LA RAYA
He de haber tenido alrededor de seis años …cuando como todos los sábados después de desayunar mi Papá me mandaba con José Molina ”el panadero“, por el dinero para la raya; dinero que él debía del crédito que se le daba en “La Flor de Mayo”, de la harina, azúcar y manteca que consumía durante la semana, y que a su vez, después mi papá liquidaba en esta, con un cheque; mientras tanto nosotros lo aprovechábamos por la feria y la moneda fraccionaria, ya que en ese entonces no había Banco en Yahualica, y los bancos más cercanos estaban en Tepatitlán y creo que otro en Nochistlán o en Teocaltiche. En Yahualica únicamente había corresponsalía, y mi tía Goris era la encargada de cobrar las letras y pagarés que los clientes le adeudaban al banco, por lo que ella recibía una comisión.
Ir por el dinero era el mandado que más me gustaba, me hacía sentir muy importante, pues en ese tiempo, a mi corta edad, y para cualquiera del pueblo, era muchísimo dinero; con el se rayaban alrededor de cien gentes, los del taller de cantera y las minas de manganeso. Por cierto, que de las empresas de mi papá, éstas son las que más cariño les tengo; digo les tengo, porque aunque ya no existan, tal parece que con el tiempo el cariño se me va haciendo más grande. El dinero lo recogía en un morral de ixtle teñido con franjas multicolores, dentro depositaba el dinero que me daban en paquetes envueltos en periódico. Luego me iba, iba a decir corriendo, ¡pero no!, ahora se que muy lento, tan lento y orgulloso como caminan los toreros. Lo que recorría de la panadería de con Molina a mi casa, era cuadra y media, o sea que unos ciento cincuenta metros; al llegar me decía mi papá: ¡cuenta el dinero!…,encomienda en la que no me sentía capaz y de inmediato comenzaba a sudar frío. El dinero lo sacaba del morral desenvolviendo los paquetes para colocarlos encima de mi cama y de ahí dizque ponerme a revisarlos; mientras mi Papá aprovechaba para recostarse en su recámara, y hasta tomarse una pequeña siesta. Siempre empezaba a revisar el paquete de billetes de mayor denominación, los de menor ni siquiera me interesaban, pues se me hacía que no estaban de mi categoría. Como hasta hoy, tenía una mente ¡tan distraída! … soñando sintiéndome un gran empresario, los sesenta se me confundían con los setenta y tantos; era el cuento de nunca acabar, seguía soñando hasta quedarme dormido; y me iba despertando cuando mi Papá estaba volviendo los paquetes al morral, habiendo sido por él recontados. Esperaba yo una reprimenda cuando se limitaba a decirme: ¡vámonos a la raya que se hace tarde!; como la raya era cada sábado yo no tenía clases. Rápido me espabilaba para seguir disfrutando, para mí el día más importante de la semana: el sábado. Primero por la mañana rayábamos las minas, porque una era de…iba a decir de nosotros, ¡pero no¡ era de mi Papá; lo único que entonces era mío era él; las otras dos, solamente las administraba. Las minas se ubicaban en un rancho llamando “Los Ocotes Encerados”, aunque ahora se que no está lejos, el camino era brecha y se ponía muy difícil especialmente en tiempo de aguas. Era común que el carro taxi se quedara atascado, así que había que conseguir ayuda de algún ranchero de por allí para que nos jalara el carro con su yunta de bueyes. Me recreaba ver la fortaleza con que jalaban uncidos al yugo el par de eunucos y la belleza de sus pintorescos colores que tiene el ganado criollo, a resultas de la cruza tan variada de razas y pintas. Regularmente nos atascábamos en el mismo tramo, a un costado de un lindero de cantera, donde descubrimos asomándonos al otro lado que había magueyes de pulque con el agua miel lista para extraerse; y mientras los bueyes eran impulsados para desatascar el carro, nosotros gustábamos de la mutilada penca, el zarco néctar que nuestros antepasados nos legaron.
En la mina, el paisaje era un dibujo manchado al carbón, lleno de negros montículos de mineral de manganeso; donde tenía que ir siguiendo por detrás a mi Papá, porque cuando menos me esperaba, me podía caer en alguna vieja excavación abandonada, que comúnmente no tenían ningún señalamiento. En el trayecto a un pequeño cuarto de adobe con el enjarre descarapelado que servía como oficina, los mineros todos maquillados del negro mineral y cada quien con su cobriza lámpara de carburo pegada al casco o al cinto, se iban acercando. El primero era Porfirio, el encargado, para darle todo un informe de las las excavaciones, el desarrollo de las vetas, cual era su criterio y plan a seguir; a veces bajaban los dos a algún tiro metidos en un tonel bajados por el malacate. Recuerdo que Porfirio hablaba de ciertos ruidos que se oían en las entrañas de la tierra, y éstos le indicaban por donde excavar y que veta seguir. Mi Papá me dijo después, que él no creía en eso, pero Porfirio era un gran minero y confiaba en su intuición. Ya en la oficina, le llamaba a cada quien por su nombre, según la lista que con anticipación le habían entregado. Tal como llegaban recibían su paga y se retiraban pensativos, más que contando, como acariciando su dinero; me hacía y aún lo sigo pensando: que no había con que pagarles aquel particular y tan riesgoso trabajo. Unos cuantos pasos frente a la oficina se encontraba la forja, bajo un viejo y destartalado tejaban donde se afilaban y templaban las herramientas, y mientras en la oficina se rayaba en sana paz, ésta fue interrumpida por un alboroto que se originaba allá en la forja, hasta llegar a los mineros que estaban fuera y dentro del pequeño cuarto. En ese momento mi Papá, como adivinando lo que pasaba, soltó el manojo de billetes, saltando sobre la mesa y los que la rodeaban, empujando y abriéndose paso entre los que estaban en la entrada, para correr hacia donde dos mineros sostenían una riña encarnizada. Con los ojos de carbón encendido, tenía uno al otro sobre el yunque, tratando de hundirle un puñal en el pecho cuya punta hacía mover una cadenilla, haciendo oscilar una pequeña medalla sobre la piel brotando el sudor. Como algo inesperado para ellos, su pendencia fue interrumpida por mi Papá, arrebatándoles el puñal, como si fuera un pirulí que se disputaban dos mozalbetes. Ya separados los tres quedaron formando un triángulo; iluminaba en escena la blanquísima camisa que mi Papá vestía, encandilando la oscuridad de aquellos tiznados cuerpos. Con voz de trueno reprendió a los dos, yéndose ambos por rumbos opuestos. Sin hacer ningún comentario, se adentró en la oficina donde prevalecía un ambiente solemne. Siguió repartiendo a cada quien su salario, recibiéndolo cada uno, con la seriedad que se recibe un sacramento.
ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ
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