martes, 12 de junio de 2012

El Loco




Con afecto, a Víctor Limón Limón





“El molino ya no está, pero el viento sigue todavía”;



Vicent Van Gogh a su hermano Theo.





     Lo primero que al llegar hice, fue ir saludando a todos… esperando que entre los que iba viendo, me saliera al paso para estrechar su mano, ¡que mano, ni que ocho cuartos! lo hubiera exprimido a abrazos y comido a besos; pero no, al terminar el semicírculo que sentados alrededor formaban, mi vista se topó de pronto con el ataúd, ensimismado caminé los cinco pasos que para llegar a él me faltaban. Las miradas que en mi se clavaban, juzgaban me acercaba en cada uno de ellos a la muerte.

     Ni modo de discutir, todas las apariencias estaban en mi contra. Hasta que llegué al féretro acabé de convencerme; a pesar del reflejo del rayo de luz sobre el vidrio, pude ver su posición bocarriba, la papada estirada y su boca ligeramente abierta; solamente faltaba oírlo roncar, su sueño era profundo y de completa tranquilidad. ¿Muerto? ¡Ja! Si antes lo creyeron loco, ahora lo hacen muerto. ¡Cómo se estará festejando sus propias humoradas! - A los ricos cuando se mueren los valúan como a los puercos; nomás les están calculando cuánto van a realizar de carne, y qué tanto de manteca-.

     Y cómo iban a comprender, a quien tenía ejércitos de trabajadores excavando pozos profundísimos, para sacar una tierra prieta, disque llaman manganeso. A quien había comprado un rancho de garruños y huizaches sobre puros tepetatales, invirtiendo dinerales llenándolo de represas; a imitación de Dios haciendo de su superficie, las tres cuartas partes de agua y la otra de tierra. Y menos concebible aún, cuando en vez de maíz, absurdamente lo sembraba completo de matas de chile de árbol, para después cosechar decenas de toneladas; ¿para qué, si en una casa, una ensarta de unos cuantos chiles abastecía el consumo de todo un año a una familia? Luego, para administrar una forrajera, le bastaba al leer el periódico, consultar cómo venían los temporales o habían salido las cosechas, para bien reservarse, o hacer las compras anticipadas a la carestía, en el bajío o el pacífico, aprovechando el alza del mercado con ganancias inimaginables. Cómo concebir que alguien que no tuvo más estudios que dos años de primaria, y dirigiera un taller de cantería, donde se elaboraban retablos de barrocos altares y catedrales completas, admiradas por su belleza y perfección, sin ser técnico o arquitecto; esto ni la familia, ni la sociedad, lo podían visualizar, y mucho me temo que por falta de visión aún les quede para rato. Pero eso es historia, lo que importa ahora no es deducir sus logros, sino, cuánto dejó en propiedades y en efectivo.

     -Lo que pasa es que, tienes envidia, como a ti no te dejó nada; nomás date una vuelta por sus ranchos y verás ¡qué planes! ¡Qué ciénagas! cuanto ganado se puede engordar haciéndolo praderas, sembrándolo de pastos artificiales; pero no, tu aquí únicamente viniste a hacer el ridículo; esos bancos de cantera, cuantos millones y millones valen, nada mas con vender la piedra en bruto, te pudieras de por vida dedicar a rascarte la barriga- Los pensamientos me llegaban solos.

     Sin motivo aparente comencé a sonreír… ¡Me dejó su ironía!, mi mente sola contestaba. Me enseño a carcajearme de la vida… ¿Te acuerdas Manolo, -le decía al viejo renegado patilludo y bigotón, de oficio tusador de mulas, letrado y ducho para la aritmética, mientras inventariaba en la vieja tienda, con las gafas montadas en su aguileña nariz- cuando en “la cristiada” saliste huyendo de Cuquío vestido de mujer, con vestido rojo y zapatillas de color rosa? Ja, ja, ja, retumbaban las carcajadas. Con un dejo de cariño con la mirada por encima de sus antiparras apretando la mandíbula y expulsando saliva por entre los dientes, lo increpaba el anciano tenedor de libros, haciendo a un lado el cuaderno contable: ¡Ya vas a comenzar a chingar! te aprovechas porque delante de ‘Don Vitor’ tu padre, no puedo malhablar como yo quisiera. Jalándole los alacranados bigotes, le decía, ¡no te enojes, Manolito!, ahorita ordeno que te traigan un buen vino, para que te espantes el polvo, ¡ja, ja, ja!; retirándose dejaba el eco de sus risotadas en los adobes de la añeja finca. –Lo aguanto nomás porque lo quiero mucho-, paladeando su bebida, se quedaba renegando el viejo.

     Quemándome la yema de los dedos, el frio del ataúd me volvió de mis recuerdos. Luego alguien, tomándome del brazo me acompaño a un asiento.

    …Ahora, sin poderlo advertir, con la vista perdida y de vez en cuando, como loco se me escapa la risa, provocada por mis pensamientos.



Elías Limón González.

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