié; para después intercambiarnos los caballos. Estuvimos montando aproximadamente cuarenta y cinco minutos, pues estaban algo “ovachones” y no era recomendable abusar de ellos por más tiempo.

     Nos apeamos, les aflojamos las monturas, nos regresamos caminando cabresteando los caballos y desensillándolos; luego poniéndolos en el paseador para que se enfriaran, mientras nosotros practicábamos a los toros.

     Sacamos los trastos de la camioneta, nos colgamos sus bolsas en la espalda, para irnos al ruedo por el contra-lienzo, por debajo de los árboles aspirando el aroma de los pirules.

     Ya para entonces, una brumosa noche reinaba el ambiente, y la claridad del cielo nos permitía entre la bruma cierta visibilidad.

     Elías tomó el capote y yo la muleta, mientras él lo extendía, yo me ocupaba de armar la muleta con el palillo y el estoque; entonces convenimos en que primero uno la hacía de apoderado y otro de torero, para luego intercambiarnos de oficio.

     Creí que el turno lo íbamos a echar a la suerte, pero como a quien ya le hubieran asignado su puesto, Elías dio la primera orden…

     “!Primero el apoderado soy yo, y tu el torero!”.

    No quise replicar, pensé que para ambos era aprender desde otro punto de vista.

     Me dirigí a ‘los medios’ con la intención de dar mi primer capotazo, cuando mi imponente apoderado dio la orden: “!A empezar desde partir plaza!”; y como tenía razón no me quedó otra, que obedecer .

    Yendo hacia la supuesta puerta de cuadrillas…, más bien dicho, al final entre lienzo y contra-lienzo, puesto que no estábamos en una plaza de toros, sino en un lienzo charro; repasé en mi mente las opciones que tenía como partir plaza. Recordé en mi mente el estilo de un Lorenzo Garza, Luis Procuna, Alfredo Leal. “Cualquiera de ellos”, como me dijo mi amigo el juez de plaza: “con su sola presencia en la puerta de cuadrillas, ya le habían ganado el primer tirón a sus alternantes”, por una sola razón: parecían toreros…; claro que más adelante no sólo parecían, lo demostraban. A mis cavilaciones parecía acompañarla la música del paso doble que más me gusta, y me pone la carne de gallina: "En e'r mundo".

    Ya delante la Puerta de Cuadrillas se hizo un silencio sumamente respetable…; me eché la capa al hombro abrazándome la cintura, me persigné, e hice la cruz con la punta del pie en la arena. De estos momentos en adelante, ya nada fue pensado, todo eran inconscientes reflejos condicionados. Saludé a mis alternantes y empezamos a partir plaza; traté de no quedarme atrás, pues mi ‘tranco’ es corto y el paso es precisamente doble. Sentía la mirada de cada uno del público, sus comentarios, admiración o antipatía, pero eso, pensé entre mí: “me importa, pero relativamente, yo voy a torear para mí, y ojalá y pueda mi arte motivar a la mayoría”.

     Mí apoderado para esto, estaba muy al pendiente de que mi mozo de estoques, estuviera listo con todo lo que pudiera requerir en un determinado momento: recoger capote de paseo, capote de brega, muleta, estoque, agua, etc. En este caso el mozo de estoques no era imaginario, pues ése papel también lo desempeñaba mi mismo apoderado: un verdadero profesional.

      Saludé a la autoridad, cambié el capote de paseo por el de torear, di unos cuantos lances, me fui a mi barrera, y mientras el juez ordenaba el toque de salida, inclinaba mi cabeza para rezar una oración y encomendarme a San Francisco cubriéndome el rostro con el capote y poder penetrar en lo profundo de mi alma, en este momento llamado de la verdad. Como despertándome de un sueño, el toque del clarín, me hizo levantar la cabeza. Ya habían abierto la puerta de toriles y el caporal esperaba solícito tras la puerta de toriles para prenderle la divisa.

     Los instantes eran eternos, y la oscuridad del callejón de salida no despejaba ninguna incógnita. No sé que me distrajo, pero cuando menos acordé el toro estábame bufando sobre la barrera, no dándome ninguna oportunidad de observación de sus características, ni de salida. En eso, afortunadamente, lo llama mi peón del lado derecho, dándome la oportunidad de salir de mi escondrijo, el toro era avanto y en su carrera con un bufido siguiendo su curso derrotó al capote, yendo a rematar en tablas al otro extremo del ruedo, quedando ligeramente atolondrado; momento en que yo aproveché para salir al tercio, plantarme, citarlo, esperar la envestida, darle el viaje, dejar caer las manos, y despatarrado en la verónica, cargar la suerte; darle la suficiente salida, para dando el paso pa'lante, repetir dos lances más, para rematar con una ampona revolera.

     Consciente estaba de que Elías y yo estábamos solos y el demás público era imaginario, y mucho me hubiera agradado que estuvieran realmente mi esposa y mis hijas: Celina, Africa y Nairobi; pero en ese momento tuve la impresión de que alguien más en el tendido nos observaba, no sabía quién, pero sí que su presencia me era muy familiar; a través que pasaba el tiempo y transcurría la lidia, su presencia la sentía más intensa, dándome una seguridad y una confianza inusitada.

     Los picadores y banderilleros cumplieron como bien pudieron su cometido, habiendo sido según el caso, felicitados o corregidos por mi apoderado.

    Cogí la muleta, pedí permiso a la autoridad, y deseé brindar el toro a quien sentía su presencia; volteé mi vista al tendido, y la bruma impedía ver más allá de las primeras gradas, sentí que me veía, pero yo no veía a nadie.

     Cité al toro y dándole tres pases de tanteo, noté en él un comportamiento raro, a cada pase iba desarrollando un sentido que no se podía repetir el mismo pase porque luego amenazaba con la cornada, y a cada paso me iba ganando terreno. No tuve otra opción que buscar la igualada para tirarme a matar.

    Lo despaché de media estocada, habiendo rendido después de un tiempo por haberse ‘amorcillado’. Di las gracias a la autoridad, me fui al pasillo para dar por terminado mi cometido y darle los trastos a Elías y poder cambiar de oficios. Ahora él era el torero y yo el apoderado.

    Mientras tanto los caballos, el Profeta y la Monja daban vueltas en el paseador eléctrico, simulando un carrusel, pero real, con caballos de carne y hueso, como si imitaran a los caballos de madera, pero con la alegría y coquetería que en aquel caso llevan las parejas que en el carrusel se van cortejando.

    Nosotros acá escuchábamos el intercambio de relinchos.

     Para esto, Elías ya estaba puesto para partir plaza, se notaba que sabía su oficio, solamente me limité a indicarle ciertos nimios matices; y con mucho estilo se puso a partir plaza. Hizo lo debido: saludó a la autoridad, tomó su capote, lo recogió un poco con los dedos, para regularlo a su tamaño; se puso a sopesar el capote dando unos ligeros lances para calcular ‘el temple’; se fue a su barrera a esperar su toro con toda tranquilidad e inconsciencia que sólo puede tener un niño, como en este caso, sólo tiene doce años.

    No sé como imaginaría su toro, pienso que difícil, porque sus lances se veían sumamente calculados: llevando a su toro con capotazos de brega y tanteo muy abiertos, dirigiéndolo hacia ‘los medios’; ya en el centro del ruedo me limité a indicarle: “!hasta allí Elías, no más, porque se te aquerencia por la entrada!”, y en pleno centro de ruedo citando de largo a su toro, esperando la envestida, con la quietud de quien está clavado al piso, sin atrasar ni adelantar el viaje, dejó caer las manos, para darle con temple en lance tras lance, un recorrido con la lentitud de quien arrulla un bebé en su cuna. Rematando con una media verónica, hecha con mucha gracia y alegría.

   “Por hoy es suficiente”, juzgué como apoderado: “no te me vayas a engolosinar“; y el engolosinado era yo. “!Lástima, que no haya alguien más!” pensé, “porque nadie me lo va a creer, van a pensar que estoy exagerando”.

     Pero sí había alguien más, volví a sentir su presencia... De pronto con el fresco de la noche me llegó una fragancia a loción de azahar de naranja, volteé al tendido, y me dio la impresión de que la bruma era el humo de quien fumaba un cigarro “de carita” que ocultaba la frente arrugada de un rostro, con la expresión más taurina que yo haya conocido.

    ¡Sí, no estábamos solos, ya estaba yo seguro, no éramos dos, éramos tres…, TRES ELÍAS!.



ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ