jueves, 21 de junio de 2012

LA MIRADA QUE ME SIGUE





     Sentado a la mesa, en santa paz, me encontraba reposando la comida, cuando de pronto... después de haberme visto a los ojos como soltando un disparo me dijo: Chuy mi hermano, el más chico... sé está divorciando, se ha de encontrar solo. Desde que se casó poco se comunica con la familia.

     Lo recuerdo de niño, cuando cortejando a su hermana perfectamente iluminados, parados bajo el dintel de la puerta de su casa; fui un perfecto blanco de su resortera, cuya piedra sofocándome fue a darme exacta en la boca del estómago...
     Después de haber recogido la mesa y dejándola lavando los trastes; me encaminé sin ningún propósito a la sala, con mi cerebro repitiendo como grabadora:

     -Chuy mi hermano, el más chico de la familia... se está divorciando, se ha de encontrar solo.

     -Mi hermano Chuy, el más chico, se está divorciando.

     -El más chico, mi hermano, se ha de encontrar solo.

    -Se está divorciando...

     -se ha de encontrar solo...

     -solo, solo...
     Al subir el escalón para entrar a la sala, me encuentro ante la pared con la vieja foto raída de adusta expresión y fija mirada. Ésta, hace a mi cerebro, aunque cambiado un poco, las últimas frases, seguir repitiendo... mi hijo Chuy, el más pequeño, está solo... solo... solo.
     No hice caso... me di media vuelta como diciendo: ¿y a mi qué?

     Esa noche no pude dormir... pensé: ¡es mi insomnio!

     Por la mañana con cierta rapidez y sin voltear a ver la foto, salí de mi recámara. En todo el día no me volví a acordar, no dejando de sentir cierta inexplicable incomodidad. –Por que no he dormido bien- me contestaba sin preguntarme.
     Al día siguiente dormí como un justo o un inconsciente; no dejando de sentir al estar en la sala, un imán, de una mirada que te invita a voltear; fuerza que de pronto desapareció y que también extrañé, porque ya me había acostumbrado.
    Ahora... la tranquilidad me incomodaba.
     Sin mucho cavilar, me fui directo frente a la foto; esperando oír repetir en mi cerebro las mismas frases iniciales, o al menos una señal en su mirada... pero nada; su rostro adusto y ahora inexpresivos ojos congelaban su mirada al infinito.
     ¡Esta bien!, me dije; y dándome la media vuelta tomé la decisión. Busqué la agenda; y encontrando el número le llamé a Chuy por teléfono...

     Hoy me comunican que ha estado conviviendo en familia y con la esperanza de salir adelante.
     Ahora cuando paso a través de la sala, ya no volteo a la foto... pero siento la mirada que me sigue.



ELÍAS LIMÓN GONZÁLEZ





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