lunes, 11 de junio de 2012


“MALETILLAS”








Me dicen que “se ha ido”; pero no les creo.






     Trayecto de la escuela, me dice mi hijo Elías…



     “Estaría bueno que hoy viernes que no me dejan tarea aprovecháramos para ir al lienzo, y después de montar, practicar contigo a los toros”.

     Efectivamente, a la una y quince llegué por él; ya me estaba esperando en la puerta de la escuela con su mochila en la espalda, y sigiloso se sube a la camioneta para dirigirnos a casa, comer e inmediatamente hacer lo que teníamos planeado.

     Pero no fue así, después de rápidamente comer; varias llamadas de teléfono hicieron que demoráramos nuestra salida. Así que fuimos llegando al lienzo charro ya metiéndose el sol.

     Pa’ pronto nos pusimos a ensillar los caballos (el Profeta y la Monja). Elías montó el Profeta y yo mientras, trabajaba la Monja a pié; para después intercambiarnos los caballos. Estuvimos montando aproximadamente cuarenta y cinco minutos, pues estaban algo “ovachones” y no era recomendable abusar de ellos por más tiempo.

     Nos apeamos, les aflojamos las monturas, nos regresamos caminando cabresteando los caballos y desensillándolos; luego poniéndolos en el paseador para que se enfriaran, mientras nosotros practicábamos a los toros.

     Sacamos los trastos de la camioneta, nos colgamos sus bolsas en la espalda, para irnos al ruedo por el contra-lienzo, por debajo de los árboles aspirando el aroma de los pirules.

     Ya para entonces, una brumosa noche reinaba el ambiente, y la claridad del cielo nos permitía entre la bruma cierta visibilidad.

     Elías tomó el capote y yo la muleta, mientras él lo extendía, yo me ocupaba de armar la muleta con el palillo y el estoque; entonces convenimos en que primero uno la hacía de apoderado y otro de torero, para luego intercambiarnos de oficio.

     Creí que el turno lo íbamos a echar a la suerte, pero como a quien ya le hubieran asignado su puesto, Elías dio la primera orden…

     “!Primero el apoderado soy yo, y tu el torero!”.

    No quise replicar, pensé que para ambos era aprender desde otro punto de vista.

     Me dirigí a ‘los medios’ con la intención de dar mi primer capotazo, cuando mi imponente apoderado dio la orden: “!A empezar desde partir plaza!”; y como tenía razón no me quedó otra, que obedecer .

    Yendo hacia la supuesta puerta de cuadrillas…, más bien dicho, al final entre lienzo y contra-lienzo, puesto que no estábamos en una plaza de toros, sino en un lienzo charro; repasé en mi mente las opciones que tenía como partir plaza. Recordé en mi mente el estilo de un Lorenzo Garza, Luis Procuna, Alfredo Leal. “Cualquiera de ellos”, como me dijo mi amigo el juez de plaza: “con su sola presencia en la puerta de cuadrillas, ya le habían ganado el primer tirón a sus alternantes”, por una sola razón: parecían toreros…; claro que más adelante no sólo parecían, lo demostraban. A mis cavilaciones parecía acompañarla la música del paso doble que más me gusta, y me pone la carne de gallina: "En e'r mundo".

    Ya delante la Puerta de Cuadrillas se hizo un silencio sumamente respetable…; me eché la capa al hombro abrazándome la cintura, me persigné, e hice la cruz con la punta del pie en la arena. De estos momentos en adelante, ya nada fue pensado, todo eran inconscientes reflejos condicionados. Saludé a mis alternantes y empezamos a partir plaza; traté de no quedarme atrás, pues mi ‘tranco’ es corto y el paso es precisamente doble. Sentía la mirada de cada uno del público, sus comentarios, admiración o antipatía, pero eso, pensé entre mí: “me importa, pero relativamente, yo voy a torear para mí, y ojalá y pueda mi arte motivar a la mayoría”.

     Mí apoderado para esto, estaba muy al pendiente de que mi mozo de estoques, estuviera listo con todo lo que pudiera requerir en un determinado momento: recoger capote de paseo, capote de brega, muleta, estoque, agua, etc. En este caso el mozo de estoques no era imaginario, pues ése papel también lo desempeñaba mi mismo apoderado: un verdadero profesional.

      Saludé a la autoridad, cambié el capote de paseo por el de torear, di unos cuantos lances, me fui a mi barrera, y mientras el juez ordenaba el toque de salida, inclinaba mi cabeza para rezar una oración y encomendarme a San Francisco cubriéndome el rostro con el capote y poder penetrar en lo profundo de mi alma, en este momento llamado de la verdad. Como despertándome de un sueño, el toque del clarín, me hizo levantar la cabeza. Ya habían abierto la puerta de toriles y el caporal esperaba solícito tras la puerta de toriles para prenderle la divisa.

     Los instantes eran eternos, y la oscuridad del callejón de salida no despejaba ninguna incógnita. No sé que me distrajo, pero cuando menos acordé el toro estábame bufando sobre la barrera, no dándome ninguna oportunidad de observación de sus características, ni de salida. En eso, afortunadamente, lo llama mi peón del lado derecho, dándome la oportunidad de salir de mi escondrijo, el toro era avanto y en su carrera con un bufido siguiendo su curso derrotó al capote, yendo a rematar en tablas al otro extremo del ruedo, quedando ligeramente atolondrado; momento en que yo aproveché para salir al tercio, plantarme, citarlo, esperar la envestida, darle el viaje, dejar caer las manos, y despatarrado en la verónica, cargar la suerte; darle la suficiente salida, para dando el paso pa'lante, repetir dos lances más, para rematar con una ampona revolera.

     Consciente estaba de que Elías y yo estábamos solos y el demás público era imaginario, y mucho me hubiera agradado que estuvieran realmente mi esposa y mis hijas: Celina, Africa y Nairobi; pero en ese momento tuve la impresión de que alguien más en el tendido nos observaba, no sabía quién, pero sí que su presencia me era muy familiar; a través que pasaba el tiempo y transcurría la lidia, su presencia la sentía más intensa, dándome una seguridad y una confianza inusitada.

     Los picadores y banderilleros cumplieron como bien pudieron su cometido, habiendo sido según el caso, felicitados o corregidos por mi apoderado.

    Cogí la muleta, pedí permiso a la autoridad, y deseé brindar el toro a quien sentía su presencia; volteé mi vista al tendido, y la bruma impedía ver más allá de las primeras gradas, sentí que me veía, pero yo no veía a nadie.

     Cité al toro y dándole tres pases de tanteo, noté en él un comportamiento raro, a cada pase iba desarrollando un sentido que no se podía repetir el mismo pase porque luego amenazaba con la cornada, y a cada paso me iba ganando terreno. No tuve otra opción que buscar la igualada para tirarme a matar.

    Lo despaché de media estocada, habiendo rendido después de un tiempo por haberse ‘amorcillado’. Di las gracias a la autoridad, me fui al pasillo para dar por terminado mi cometido y darle los trastos a Elías y poder cambiar de oficios. Ahora él era el torero y yo el apoderado.

    Mientras tanto los caballos, el Profeta y la Monja daban vueltas en el paseador eléctrico, simulando un carrusel, pero real, con caballos de carne y hueso, como si imitaran a los caballos de madera, pero con la alegría y coquetería que en aquel caso llevan las parejas que en el carrusel se van cortejando.

    Nosotros acá escuchábamos el intercambio de relinchos.

     Para esto, Elías ya estaba puesto para partir plaza, se notaba que sabía su oficio, solamente me limité a indicarle ciertos nimios matices; y con mucho estilo se puso a partir plaza. Hizo lo debido: saludó a la autoridad, tomó su capote, lo recogió un poco con los dedos, para regularlo a su tamaño; se puso a sopesar el capote dando unos ligeros lances para calcular ‘el temple’; se fue a su barrera a esperar su toro con toda tranquilidad e inconsciencia que sólo puede tener un niño, como en este caso, sólo tiene doce años.

    No sé como imaginaría su toro, pienso que difícil, porque sus lances se veían sumamente calculados: llevando a su toro con capotazos de brega y tanteo muy abiertos, dirigiéndolo hacia ‘los medios’; ya en el centro del ruedo me limité a indicarle: “!hasta allí Elías, no más, porque se te aquerencia por la entrada!”, y en pleno centro de ruedo citando de largo a su toro, esperando la envestida, con la quietud de quien está clavado al piso, sin atrasar ni adelantar el viaje, dejó caer las manos, para darle con temple en lance tras lance, un recorrido con la lentitud de quien arrulla un bebé en su cuna. Rematando con una media verónica, hecha con mucha gracia y alegría.

   “Por hoy es suficiente”, juzgué como apoderado: “no te me vayas a engolosinar“; y el engolosinado era yo. “!Lástima, que no haya alguien más!” pensé, “porque nadie me lo va a creer, van a pensar que estoy exagerando”.

     Pero sí había alguien más, volví a sentir su presencia... De pronto con el fresco de la noche me llegó una fragancia a loción de azahar de naranja, volteé al tendido, y me dio la impresión de que la bruma era el humo de quien fumaba un cigarro “de carita” que ocultaba la frente arrugada de un rostro, con la expresión más taurina que yo haya conocido.

    ¡Sí, no estábamos solos, ya estaba yo seguro, no éramos dos, éramos tres…, TRES ELÍAS!.



ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ







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